La irresponsabilidad principista

Por Redacción

Según la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, “una política de ajuste sería el colapso de la sociedad”, razón por la cual afirma que no ajustará nada. Para justificar la negativa a hacer un esfuerzo por atenuar los problemas económicos más urgentes, los atribuye a que “desde afuera y adentro” están operando personajes que quieren “escarmentar a un país que se atrevió a una receta diferente”, o sea que le preocupan mucho más las cuestiones ideológicas que las meramente concretas, como las supuestas por la pobreza extrema en que vive una parte sustancial de la población del país, la inflación que amenaza con desbocarse, la falta casi absoluta de inversiones, la fuga de capitales que está procurando impedir con el cepo cambiario y el enorme déficit energético que tantos miles de millones de dólares nos está costando. Así, pues, luego de haber hecho todo lo posible para que sea necesaria “una política de ajuste”, el gobierno kirchnerista se niega a asumir la responsabilidad de aplicarla. Es como si el motorman de un tren bala, amante de la velocidad, rehusara frenar en una curva por suponer que hacerlo le sería humillante. En defensa de su actitud, el gobierno insiste en que no existen los obstáculos que otros ven en el camino, que sólo son cucos inventados por la oposición y gente mala de “afuera y adentro”. De tomarse en serio la ley de presupuesto para el 2014 que acaba de desvelarse, el gobierno está convencido de que el año que viene la tasa de inflación será del 10,4%, el producto bruto crecerá el 6,2% y el dólar promedio valdrá 6,33 pesos. Sin embargo, el consenso entre los economistas no oficialistas es que la inflación está por superar el 30% anual, apenas habrá crecimiento y, en cuanto al tipo de cambio real, no tendrá mucho que ver con el reconfortante vaticinio gubernamental. Puede que en la Argentina del Indec sería tan ridículo como antipopular sugerir que convendría ajustar levemente algunas variables porque todo anda viento en popa, pero en la otra, la “del supermercado” como dicen no sólo los sindicalistas, no habrá forma de evitarlo, ya que si el gobierno se resiste a arriesgarse, los mercados se encargarán, con la brutalidad que los caracteriza, de dicha tarea, como en efecto hicieron en el 2001 y el 2002 cuando se llevó a cabo el ajuste más feroz de toda la historia nacional. No se trata de elegir entre ajustar por un lado y dejar las cosas como están por el otro, sino de optar entre un ajuste ordenado, con la esperanza de minimizar así el riesgo de un “colapso” social, y resignarse a un choque de consecuencias previsiblemente dolorosas contra la dura realidad. La voluntad de Cristina de privilegiar su compromiso personal con el “modelo” socioeconómico que ha improvisado con la ayuda de miembros de su pequeño círculo áulico y diversos pensadores setentistas guarda cierta semejanza con la del dictador cubano Fidel Castro de impulsar su versión tropical del “socialismo”: cree el comandante que las ideas en que se basa su “modelo” revolucionario valen muchísimo más que el bienestar de su compatriotas, de suerte que no ha titubeado en sacrificarlos, depauperándolos, en aras de una teoría económica totalmente desacreditada. ¿Es lo que se ha propuesto Cristina? Es posible, pero también lo es que, como algunos han insinuado, esté preparándose mentalmente para abandonar el poder so pretexto de que nada, ni siquiera una crisis económica peligrosa, la obligaría a tomar medidas que, además de ser incompatibles con “el relato”, tendrían un impacto muy negativo en el estándar de vida de millones de familias. Por desgracia la irresponsabilidad principista, por llamarlo de algún modo, así reflejada es tradicional en nuestro país. Al darse cuenta los gobiernos populistas de que las dificultades seguirán amontonándose, les es tentador aferrarse al “rumbo” hasta que todo estalle, porque la experiencia les ha enseñado que sus sucesores no tardarán en perder el apoyo tanto del grueso de la clase media como de sectores empresariales importantes, lo que les permitiría regresar en triunfo. Esta forma malsana de pensar se consolidó hasta tal punto mientras era “normal” que gobiernos mayormente civiles elegidos alternaran en el poder con regímenes militares, que tres décadas de democracia no han sido suficientes como para eliminarla.


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