La lavandería K
En la vida de todo gobierno nacional llega el momento en que intenta aprovechar las reservas financieras ocultas de quienes, por motivos comprensibles, han preferido mantener sus ahorros fuera del alcance de las autoridades en cajas de seguridad, bajo el colchón o, si pueden, en el exterior, lo que se propone hacer blanqueándolas. Aunque es imposible averiguar exactamente cuántos dólares, euros u otros valores argentinos están en negro, no cabe duda de que si todos fueran blanqueados se modificaría el panorama económico del país. Sin embargo, una cosa es lamentar la propensión de tantos a evadir impuestos, atribuyéndola a su falta de patriotismo o de solidaridad, y otra muy distinta convencerlos de cambiar de actitud. Para lograrlo, sería necesario que la mayoría confiara más, mucho más, en los gobiernos nacionales, pero sucede que, de acuerdo común, casi todos han sido a un tiempo terriblemente corruptos y extraordinariamente ineptos. Huelga decir que el gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner no constituye una excepción. Antes bien, a juicio de virtualmente todos aquellos que cuentan con dólares u otros bienes valiosos no declarados, es aún más corrupto que los anteriores, además de ser muy ineficaz y, para colmo, sentirse emotivamente comprometido con un esquema económico disparatado: “el modelo”. Para más señas, es vengativo. Para que no quedaran dudas en cuanto a la voluntad de los militantes kirchneristas de juzgar la conducta de los demás conforme a criterios políticos, cuando no personales, el titular de la AFIP, Ricardo Echegaray, se encargó de eliminarlas al informarnos que los accionistas del Grupo Clarín no podrían adquirir los bonos del blanqueo. ¿Por qué? Nadie ignora la respuesta: no es que se hayan visto condenados por ningún delito sino que algunos años atrás el gobierno kirchnerista declaró la guerra a Clarín y a partir de entonces funcionarios deseosos de congraciarse con Cristina raramente han dejado pasar una oportunidad, por rebuscada que fuera, para agraviarlo. Así las cosas, fue lógico que, lejos de tranquilizar el mercado cambiario, el blanqueo que se anunció el martes hiciera subir todavía más la cotización del dólar blue, para que la brecha que lo separa del oficial superara el 100%. Coinciden los economistas independientes en que se trata de un “manotazo de ahogado”, de un intento desesperado por parte del gobierno de Cristina de conseguir más dinero para reavivar una economía que está cayendo en coma y, desde luego, para mantener funcionando la enorme maquinaria política que ha construido con el dinero de los contribuyentes. Es legítimo prever, pues, que en el caso poco probable de que, de resultas del blanqueo, el gobierno se encontrara con muchos miles de millones de dólares adicionales, no tardaría en despilfarrarlos repartiéndolos entre los dueños de los medios propagandísticos que se dedican a cantar loas al “proyecto” kirchnerista, militantes de La Cámpora como los que manejan la compañía aérea ya crónicamente deficitaria Aerolíneas Argentinas, concesionarios amigos y los gerentes de las extensas redes clientelistas que sirven para asegurarle los votos que necesitará para conservar el poder. Es lo que sucedió con las cantidades colosales de dinero aportadas por la soja, que hubieran sido aún mayores de no haber dicho basta los “oligarcas” del campo, y el conseguido merced a la estatización de los fondos jubilatorios privados. Aunque parecería que el gobierno, alarmado por el deterioro rápido de la economía y por el impacto que ha tenido en la imagen de la presidenta, entiende que no le convendría continuar politizando de manera tan rudimentaria el gasto público, ya es demasiado tarde para que comience a operar de modo distinto. Si bien algunos optarán por aprovechar lo que según el recaudador en jefe Echegaray es “una gran oportunidad”, sorprendería mucho que el blanqueo sirviera para permitirle al gobierno rellenar la caja como se ha propuesto. Lo más probable es que, lo mismo que tantos otros gobiernos, tenga que conformarse con una inyección pasajera de fondos que podría ayudarlo en el corto plazo pero que no sería suficiente como para corregir las distorsiones más graves de la alicaída economía nacional, que se ve atrapada en un “modelo” que se agotó hace tiempo pero que Cristina no está dispuesta a abandonar.