La mordaza ecuatoriana
Cuando los voceros de un régimen autoritario que cuenta con un amplio grado de apoyo popular hablan de la supuesta necesidad de “democratizar” los medios de difusión, lo que quieren decir es que aprovecharán su poder para silenciar o, por lo menos, intimidar a quienes se resistan a aplaudir su gestión con la obsecuencia exigida. En América del Sur, el mandatario más explícito en tal sentido es con toda seguridad el ecuatoriano Rafael Correa que acaba de pertrecharse de una “ley de medios” que es mucho más draconiana que la confeccionada por el gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner que, a pesar de su hostilidad evidente hacia aquellos diarios y canales televisivos que califica de “corporativos”, ha preferido limitarse a aplicar presiones económicas, repartiendo la publicidad oficial según criterios netamente políticos, subsidiando a los amigos oficialistas y, con la colaboración entusiasta del secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, privando de ingresos a los matutinos porteños Clarín, La Nación y el periódico Perfil, que a su entender militan en la oposición. En cambio, el ecuatoriano no ha vacilado en intentar controlar el contenido de los medios, ya que ha incorporado a su propia versión de la ley de marras la figura novedosa de “linchamiento mediático”, afín al “desacato”, puesto que alude a información que serviría para “desprestigiar o reducir” la credibilidad pública de personas físicas o jurídicas. Demás está decir que sería muy poco probable que un dirigente opositor se viera beneficiado por la medida, ya que lo que Correa tiene en mente es amordazar a sus críticos. La “democratización” de los medios que Correa, lo mismo que Cristina y los bolivarianos venezolanos, está impulsando se basa en la noción de que el periodismo debiera someterse a la voluntad mayoritaria, tal y como la reflejan los resultados electorales más recientes. Puesto que hace cuatro meses fue reelegido con el 57,7% de los votos, cree que criticarlo equivale a despreciar la soberanía popular, o sea, la democracia. Aunque podría argüirse que lo lógico sería que Correa aceptara que el 42,3% opositor tiene derecho a hacerse oír, sin por eso aspirar a gobernar, los populistas propenden a actuar como si disfrutaran del respaldo unánime de sus conciudadanos, marginando a quienes discrepan con sus ideas y sus políticas. Se trata de una de las diferencias más notables que se da entre las democracias plenas del mundo desarrollado, en las que es habitual que los gobernantes se resignen a convivir con la libertad de expresión, y las meramente plebiscitarias de países, como Ecuador, Venezuela y, por desgracia, la Argentina, de instituciones precarias y tradiciones caudillistas en que la tolerancia se toma por un síntoma de debilidad. Para frustración de los populistas, en los países que gobiernan, los medios más prestigiosos y, en condiciones normales, más rentables, suelen ser “opositores”, “corporativos” y hasta “liberales”, porque el grueso de aquellos votantes que a veces les dan una mayoría electoral abultada no lee muchos periódicos ni mira programas televisivos en que se celebran debates políticos. Es por lo tanto natural que, desde el punto de vista de los populistas, la prensa sea “elitista”, razón por la que en su opinión “democratizarla” significaría bajarla al nivel de su propia clientela electoral, una alternativa que atrae a cierta franja intelectual que aquí se siente representada por los kirchneristas vehementes, de formación izquierdista o nacionalista, de la agrupación “Carta abierta”, que está librando su propia interna ideológica contra quienes se niegan a hacer suyo el “relato” oficialista, acusándolos de haberse puesto al servicio de intereses espurios. De todos modos, mientras que los gobiernos de Cristina y de su “amigo” chavista, el presidente venezolano Nicolás Maduro, se las han arreglado para provocar crisis económicas y políticas muy graves que presagian el fin de sus proyectos respectivos, Correa ha manejado la rudimentaria economía de Ecuador con éxito relativo. Es de prever, pues, que tanto en nuestro país como en Venezuela, los medios independientes logren sobrevivir a los ataques virulentos de autoritarios resueltos a asfixiarlos, pero las perspectivas ante los ecuatorianos son tan sombrías que, en su caso, es mucho más difícil sentir optimismo.