“La mayor demagoga”
Enrique Krauze, historiador mexicano
A los 64 años, el mexicano Enrique Krauze es uno de los más rigurosos investigadores del ejercicio del poder político en América Latina. Colaborador durante 20 años de Octavio Paz en la revista “Vuelta”, en 1993 fundó “Letras Libres”, medio dedicado a temas culturales. Entre sus libros de mayor proyección figuran “Caudillos culturales en la Revolución Mexicana”, “Biografía del poder”, “La presidencia imperial”, “Travesía liberal”, “La presencia del pasado”, “El poder y el delirio”, dedicado a desviscerar el personalismo y el mando de Hugo Chávez, y “De héroes y mitos”. Dos meses atrás publicó “Redentores. Ideas y poder en América Latina”, investigación sobre las ideas y perfiles personales –entre otros–, El “Che” Guevara, Eva Perón, Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Octavio Paz, José Mariátegui, José Martí. Definidamente enrolado en línea crítica al caudillismo en tanto “el más antiguo de los males políticos del continente”, Krauze encuentra en el peronismo “un perfecto manual de antidemocracia”. En ese encuadre ideológico y vía una línea reflexiva que no se ahorra dictados muy extremos, Krauze entiende que los críticos de Eva “solían decir que había hecho ‘muy mal el bien y muy bien el mal’. Se equivocaban en lo primero: provenía de los desheredados, por eso logró comunicarse genuinamente con un sector importante de ellos y, fugazmente, los ayudó. En lo que no se equivocaron es en lo segundo. La gestión política del peronismo fue un ejemplo de todo lo que las naciones latinoamericanas que miran al futuro con responsabilidad están buscando superar”. Así, la mirada de Krauze sobre Eva es severa. Le imputa hacer política desde el rencor social, colaborar activamente con para el ingreso al país de criminales de guerra nazis y advierte que se “rumorea que, implacable con sus opositores”, ordenó alguna vez la tortura a ciertas mujeres de la Unión Telefónica. “Si la historia de su cuerpo embalsamado perteneció al género de la novela macabra, emparentada con la serie de Drácula, la obsesión permanente de su recuerdo se bifurcaría en dos vertientes: la religiosa y la mitológica. Mucho antes de morir, Eva había convocado alrededor suyo a una devoción sólo comparable, en el orbe hispánico, a las de las diversas advocaciones de la Virgen María. La idolatría llegó a extremos de histeria. La gente le escribía para ‘estar en su pensamiento’. ‘Es como estar en el de Dios’, decía una enferma de polio. Muchos argentinos decidieron que el mejor modo de mostrar su amor a la santa era batiendo récords: de trabajo continuo, de ayuno, de bailar tango, de ligar carambolas de billar…”, recuerda el historiador liberal. “No es fácil explicar este fervor colectivo”, sostiene Krauze. Luego sentencia: “Borges observaba que ‘nadie es católico en Argentina, pero todos deben simular serlo… el catecismo ha sido reemplazado por la historia argentina’. Tal vez por ese doble motivo Eva llenó un hueco de fe en la religiosidad argentina”… Una Eva que para el investigador mexicano es la “mayor demagoga” en la historia del continente…
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