La inoperancia lo transformó en un crimen perfecto

A Franco Castillo lo asesinaron y no hay una sola pista. Primero declararon muerte natural o suicido.

Redacción

Por Redacción

CHOS MALAL | Historias policiales

“¿Vos imaginás lo que significa perder un ser amado? ¿Sabés todos los sentimientos que se originan con las dudas, con no saber quién te lo arrebató?”. La frase quiebra el ambiente con la fuerza de un rayo, con el poder de una penetrante sentencia, como la génesis de algo. El interlocutor queda tieso, sintiendo cómo la incomodidad le quema las entrañas. Entonces, ella ofrece una nueva estocada, sincera, elocuente. “Ves, ni siquiera podés imaginarlo. Entonces, es imposible que te describa qué se siente que te maten una de las personas que más querés”.

Macarena Castillo no habla con la angustia de las víctimas. Sobre sus espaldas carga con fantasmas, miedos y dolorosos interrogantes.

Cada frase es un cuchillo que se hunde en una herida que drena injusticia. “Es increíble que no se sepa nada de este caso. Esa es la Justicia que tenemos, la de los ladrones, la que produce y reproduce dolor, pobres, actos impunes. No vamos a bajar los brazos, vamos a luchar”.

Cuando dice este caso, Macarena se refiere a un hecho tan misterioso como espeluznante. El primer fin de semana de noviembre su hermano Franco, el menor de la familia, el que partió del seno familiar a los 17, que se instaló en Chos Malal en busca de algo más trascendental que la inercia cotidiana de Guañacos, apareció muerto, sentado frente al televisor encendido.

El hallazgo del cuerpo de un muchacho de 24 años desprovisto de maldad, trabajador y solidario se transformó en una estampida en la ciudad neuquina, una explosión de rumores e hipótesis que se apagó con el correr de las horas y la confianza policial ante un sencillo esclarecimiento.

Muerte natural o suicidio, clamaron los investigadores. “Se ahogó con su propio vómito”, dijeron específicamente. Los indicios descolocaron a los sabuesos. A simple vista, no había signos de violencia, ni en la escena del crimen ni en el cuerpo de Franco. Jamás surgió un testigo y además la puerta estaba trabada por dentro. Franco, un muchacho joven y vital, no tenía razones para quitarse la vida. Pero yacía frente a la pantalla chica.

Había necesidad de respuestas, aun no siendo las correctas. Se contaminó la escena del crimen, por confianza –en el suicidio o la muerte natural– e ineptitud. Y se comenzó a navegar sin rumbo en la placenta del misterio cuando las pericias provocaron escozor: Franco había sido asesinado.

Desde ese momento, los investigadores, el fiscal y la familia Castillo se toparon con un crimen perfecto. Macarena siente que la justicia perpetró una ignominia con ella y su familia. Que la impunidad, como sucede tantas veces, parte del desinterés. “No preservar la escena del crimen fue como reírse de todos nosotros. Me den las explicaciones que me den, el asesino de mi hermano anda en la calle”, brama.

Del asesino realmente no se sabe nada. Si ingresó por la puerta o la ventana, si conocía a Franco, si sabía de sus movimientos. Menos que menos, cuál fue el móvil que llevó a estrangular al quinto hijo de una familia de crianceros a la que le tocó ver de cerca los colmillos del horror. La foto de perfil del Facebook de Franco lo muestra con una sonrisa radiante, acunando a un pequeñín de ojos intensos dispuesto a entregarse de lleno a la vida. En el segundo encuentro, Macarena contará que ese muñequito rosado era la debilidad de su hermano.

También dice que decenas de hipótesis se le cruzan a diario por la cabeza, pero que al metabolizarlas, entiende que ninguna cuaja porque le resulta imposible pensar que Franco tuviese enemigos. Las dudas y el misterio reptan por los rincones del caso. Esa sensación de desconocimiento que asalta a Macarena mantiene perdido en un laberinto al fiscal Alejandro Casañas.

¿Qué se sabe? Que Franco vivía arriba del taller mecánico donde trabajaba, que era un buen empleado y una persona sin maldad –según todos los dichos en testimoniales–, que lo estrangularon y que a los cuatro días lo encontraron sus compañeros de trabajo. La autopsia realizada por el médico forense Gabriel Scarabotti determinó que Franco no se ahogó con pan –como dijeron los policías en primera instancia–, si no que fue blanco de “una muerte violenta, producto de un estrangulamiento no manual, si no de tipo llave, antebrazo y brazo sobre cuello” –dice la autopsia–. Antes del desenlace fatal, él o los asesinos lo dejaron inconsciente de un golpe en la cabeza con un objeto contundente.

“La policía intentó enmascarar el caso. Los familiares supieron que Franco había sido asesinado cuando los puse frente a frente con el médico forense”, explica el abogado querellante, Marcelo Hertzriken Velasco, quien reconoce que la causa está en foja cero y que pedirá que aparten de la investigación a Casañas.

–¿Por qué dice que intentaron enmascararla?

–Porque hicieron mal su trabajo, porque el fiscal no preservó la escena del crimen, y se contaminó. Porque no se tomaron declaraciones claves, porque no existieron medidas ni allanamientos en lugares donde era lógico hacerlos.

Está claro que Hertzriken Velasco tiene sus hipótesis y sospechosos. Cree incluso que a Castillo no lo mataron en el departamento, si no que plantaron su cuerpo en el sofá donde fue encontrado, en avanzado proceso de descomposición. En ese lugar estaba todo demasiado prolijo, de acuerdo a las declaraciones del forense. Los controles junto al cuerpo, el televisor en lluvia, un plato con capelletines a medio comer en el fregadero, dos vasos, un penetrante olor, a muerte e injusticia.

A 400 y pico de kilómetros, en Cipolletti, Macarena mira con atención un documental on line. Criada en el norte más norte de Neuquén, en el seno de una familia de crianceros de piel curtida por el frío y el sufrimiento, da la sensación que quiere recuperar el tiempo. Estudia psicología pero le gusta la biología, pinta, escribe poesía, es aficiona a la fotografía y al séptimo arte. Tiene el cuerpo breve, palabras incisivas y una mirada tierna, filtrada por un par de anteojos. No quiere sentirse una víctima, que la vean como una desdichada. Entiende que no claudicar es un homenaje digno para un muchacho como Franco, alguien que “amaba la vida”, que deseaba vivir y no lo dejaron.

Sebastián Busader/Juan Cruz García


CHOS MALAL | Historias policiales

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora