La misión de Rajoy

Redacción

Por Redacción

Si bien nadie ignora que el triunfo aplastante que consiguió el Partido Popular de Mariano Rajoy en las elecciones del domingo –y el margen de victoria del PP hubiera sido decididamente mayor si no fuera por la presencia de movimientos regionales que en España suelen captar muchos votos conservadores– se debió más a la ineptitud exasperante del jefe del gobierno socialista, José Luis Rodríguez Zapatero, que al atractivo de sus propias propuestas, el que en medio de una crisis económica devastadora el electorado español haya optado por confiar en un partido que sabe está dispuesto a tomar medidas duras puede considerarse evidencia de un grado poco común de madurez política. Aunque en la fase final de su gestión Zapatero, que hasta entonces había tratado de minimizar las dimensiones de la crisis, procuraba reaccionar aplicando el consabido ajuste, sus esfuerzos en tal sentido no resultaron suficientes como para aplacar los mercados ni para merecer la confianza de millones de españoles que, luego de haber disfrutado de ingresos dignos, caían en pobreza. ¿Tendrá mejor suerte el próximo presidente del gobierno, Rajoy? Desgraciadamente para el gallego que, todos dicen, carece por completo de “carisma” pero es notable por su tenacidad, el destino de su gestión dependerá menos de sus propios esfuerzos que de la evolución de la crisis que amenaza con provocar la ruptura de la Eurozona. Por cierto, no le será dado repetir la hazaña de su antecesor como jefe del PP, José María Aznar, que en el transcurso de una gestión de ocho años como presidente del gobierno logró hacer bajar una tasa de desempleo del 22% al 11%, ya que en la actualidad las circunstancias son muy distintas y Rajoy precisará contar con la colaboración de los miembros más poderosos del bloque monetario del que España es un integrante más. Pues bien: de seguir insistiendo la canciller alemana Angela Merkel en que todos los países que usan el euro se arreglen solos, negándose a permitir que el Banco Central Europeo compre en cantidades suficientes los bonos emitidos por gobiernos en apuros o que, una unión fiscal mediante, la Eurozona en su conjunto se encargue de las deudas nacionales, a Rajoy le tocará el privilegio ingrato de administrar a lo mejor una recesión prolongada seguida por una recuperación muy lenta, a lo peor una depresión con tasas de desempleo todavía más altas que la actual, del 21,52% de la población supuestamente “activa”. Aunque los españoles, como los griegos e italianos, se afirman resueltos a permanecer en la Eurozona y por lo tanto están listos para sacrificarse en aras de la moneda común, habrá límites a lo que estarán dispuestos a tolerar. Por su condición de “liberal ortodoxo”, Rajoy se ha visto comparado con el italiano Mario Monti y el griego Lucas Papademos, pero hay una diferencia fundamental: si bien según las encuestas de opinión quienes acaban de reemplazar a Silvio Berlusconi y Giorgos Papandreou respectivamente cuentan con la viva aprobación de la mayoría abrumadora de sus compatriotas, deben sus cargos a las presiones de Merkel y del presidente francés, Nicolas Sarkozy, mientras que Rajoy asumirá el poder con el apoyo formal del electorado español, de modo que nadie podrá cuestionar su legitimidad. Por lo demás, es jefe de un partido que siempre ha hecho gala de su compromiso con el rigor fiscal y la austeridad gubernamental que suele acompañarlo, razón por la que no correrá el riesgo de ser acusado de traicionar sus principios, como le sucedió al progresista Zapatero. Otra diferencia es que antes del estallido de la crisis financiera internacional España tenía una deuda soberana relativamente reducida; sigue siendo menor que la alemana. Las ruinas dejadas por el colapso de la gigantesca burbuja inmobiliaria aparte, su problema principal consiste en su falta de competitividad que, se estima, es un 30% inferior a la de Alemania, pero para superarlo serán necesarias reformas mucho más drásticas que las supuestas por la mayor flexibilidad laboral que tienen en mente los líderes del PP y que tanto asusta a los dirigentes sindicales que, desde luego, están menos preocupados por las dificultades enfrentadas por los jóvenes desocupados que por la defensa de los derechos adquiridos de afiliados que aún tienen un empleo.


Si bien nadie ignora que el triunfo aplastante que consiguió el Partido Popular de Mariano Rajoy en las elecciones del domingo –y el margen de victoria del PP hubiera sido decididamente mayor si no fuera por la presencia de movimientos regionales que en España suelen captar muchos votos conservadores– se debió más a la ineptitud exasperante del jefe del gobierno socialista, José Luis Rodríguez Zapatero, que al atractivo de sus propias propuestas, el que en medio de una crisis económica devastadora el electorado español haya optado por confiar en un partido que sabe está dispuesto a tomar medidas duras puede considerarse evidencia de un grado poco común de madurez política. Aunque en la fase final de su gestión Zapatero, que hasta entonces había tratado de minimizar las dimensiones de la crisis, procuraba reaccionar aplicando el consabido ajuste, sus esfuerzos en tal sentido no resultaron suficientes como para aplacar los mercados ni para merecer la confianza de millones de españoles que, luego de haber disfrutado de ingresos dignos, caían en pobreza. ¿Tendrá mejor suerte el próximo presidente del gobierno, Rajoy? Desgraciadamente para el gallego que, todos dicen, carece por completo de “carisma” pero es notable por su tenacidad, el destino de su gestión dependerá menos de sus propios esfuerzos que de la evolución de la crisis que amenaza con provocar la ruptura de la Eurozona. Por cierto, no le será dado repetir la hazaña de su antecesor como jefe del PP, José María Aznar, que en el transcurso de una gestión de ocho años como presidente del gobierno logró hacer bajar una tasa de desempleo del 22% al 11%, ya que en la actualidad las circunstancias son muy distintas y Rajoy precisará contar con la colaboración de los miembros más poderosos del bloque monetario del que España es un integrante más. Pues bien: de seguir insistiendo la canciller alemana Angela Merkel en que todos los países que usan el euro se arreglen solos, negándose a permitir que el Banco Central Europeo compre en cantidades suficientes los bonos emitidos por gobiernos en apuros o que, una unión fiscal mediante, la Eurozona en su conjunto se encargue de las deudas nacionales, a Rajoy le tocará el privilegio ingrato de administrar a lo mejor una recesión prolongada seguida por una recuperación muy lenta, a lo peor una depresión con tasas de desempleo todavía más altas que la actual, del 21,52% de la población supuestamente “activa”. Aunque los españoles, como los griegos e italianos, se afirman resueltos a permanecer en la Eurozona y por lo tanto están listos para sacrificarse en aras de la moneda común, habrá límites a lo que estarán dispuestos a tolerar. Por su condición de “liberal ortodoxo”, Rajoy se ha visto comparado con el italiano Mario Monti y el griego Lucas Papademos, pero hay una diferencia fundamental: si bien según las encuestas de opinión quienes acaban de reemplazar a Silvio Berlusconi y Giorgos Papandreou respectivamente cuentan con la viva aprobación de la mayoría abrumadora de sus compatriotas, deben sus cargos a las presiones de Merkel y del presidente francés, Nicolas Sarkozy, mientras que Rajoy asumirá el poder con el apoyo formal del electorado español, de modo que nadie podrá cuestionar su legitimidad. Por lo demás, es jefe de un partido que siempre ha hecho gala de su compromiso con el rigor fiscal y la austeridad gubernamental que suele acompañarlo, razón por la que no correrá el riesgo de ser acusado de traicionar sus principios, como le sucedió al progresista Zapatero. Otra diferencia es que antes del estallido de la crisis financiera internacional España tenía una deuda soberana relativamente reducida; sigue siendo menor que la alemana. Las ruinas dejadas por el colapso de la gigantesca burbuja inmobiliaria aparte, su problema principal consiste en su falta de competitividad que, se estima, es un 30% inferior a la de Alemania, pero para superarlo serán necesarias reformas mucho más drásticas que las supuestas por la mayor flexibilidad laboral que tienen en mente los líderes del PP y que tanto asusta a los dirigentes sindicales que, desde luego, están menos preocupados por las dificultades enfrentadas por los jóvenes desocupados que por la defensa de los derechos adquiridos de afiliados que aún tienen un empleo.

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora