La odisea de la dulce Anita
"Anita no te rajes", ya en sus últimos capítulos, es una de la telenovelas más interesantes que se hayan visto en años en la Argentina. Su calidad y alternativas disparatadas recuerdan a otro buen producto del género "Café con aroma a mujer".
El guión de “Anita no te rajes” hace rato que atravesó la invisible barrera que separa la ficción del delirio. Un punto geográfico sobre el que hasta la fecha William Shakespeare y Gabriel García Márquez, y apenas algún otro, supieron conducirse con suficiencia. Las telenovelas siempre tienden a su propio desmadre, a un descomunal paroxismo, pero “Anita no te rajes” acaba de romper un récord en este sentido. Y eso es, justamente, lo que la convierte en un culebrón tan especial. Repasemos algunos de sus tumultuosos hechos: Anita es una inmigrante mexicana que llegó en forma ilegal a Miami para realizar a su manera el sueño americano. Entre este principio tan común para los tiempos que corren y el final de su odisea hay un océano de alternativas que parecen imaginadas por una mente retorcida. Porque Anita se enamora de un ingeniero que lamentablemente está casado y esperando un hijo con una mujer, Ariana (Natalia Streignard), que, con el pasar de los capítulos, va volviéndose completamente y peligrosamente loca. Para seguir con esta serie de lamentables acontecimientos, una acaudalada tía de Anita, Consuelo Guerrero (Eluz Peraza), termina siendo su propia madre. La atribulada mujer, viuda, enferma de cáncer, nunca quiso reconocer a la chica, de ahora sólo 22 años, porque su concepción fue producto de una violación. Todo tiene remedio, Anita se va a vivir a un “condo” donde la vida es humilde, digna y sobre todo entretenida. Después de mucha lucha, consigue llegar al altar o casi. Resulta que la ex de su amado Eduardo (Jorge Enrique Abello) no está de acuerdo con este cambio radical y no tiene mejor idea que… matar a Anita y ¡al propio Eduardo! Bueno, aquí es donde el asunto se dispara al mismísimo infierno. Ariana contrata a un grupo de matones y secuestra a Eduardo. Después de una lucha digna de un filme de Jet Li, Eduardo escapa y trata de avisar a la policía de un posible atentado contra su prometida que lo espera en el altar. Pero, en una ironía recurrente que atraviesa la telenovela, la policía está en otra cosa. Eduardo entonces, en un último y desesperado recurso, avisa a “la migra” que su futura mujer es una ilegal para de este modo sacarla del país y salvarla. En medio de la boda, el novio entrega a la novia a la verguenza y el exilio. Hasta aquí la historia parece bastante laberíntica; Borgeana con atisbos de James Ellroy -por lo brutal- y Raymond Chandler -por lo enmarañada. Pero sigue, y cómo. Justo después de que Eduardo corre al aeropuerto para suplicarle a Anita que lo espere en Ciudad de México, que allí le va a explicar el fundamento de su canallada, es secuestrado nuevamente. Ariada lo mete a punta de pistola en un automóvil y luego lo lanza al vacío. Sin embargo, Eduardo no muere, su cabeza choca contra una piedra y pierde la memoria. Entretanto Anita lo espera en México sin comer ni dormir hasta que termina medio muerta en un hospital. ¡Uf! Los hechos se vuelven aun más fantásticos. En México entra en escena el padre de Anita, un mafioso buscado por otros mafiosos. El que fuera el violador de su madre, ahora encuentra a su hija y la ayuda a recuperarse. Anita sobrevive con un sólo propósito: vengar su deshonra. No, este no es un cuento chino sino mexicano. Mejor dicho, es una versión bizarra del sueño americano protagonizado por latinoamericanos. Como puede verse el argumento no carece de originalidad y el desarrollo de la historia, aunque a ratos increíble, no deja nunca de resultar apasionante. “Anita no te rajes”, dirigida por David Posada y con música del dúo “Bachá” (el tema musical es un auténtico hit) es una de las novelas más atractivas y mejor realizadas que se hayan visto por mucho tiempo en la pantalla Argentina. Medir la calidad de una telenovela no es un asunto fácil. En principio porque desde siempre ha sido considerado un género menor dentro del panorama televisivo. Menor