La paradoja monárquica
Aunque sería de suponer que, con la eventual excepción de una minoría decididamente excéntrica que siente nostalgia por el pasado europeo, los argentinos son contrarios por principio a las monarquías hereditarias en que una gota de sangre azul importa mucho más que el talento personal o la aprobación popular, la reacción jubilosa de tantos millones de personas de todas las condiciones ante la entronización de Máxima Zorreguieta como reina consorte de Holanda confirmó que, a pesar de todo lo sucedido en los siglos últimos, el viejo sistema no ha perdido su encanto. Por cierto, la transformación de una compatriota, por linda y dotada que fuera, en “primera dama” de Francia, digamos, o incluso de la superpotencia estadounidense, no hubiera motivado tanto entusiasmo. ¿Se trata, pues, sólo de un “cuento de hadas”, como dicen muchos, o de algo más significante, del reconocimiento de que, en verdad, las monarquías distan de ser meras reliquias anticuadas porque cumplen una función que es muy valiosa? En teoría, defender el sistema monárquico como tal debería de ser imposible en un país en que todos los políticos e intelectuales suelen proclamarse resueltos a demoler aquellas barreras clasistas que todavía quedan. En la práctica, empero, el asunto no es tan sencillo como a primera vista parece. Consideremos los hechos. Son monárquicos algunos de los países más “progresistas” del mundo: Suecia, Noruega, Dinamarca, Holanda, además del Japón y el Reino Unido, Australia, Canadá y Nueva Zelanda. Asimismo, en las listas más recientes difundidas por Transparencia Internacional, de los diez países percibidos como menos corruptos, siete son monarquías; de los veinte, lo son doce. También figuran en la cabeza de las tablas de posición que se confeccionan para comparar el desempeño relativo de las diversas economías o medir, en cuanto sea factible, la competitividad y la calidad de vida. De enfrentarse en un torneo socioeconómico, ético y cultural un equipo monárquico con uno republicano, el de los reyes y reinas llevaría las de ganar. Parecería, pues, que, si bien son costosas y claramente incompatibles con el espíritu igualitario que la mayoría reivindica, monarquías constitucionales como las europeas y la japonesa contribuyen mucho a las sociedades que las mantienen. A su modo, son más republicanas, si por tal calificativo uno quiere decir respetuosas de las reglas, que los esquemas republicanos mismos. ¿Por qué? La fascinación multitudinaria por el ascenso de Máxima al trono neerlandés nos ayuda a entender la razón. Mientras que la realeza se encarga de lo ceremonial y del “relato”, los políticos han de limitarse a tareas más concretas. Si un monarca constitucional procura intervenir directamente en política, no tardará en verse en problemas; si a un político se le ocurre darse aires monárquicos, como si se creyera un rey, sólo lograría ponerse en ridículo. Por lo tanto, no sorprende que los gobiernos de los países escandinavos y de los miembros aún monárquicos de la Mancomunidad Británica se destaquen por su moderación. Mal que les pese, los dirigentes políticos se sienten obligados a guardar ciertas formas; saben que, a diferencia de los integrantes de la familia real, sólo son funcionarios fácilmente reemplazables, lo que, desde luego, los inocula contra los delirios megalómanos que son propios de su oficio. Otro servicio brindado por las monarquías consiste en su aporte a la cohesión nacional. Como los demás mortales, los miembros de las casas reales nacen, se casan entre ellos o con “plebeyos” (en verdad, no tan plebeyos), se divorcian, sufren tragedias, en ocasiones protagonizan escándalos, pero así y todo perduran, a veces por siglos. Trascienden las generaciones. Su ritmo es el de la vida, lo que ayuda a difundir una sensación reconfortante de continuidad en un mundo sometido a cambios bruscos. Con todo, el que su prestigio dependa tanto de sus raíces profundas en la historia nacional significa que, aun cuando no cupiera duda alguna de que la monarquía constitucional es el mejor sistema político, sería inútil intentar implantarla en países que ya son irremediablemente republicanos. En cuanto a los monarcas mismos y sus familiares, en especial los herederos, a menudo pagan un precio muy alto por el privilegio insólito que les ha tocado. Algunos se sienten prisioneros; dicen que el ya rey holandés Guillermo Alejandro hubiera preferido ser un ciudadano más, pero que a Máxima no le gustaba la idea. Tienen que adaptarse a un rol exigente que, si bien predeterminado, no está escrito en ningún libreto, de suerte que siempre les es necesario improvisar. El ejemplo paradigmático de una persona que se ha sacrificado durante toda una vida muy larga a la función que le reservó un destino caprichoso es la reina Isabel II de Inglaterra que, luego de un sinfín de vicisitudes, sobre todo las ocasionadas por la rebeldía contra los presuntos deberes reales de la princesa Diana, disfruta de un grado de popularidad que envidiaría cualquier político, pero no es la única que se ha esforzado por mantenerse a la altura de las expectativas de sus compatriotas. También lo han hecho, con los altibajos inevitables, los monarcas escandinavos, que han procurado ser a un tiempo más “humanos” que sus antecesores sin por eso eliminar por completo la distancia que los separa de los demás. De las monarquías europeas, la única cuyo futuro inmediato parece incierto es la española, una desgracia que puede atribuirse, en parte por lo menos, a que el rey Juan Carlos haya desempeñado un papel significante en la restauración de la democracia después de la muerte del dictador Francisco Franco. En aquel entonces, su actuación le mereció el aplauso no sólo de sus compatriotas monárquicos sino también de los republicanos, lo que, por un rato, sirvió para consolidar la monarquía cuando muchos lo creían una extravagancia pasajera –se hablaba de “Juan Carlos el Breve”–, pero sucede que dio un toque político a su reinado y por lo tanto, años más tarde, sería vulnerable a las críticas. Asimismo, últimamente la familia real española se ha visto perjudicada por denuncias de corrupción o, en el caso del rey, de apego excesivo a pasatiempos costosos en una etapa signada por la austeridad. ¿Sobrevivirá la monarquía española? Sólo si logra rodearse del aura de permanencia apolítica que envuelve a sus equivalentes en los países europeos más prósperos y, por lo común, mejor gobernados.
SEGÚN LO VEO
JAMES NEILSON