La inflación no se rinde

Por Redacción

Por motivos electoralistas, el gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner quiere estimular el consumo imprimiendo cantidades descomunales de pesos, alternativa que a su entender puede justificarse porque, nos recuerda el ministro de Economía, Hernán Lorenzino, en Europa los programas de austeridad aún no han brindado los resultados previstos. Asimismo, la directora del Fondo Monetario Internacional, Christine Lagarde, se ha puesto a advertir a los gobiernos de los países desarrollados de que no les convendría reducir el gasto público de manera tan draconiana como algunos quisieran. Sin embargo, no tiene sentido comparar la situación en la que se encuentran los europeos o japoneses con la de la Argentina. Mientras que en el Viejo Continente apenas hay inflación, aquí la tasa anual ya se ha acercado al 30% y es probable que continúe subiendo en los meses próximos. Por lo demás, las reservas del Banco Central acaban de caer por debajo de los 40.000 millones de dólares y la variante “blue” de la divisa norteamericana parece estar por romper la barrera –sólo psicológica, por desgracia– de los 10 pesos, alejándose nuevamente de la oficial. Dicho de otro modo, cualquier intento por parte de Cristina de imitar a su amigo, el extinto líder venezolano Hugo Chávez, quien antes de las elecciones del año pasado –en que derrotó por un margen holgado al retador Henrique Capriles– aumentó el gasto público un 50%, serviría para impulsar todavía más un proceso inflacionario que ya parece incontrolable. Parecería que últimamente la inflación se ha visto desplazada de las preocupaciones ciudadanas principales por otros temas supuestamente más urgentes como la corrupción, la furiosa ofensiva kirchnerista contra la Justicia y el deterioro peligroso de la infraestructura básica del país que, en opinión de muchas víctimas de desastres como el ocasionado hace poco por las inundaciones en La Plata y la Capital Federal, se debieron a la desidia de sus gobernantes, pero ello no quiere decir menos importante. Puede que el impacto de la inflación en la vida de los habitantes del país no sea tan inmediato como el de catástrofes naturales o disturbios de origen político, pero andando el tiempo suele ser aún más destructivo. Al fin y al cabo, es innegable que la inflación, un síntoma inequívoco de inoperancia gubernamental, ha contribuido decisivamente a la depauperación de la Argentina desde mediados del siglo pasado. Estamos tan acostumbrados a convivir con el mal, que nos es fácil minimizar la magnitud de los perjuicios causados, de ahí la resistencia de los kirchneristas a tratar de combatirlo, pero lo que ha sucedido en el país a causa de la mentalidad inflacionaria del grueso de la clase política debería habernos enseñado que es una enfermedad que a la larga puede resultar mortal. Si bien gobiernos como el chavista y el kirchnerista se suponen fuertes, en el fondo son muy débiles ya que, por miedo a una eventual reacción popular, han sido incapaces de enfrentar los problemas económicos con un mínimo de realismo. En vez de tratar de solucionarlos antes de que resulte demasiado tarde, intentan aprovecharlos atribuyéndolos a sus adversarios a los que acusan de provocar “golpes de mercado”. Tanto los chavistas como los kirchneristas han actuado como si creyeran que sus países respectivos fueran mucho más ricos de lo que efectivamente son con la esperanza vana de que, de alguno que otro modo, todo se resolverá sin que se vean obligados a arriesgarse tomando medidas antipáticas. Se trata de una ilusión, claro está. Gracias al petróleo en el caso de Venezuela, y a la soja en el de la Argentina, han podido demorar la hora de la verdad, pero tarde o temprano les será necesario enfrentarla. En Venezuela le ha tocado al nuevo presidente, de legitimidad cuestionable, Nicolás Maduro, encargarse de la crisis que le ha legado Chávez; tal y como están las cosas, en la Argentina le corresponderá a Cristina asumir la responsabilidad ingrata de hacerlo. Aunque es posible que la presidenta intente esquivar el bulto “radicalizando el modelo”, lo único que lograría sería asegurar que el país protagonizara una nueva crisis tan grave y tan destructiva como tantas otras que, con regularidad deprimente, han puesto fin al “modelo” voluntarista de turno.


Exit mobile version