inclusive comparado con los unitarios y las series. No hablemos del cine. Su evolución como manifestación artística está determinada por sus necesidades intrínsecas de duración: una temporada. Entonces los gestos teatrales, declamatorios e innecesarios, cuando una cámara es capaz de tomar hasta el último detalle de un rostro, se vuelven lentos a propósito, torpes aunque conducentes. Los argumentos se expanden como chicles y las escenas se eternizan en diálogos sin rumbo. Si a pesar de esto uno puede rescatar su grado tensión, unas actuaciones inteligentes y un cuadro dramático diseñado con equilibrio (dentro del caos que supone un culebrón, claro está), pues, en los marcos definitivos del género, es que estamos ante una obra mayor. Es el caso de “Anita no te rajes”, “Café con aroma a mujer”, “Rosa de lejos” y de la de por sí extraña “El oro y el barro”. Hasta podría considerarse a “Picos gemelos”, la serie de David Lynch, que a principio de los ’90 causó estupor en los Estados Unidos, como un pariente cercano de estas producciones latinas. Volviendo a Anita. Para cuando la chica regresa de México se ha convertido en una gran dama auspiciada por dineros oscuros. Eduardo trata infructuosamente de recuperar su memoria, el problema es que en su esfuerzo termina en los brazos de su odiada Ariana ¡sin saber que ella misma trató de matarlo! Finalmente, como era de esperar, un día Eduardo recupera la memoria y Anita consuma su venganza. Dos hechos que terminarán separándolos ¿definitivamente? Nada está dicho jamás en “Anita no te rajes”. Desde hace unos días Ariana, asociada al mafioso que quería matar al padre de Anita, se dedica a construir su personal revancha. Con la melodía de la canción “Yo tenía diez perritos” -y si les suena ridículo esperen a ver como suena en los labios del más inepto policía de la historia de las telenovelas- Ariana ha comenzado a asesinar a los seres queridos de Anita. Cada vez que uno va a ser sacrificado, la voz del escultural personaje atraviesa el teléfono tarareando la canción. Al principio produce un poco de risa, pero después se vuelve francamente divertido. ¿Quién será el próximo? Claudio Andrade candrade@rionegro.com.ar
El guión de “Anita no te rajes” hace rato que atravesó la invisible barrera que separa la ficción del delirio. Un punto geográfico sobre el que hasta la fecha William Shakespeare y Gabriel García Márquez, y apenas algún otro, supieron conducirse con suficiencia. Las telenovelas siempre tienden a su propio desmadre, a un descomunal paroxismo, pero “Anita no te rajes” acaba de romper un récord en este sentido. Y eso es, justamente, lo que la convierte en un culebrón tan especial. Repasemos algunos de sus tumultuosos hechos: Anita es una inmigrante mexicana que llegó en forma ilegal a Miami para realizar a su manera el sueño americano. Entre este principio tan común para los tiempos que corren y el final de su odisea hay un océano de alternativas que parecen imaginadas por una mente retorcida. Porque Anita se enamora de un ingeniero que lamentablemente está casado y esperando un hijo con una mujer, Ariana (Natalia Streignard), que, con el pasar de los capítulos, va volviéndose completamente y peligrosamente loca. Para seguir con esta serie de lamentables acontecimientos, una acaudalada tía de Anita, Consuelo Guerrero (Eluz Peraza), termina siendo su propia madre. La atribulada mujer, viuda, enferma de cáncer, nunca quiso reconocer a la chica, de ahora sólo 22 años, porque su concepción fue producto de una violación. Todo tiene remedio, Anita se va a vivir a un “condo” donde la vida es humilde, digna y sobre todo entretenida. Después de mucha lucha, consigue llegar al altar o casi. Resulta que la ex de su amado Eduardo (Jorge Enrique Abello) no está de acuerdo con este cambio radical y no tiene mejor idea que... matar a Anita y ¡al propio Eduardo! Bueno, aquí es donde el asunto se dispara al mismísimo infierno. Ariana contrata a un grupo de matones y secuestra a Eduardo. Después de una lucha digna de un filme de Jet Li, Eduardo escapa y trata de avisar a la policía de un posible atentado contra su prometida que lo espera en el altar. Pero, en