La ofensiva diplomática iraní
Si sólo fuera cuestión del clima relativamente amable que se ha difundido merced al reemplazo de Mahmoud Ahmadinejad, un fanático truculento, por Hassan Rohani como presidente de Irán, podría suponerse que está por solucionarse el problema planteado por el programa nuclear de la República Islámica. A diferencia de su antecesor, Rohani, que estudió en una universidad escocesa, habla como un moderado civilizado que nunca soñaría con agraviar a nadie con la eventual excepción de los representantes de “la entidad sionista” cuya mera existencia molesta a virtualmente todos los musulmanes. En el discurso que pronunció ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, Rohani juró que su país no tiene interés en dotarse de un arsenal atómico y atribuyó las dudas en cuanto a su sinceridad a la influencia de “grupos de presión belicosos” que, según él, rodean al presidente norteamericano Barack Obama. Por su parte, Obama también adoptó un tono conciliatorio al dirigirse a los asistentes a la Asamblea General, si bien insistió en que un eventual acuerdo con Irán dependería de “acciones concretas”, no de palabras, por alentadoras que fueran. Aunque Obama quisiera que la disputa con los iraníes acerca de sus planes nucleares se resolviera a través de negociaciones, ya que por razones personales y políticas es reacio a permitir que Estados Unidos corra los riesgos que le supondría intervenir nuevamente en el Oriente Medio, tiene motivos de sobra para desconfiar de Rohani y, más aún, del “líder supremo”, el ayatolá Ali Khamenei, que por su condición de jefe de la revolución islámica lleva la voz cantante en su país. No hay señal alguna de que Khamenei esté dispuesto a frenar el costoso programa nuclear que está impulsando antes de que Irán cuente con todo cuanto necesitaría para erigirse en una potencia nuclear auténtica, pero parecería que ha llegado a la conclusión de que, mientras tanto, le convendría tranquilizar a Estados Unidos y sus aliados europeos, además de Israel, hasta enfrentarlos con un hecho consumado. Es probable que Rohani, un veterano de la revolución islámica apoyado por personajes vinculados con el atentado contra la sede de la AMIA como el expresidente Ali Rafsanjani, comparta con Khamenei la idea de que, dadas las circunstancias, sería mejor procurar hacer pensar que Irán está gobernado por “moderados” sensatos y que por lo tanto el Occidente debería reducir drásticamente las sanciones económicas que tantas dificultades han provocado, pero, por desgracia, a menos que se instrumenten aquellas “acciones concretas” que exige Obama, convencerá sólo a los deseosos de dejarse engañar. Hay tanto en juego que, mal que les pese, los preocupados por el programa nuclear iraní no tienen más alternativa que la de reaccionar con la máxima cautela frente a la ofensiva diplomática que se inició con la elección de Rohani. El temor a que Irán esté por adquirir un arsenal atómico propio ya ha agravado mucho las tensiones en el Oriente Medio, que se ve cada vez más convulsionado por la lucha sanguinaria entre sunnitas, encabezados por Arabia Saudita y los emiratos del Golfo, y chiitas respaldados por Irán en Irak, Siria y el Líbano. A menos que pronto se eliminen por completo las sospechas, no sólo Arabia Saudita y Turquía sino también otros países mayormente sunnitas tratarán de adquirir “armas de destrucción masiva”, mientras que Israel podría sentirse obligado a intentar destruir las instalaciones nucleares iraníes por miedo a ser, caso contrario, el blanco principal de un ataque sorpresivo destinado a aniquilarlo. Asimismo, aun cuando los iraníes decidieran suspender sus actividades nucleares, continuarían ocasionando graves problemas en una región explosiva debido a su apoyo abierto al régimen del dictador sirio Bashar al Assad, a la milicia libanesa Hezbollah y otras organizaciones calificadas de terroristas por el gobierno estadounidense y también por muchos europeos, además, huelga decirlo, por el israelí. Así, pues, para que Irán se reconciliara plenamente con el Occidente, los líderes de la revolución islámica tendrían que cambiar no sólo su retórica, algo que ya han hecho, sino también la estrategia belicosa que eligieron en 1979 al regresar el ayatolá Khomeini de su exilio en Francia y poner en marcha una guerra santa contra el resto del mundo que dista de haberse terminado.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Viernes 27 de septiembre de 2013
