La muerte de Milosevic reabre heridas

por STEFFAN VOSS

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La muerte del ex presidente yugoslavo Slobodan Milosevic ha reabierto viejas heridas entre Occidente y Rusia, la nación eslava hermanada con Serbia.

En Moscú, el gobierno, la oposición comunista y el premio Nobel de la Paz Mijail Gorbachov critican duramente que los jueces del Tribunal de la ONU no hayan permitido al enfermo Milosevic recibir tratamiento médico en la capital rusa.

El propio Gorbachov llegó incluso a afirmar que el comportamiento de los jueces «roza lo inhumano».

Uno de los estrategas militares más importantes del país disparó con toda su artillería: «Ha sido un asesinato con fines políticos», dijo acalorado el general Leonid Ivashov, que había testificado en defensa de Milosevic.

En su opinión, el Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia (TPIY) no tenía pruebas para inculpar a los acusados.

Si Milosevic hubiera sido puesto en libertad, se habría considerado como una sentencia de culpabilidad para la OTAN por sus ataques contra los yugoslavos perpetrados en la primavera de 1999, explicó Ivashov.

En aquella época, el general trabajaba como «ministro del Exterior» de las Fuerzas Armadas y hoy en día su opinión sigue gozando de gran autoridad entre los círculos militares nacionalpatrióticos.

Como ocurre frecuentemente en las complicadas relaciones entre Europa Occidental y Rusia, en ambas partes dominan puntos de vista diferentes.

En el caso Milosevic, para los rusos se trataba y se sigue tratando hoy sólo parcialmente de su persona. También en Moscú se oye la tesis de que los planes imperialistas del ex presidente yugoslavo conducían al derramamiento de sangre en los Balcanes.

Sin embargo, la mayoría de los políticos y militares rusos continúan sosteniendo que Milosevic fue llevado ante el TPIY mientras que los ataques de 1999 perpetrados por la OTAN en la guerra de Kosovo han permanecido impunes.

Todavía hoy una gran parte de la población sigue convencida de que en el banquillo de los acusados no debería haberse sentado Milosevic, sino los líderes de la OTAN de aquel entonces.

Desde Moscú afirman que Europa protege a los croatas católicos y a los bosnios musulmanes mientras que persigue a los serbios ortodoxos. Con el «asesinato político» a Milosevic, el Tribunal de la ONU ha perdido la justificación de su existencia, dice el político nacionalista Dmitri Rogosin.

La disputa entre Oriente y Occidente sobre el futuro de los Balcanes continuará también tras la muerte de Milosevic.

El jefe del Kremlin, Vladimir Putin, aclaró recientemente que, en las negociaciones sobre Kosovo, Moscú descarta una regulación especial en beneficio de los albaneses. Hace dos años, Putin desató el escándalo al exigir que Occidente reconstruyera Serbia.

«La han destrozado y no quieren reconstruirla», dijo Putin en aquella época. Nada más llegar al gobierno, en el año 2000, Putin se mantuvo fiel a Milosevic hasta la caída de éste en octubre.

La estrecha relación entre el Kremlin y el clan Milosevic no sólo se basaba en palabras. Borislav, el hermano del ex presidente yugoslavo fue embajador de Yugoslavia en Moscú a finales de los años noventa.

Además, los medios de comunicación rusos afirman que tanto el hijo de Milosevic, Marco, que en Serbia es considerado un gran criminal, como su viuda, Mirjana Markovic, han encontrado refugio en Moscú.

La orden internacional de detención contra la viuda de Milosevic no parece inquietar a las autoridades rusas.


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