una ironía recurrente que atraviesa la telenovela, la policía está en otra cosa. Eduardo entonces, en un último y desesperado recurso, avisa a “la migra” que su futura mujer es una ilegal para de este modo sacarla del país y salvarla. En medio de la boda, el novio entrega a la novia a la verguenza y el exilio. Hasta aquí la historia parece bastante laberíntica; Borgeana con atisbos de James Ellroy -por lo brutal- y Raymond Chandler -por lo enmarañada. Pero sigue, y cómo. Justo después de que Eduardo corre al aeropuerto para suplicarle a Anita que lo espere en Ciudad de México, que allí le va a explicar el fundamento de su canallada, es secuestrado nuevamente. Ariada lo mete a punta de pistola en un automóvil y luego lo lanza al vacío. Sin embargo, Eduardo no muere, su cabeza choca contra una piedra y pierde la memoria. Entretanto Anita lo espera en México sin comer ni dormir hasta que termina medio muerta en un hospital. ¡Uf! Los hechos se vuelven aun más fantásticos. En México entra en escena el padre de Anita, un mafioso buscado por otros mafiosos. El que fuera el violador de su madre, ahora encuentra a su hija y la ayuda a recuperarse. Anita sobrevive con un sólo propósito: vengar su deshonra. No, este no es un cuento chino sino mexicano. Mejor dicho, es una versión bizarra del sueño americano protagonizado por latinoamericanos. Como puede verse el argumento no carece de originalidad y el desarrollo de la historia, aunque a ratos increíble, no deja nunca de resultar apasionante. “Anita no te rajes”, dirigida por David Posada y con música del dúo “Bachá” (el tema musical es un auténtico hit) es una de las novelas más atractivas y mejor realizadas que se hayan visto por mucho tiempo en la pantalla Argentina. Medir la calidad de una telenovela no es un asunto fácil. En principio porque desde siempre ha sido considerado un género menor dentro del panorama televisivo. Menor inclusive comparado con los unitarios y las series. No hablemos del cine. Su evolución como manifestación artística está determinada por sus necesidades intrínsecas de duración: una temporada. Entonces los gestos teatrales, declamatorios e innecesarios, cuando una cámara es capaz de tomar hasta el último detalle de un rostro, se vuelven lentos a propósito, torpes aunque conducentes. Los argumentos se expanden como chicles y las escenas se eternizan en diálogos sin rumbo. Si a pesar de esto uno puede rescatar su grado tensión, unas actuaciones inteligentes y un cuadro dramático diseñado con equilibrio (dentro del caos que supone un culebrón, claro está), pues, en los marcos definitivos del género, es que estamos ante una obra mayor. Es el caso de “Anita no te rajes”, “Café con aroma a mujer”, “Rosa de lejos” y de la de por sí extraña “El oro y el barro”. Hasta podría considerarse a “Picos gemelos”, la serie de David Lynch, que a principio de los ’90 causó estupor en los Estados Unidos, como un pariente cercano de estas producciones latinas. Volviendo a Anita. Para cuando la chica regresa de México se ha convertido en una gran dama auspiciada por dineros oscuros. Eduardo trata infructuosamente de recuperar su memoria, el problema es que en su esfuerzo termina en los brazos de su odiada Ariana ¡sin saber que ella misma trató de matarlo! Finalmente, como era de esperar, un día Eduardo recupera la memoria y Anita consuma su venganza. Dos hechos que terminarán separándolos ¿definitivamente? Nada está dicho jamás en “Anita no te rajes”. Desde hace unos días Ariana, asociada al mafioso que quería matar al padre de Anita, se dedica a construir su personal revancha. Con la melodía de la canción “Yo tenía diez perritos” -y si les suena ridículo esperen a ver como suena en los labios del más inepto policía de la historia de las telenovelas- Ariana ha comenzado a asesinar a los seres queridos de Anita. Cada vez que uno va a ser sacrificado, la voz del escultural personaje atraviesa el teléfono tarareando la canción. Al principio produce un poco de risa, pero después se vuelve francamente divertido. ¿Quién será el próximo? Claudio Andrade candrade@rionegro.com.ar
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