Si sólo fuera cuestión del clima relativamente amable que se ha difundido merced al reemplazo de Mahmoud Ahmadinejad, un fanático truculento, por Hassan Rohani como presidente de Irán, podría suponerse que está por solucionarse el problema planteado por el programa nuclear de la República Islámica. A diferencia de su antecesor, Rohani, que estudió en una universidad escocesa, habla como un moderado civilizado que nunca soñaría con agraviar a nadie con la eventual excepción de los representantes de “la entidad sionista” cuya mera existencia molesta a virtualmente todos los musulmanes. En el discurso que pronunció ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, Rohani juró que su país no tiene interés en dotarse de un arsenal atómico y atribuyó las dudas en cuanto a su sinceridad a la influencia de “grupos de presión belicosos” que, según él, rodean al presidente norteamericano Barack Obama. Por su parte, Obama también adoptó un tono conciliatorio al dirigirse a los asistentes a la Asamblea General, si bien insistió en que un eventual acuerdo con Irán dependería de “acciones concretas”, no de palabras, por alentadoras que fueran. Aunque Obama quisiera que la disputa con los iraníes acerca de sus planes nucleares se resolviera a través de negociaciones, ya que por razones personales y políticas es reacio a permitir que Estados Unidos corra los riesgos que le supondría intervenir nuevamente en el Oriente Medio, tiene motivos de sobra para desconfiar de Rohani y, más aún, del “líder supremo”, el ayatolá Ali Khamenei, que por su condición de jefe de la revolución islámica lleva la voz cantante en su país. No hay señal alguna de que Khamenei esté dispuesto a frenar el costoso programa nuclear que está impulsando antes de que Irán cuente con todo cuanto necesitaría para erigirse en una potencia nuclear auténtica, pero parecería que ha llegado a la conclusión de que, mientras tanto, le convendría tranquilizar a Estados Unidos y sus aliados europeos, además de Israel, hasta enfrentarlos con un hecho consumado. Es probable que Rohani, un veterano de la revolución islámica apoyado por personajes vinculados con el atentado contra la sede de la AMIA como el expresidente Ali Rafsanjani, comparta con Khamenei la idea de que, dadas las circunstancias, sería mejor procurar hacer pensar que Irán está gobernado por “moderados” sensatos y que por lo tanto el Occidente debería reducir drásticamente las sanciones económicas que tantas dificultades han provocado, pero, por desgracia, a menos que se instrumenten aquellas “acciones concretas” que exige Obama, convencerá sólo a los deseosos de dejarse engañar. Hay tanto en juego que, mal que les pese, los preocupados por el programa nuclear iraní no tienen más alternativa que la de reaccionar con la máxima cautela frente a la ofensiva diplomática que se inició con la elección de Rohani. El temor a que Irán esté por adquirir un arsenal atómico propio ya ha agravado mucho las tensiones en el Oriente Medio, que se ve cada vez más convulsionado por la lucha sanguinaria entre sunnitas, encabezados por Arabia Saudita y los emiratos del Golfo, y chiitas respaldados por Irán en Irak, Siria y el Líbano. A menos que pronto se eliminen por completo las sospechas, no sólo Arabia Saudita y Turquía sino también otros países mayormente sunnitas tratarán de adquirir “armas de destrucción masiva”, mientras que Israel podría sentirse obligado a intentar destruir las instalaciones nucleares iraníes por miedo a ser, caso contrario, el blanco principal de un ataque sorpresivo destinado a aniquilarlo. Asimismo, aun cuando los iraníes decidieran suspender sus actividades nucleares, continuarían ocasionando graves problemas en una región explosiva debido a su apoyo abierto al régimen del dictador sirio Bashar al Assad, a la milicia libanesa Hezbollah y otras organizaciones calificadas de terroristas por el gobierno estadounidense y también por muchos europeos, además, huelga decirlo, por el israelí. Así, pues, para que Irán se reconciliara plenamente con el Occidente, los líderes de la revolución islámica tendrían que cambiar no sólo su retórica, algo que ya han hecho, sino también la estrategia belicosa que eligieron en 1979 al regresar el ayatolá Khomeini de su exilio en Francia y poner en marcha una guerra santa contra el resto del mundo que dista de haberse terminado.
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