La negra historia de Caseros pronto será escombros
Ya no alberga presos, y pronto será demolida. Pero queda una historia oscura. Jamás funcionó como debía, ya que fue concebida según un modelo abandonado en todo el mundo.
BUENOS AIRES (DyN)- Hasta hace poco, si alguien no sabía el significado de la palabra «lúgubre» no hubiese necesitado un diccionario para enterarse: el mejor consejo hubiese sido que se diera una vuelta por Parque Patricios y se acercara a contemplar la cárcel de Caseros, en alguna noche nublada.
Para la Real Academia, «lúgubre» es algo «fúnebre, funesto, sombrío, profundamente triste». Ese mastodonte de concreto asomado a la avenida Caseros era todo eso: las sombras eran su principal rasgo, la tristeza rondaba a quien lo contemplara.
¿Qué estaría pasando allí adentro, en esa colmena de pabellones, celdas, pasillos?, se preguntaba quien pasaba por allí. Y ninguna de las respuestas que se le ocurrían eran gratas.
Es que la historia de la Cárcel de Encausados de la Capital Federal, Unidad Penal 1 del Servicio Penitenciario Federal (SPF) -según su nombre oficial- no fue una historia grata: el propio director nacional del SPF, Juan Develluk, la definió como una vida «corta y afiebrada, a contramano del tiempo».
Este edificio monumental de 25 plantas en dos torres paralelas fue el resultado del trabajo de la Comisión Nacional de Construcciones Penitenciarias, que entre 1960 y 1965 la engendró junto a otros dos proyectos: los Tribunales del Crimen, que nunca se hicieron, y un Complejo Penitenciario en Ezeiza, similar al que ahora crece en esa localidad.
El inspector general Develluk dijo que en esos años «este tipo de edificios, en el mundo, se había dejado de construir». La obra tuvo demoras y estuvo paralizada cuando ya se había terminado la estructura de hormigón armado, hasta que finalmente se inauguró en abril de 1979, con el ingreso de 17 detenidos. Estaba prevista para 1.800 personas, en celdas individuales.
De los 25 pisos, 15 (del 3 al 18) estaban destinados al alojamiento de los reclusos, pero además el edificio tenía su propio gimnasio, un auditorio y microcine, una capilla, un hospital propio con dos salas de terapia intensiva y lavaderos.
Como ejemplo de lo avanzado que era el edificio al ser inaugurado, fuentes del SPF comentaron que «el cine tenía las máquinas más modernas del país. Ningún cine de Buenos Aires tenía esos proyectores».
Sin embargo, semejantes «lujos» para los detenidos tuvieron corta vida: el más grande motín de los 21 años de vida del penal, en 1984, no sólo inutilizó la mayoría de esas instalaciones, sino que prácticamente decretó la muerte del edificio, a tan sólo cinco años de haber sido abierto.
Caseros tenía 14 ascensores generales y dos auxiliares, que parecían suficientes para los movimientos internos pero, como dijo el jefe nacional del SPF, «los motines y la crónica falta de presupuesto se ocuparon de destrozar las previsiones».
El promedio de elevadores que funcionaban era de tres o cuatro, aunque a veces quedaba sólo uno.
El deterioro era igual en todos los pabellones: las puertas de las celdas individuales no se cerraron nunca más y las paredes -de ladrillo hueco- estaban llenas de boquetes que los reclusos usaban para moverse entre los pisos. Desde afuera se podía ver que las ventanas con vidrios eran la excepción: como en una villa de emergencia, cartones o plásticos los habían reemplazado.
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