100 años de vida en Neuquén: un mural y varios homenajes para una pionera y sus descendientes

Esta semana que comienza, las nuevas generaciones recordarán a Catalina Comuzzi de Todero y a sus hijos, aquellos inmigrantes que vinieron desde Perteole, Italia, hasta la desolada estación de la Confluencia.

Un mural en la casa de su bisnieto Héctor la muestra rodeada de sus polluelos, los más grandes estrenando la mayoría de edad, los más chicos todavía con la picardía de las travesuras embarrándoles los zapatos. Ese día partieron en barco para venir a Argentina, quizás por eso vieron la importancia de plasmar la jornada en una foto todos juntos, como recuerdo de un quiebre en la historia de aquella viuda de 47 años, 10 de sus 11 hijos y una nuera.

Con el tiempo, alguien que se cruzó en la búsqueda de datos le contaría a este descendiente que alimenta el archivo familiar lo visto por algún testigo aquel 9 de enero, después de ese instante frente a la máquina con fuelle: Catalina se derrumbó ante Dios, en la iglesia local, en una mezcla de despedida y plegaria, a punto de encarar uno de los mayores desafíos para una mujer de la época.

La escena fotográfica, plasmada en trazos de color gris, con algunos ribetes dorados, es parte de la obra que la artista Micsi Almendra realizó en uno de los paredones de calle Jujuy al 900, en Neuquén capital. Detrás de varios cactus en flor, pintó a pedido tres momentos en la vida de los Todero, entre Perteole, Italia, y la Confluencia de los ríos Limay y Neuquén: la casa natal, la partida con el barco de fondo y la sencilla quinta que lograron armar después, cerca de la actual esquina de Tronador y Aguado, en la entrada a la ciudad. Se trata de uno de varios homenajes previstos para esta semana que comienza y al que sumarán un reconocimiento a la tumba de Catalina en el cementerio central, otro a la plazoleta que le asignaron entre calles Moquehue y Paimún, la presentación de una reseña detallada y hasta un almuerzo con las nuevas generaciones. Todo en coincidencia, al cumplirse exactamente 100 años de lo vivido aquel 12 de febrero de 1924, cuando bajaron con su baúl en la desolada estación de tren.

El mural que hizo la artista Micsi Almendra se puede visitar en Jujuy al 900.

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El recuerdo antes de partir hacia Neuquén, en Enero de 1924. 

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Pocos datos se tienen sobre la partida del esposo y padre de la familia, Massimino Giácomo Todero, caído en combate durante la Primera Guerra Mundial, en 1915, a los 42 años. Hijo de Teresa y Antonio Todero, este italiano se conoció con Catalina Comuzzi a fines del 1800 y falleció cuando ella estaba embarazada de la última hija del matrimonio, Antonia. En esa situación, la mujer y los niños quedaron bajo el resguardo de sus suegros, hasta que el mayor de los hijos, Ángel, llegó con la propuesta de emigrar.

En la reseña elaborada por Héctor, se afirmó que el farmacéutico (boticario) Ferruccio Verzegnassi, ya instalado en Neuquén, fue quien lo convenció de aventurarse, de la misma manera que hizo con varios vecinos más. “Él integraba un grupo masónico [logia] y, al parecer, esta importante inmigración le otorgaba créditos dentro de ese ámbito”, opinó. Ese pionero terminó luego convirtiéndose junto a su esposa en padrino de Liliano, hijo de Ángel, por ser el primer Todero nacido en tierra neuquina.

Antes de salir hacia los territorios al sur del río Colorado, hubo dos casamientos en el pueblo natal: el de Ángel con Teresa Burg (abuelos de Héctor) y el de su hermana Teresa con Ugo Fornasín. Esa hija de Catalina y Massimino se quedó en Italia cuando los demás partieron, hasta reencontrarse con ellos unos años después.

“Tres candiles de aceite plantados sobre los arenales, señalaban el camino hasta la farmacia de Verzegnassi, quien los llevaría en un carro hacia un terreno (hoy barrio Jardín – Casino), donde un galpón y un corral serían su alojamiento”, contó en su recopilación el ex profesor de la UNCo y ex juez de paz.

Celebraron por primera vez en 1954 al cumplirse 30 años de su llegada.

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Para cuando los Todero llegaron a Neuquén y se enterraron intentando avanzar por los médanos, la capital del territorio llevaba recién 20 años de vida formal, después del tendido ferroviario y el posterior traslado de las autoridades desde Chos Malal, en 1904. Francisco Denis era el gobernador y faltaban 13 años todavía para que el “puente viejo” uniera esa localidad con la antigua Colonia Lucinda (Cipolletti). Esa misma obra fundamental hizo que la Ruta 22 “dibujara una curva y se quedara con una esquina de la primera chacra familiar”, agregó el bisnieto, refiriéndose al triángulo donde hoy se encuentra el santuario en honor a Ceferino Namuncurá.

Nadie heredó de la “nona Catalina” el arte de hacer ‘palomitas’ con las servilletas dentro de las copas. Y según recuerdan, nadie volvió a probar helados tan ricos como los que preparaban con leche “casera”, ordeñada de las vacas que cuidaban en su terreno y que luego vendían en los eventos donde se juntaba gente, como los partidos de fútbol, para recaudar dinero. Sus hijas, igual de hacendosas, eran las que cosían la ropa de los más chicos, recordó Hector. Mirando las figuras que quedaron en la foto previa a la partida en barco, aún se reconoce la hechura similar en los vestidos de las niñas, al igual que los detalles en el atuendo de los varones, incluido el tradicional pantalón corto para los más chicos.

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Cortando con la rigidez expresiva, habitual en las imágenes de la época, se puede ver a una de las muchachas, posando con la mano en el hombro de su hermano, a la izquierda del cuadro. “Ella era la tía Yolanda, una tía muy muy querida”, señaló este vecino, con una sonrisa, por el cariño que sintió ante la calidez de aquella mujer, una adolescente de por entonces 13 años.

Con el tiempo, cada hijo fue haciendo su vida, formando su familia e instalándose en su propio lugar, hasta que se cumplieron 30 años de aquel recordado arribo y Ángel, el mayor, propuso el primer encuentro de parientes de este lado del mundo, en 1954. Para ese momento habían transcurrido ya dos años de la partida de “la nona Catalina”, fallecida el 27 de enero de 1952.

De mirada algo rigurosa, se la recuerda por su carácter fuerte y “las pocas palabras”: algunas que silenciaba a propósito, otras que sólo decía en dialecto y las que no pronunciaba para “no malgastar el aire, porque sentía que llegaba su fin”, dijo Héctor. Aún así, junto con ella germinó el recuerdo de las fiestas de blancos manteles bordados, la música, el baile y las porciones de abundante comida, para que no falte, cuando mejoró la economía familiar.

Un recuerdo de la vida en Italia – Foto: Cecilia Malletti.

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Para ayudarla trabajaron sus muchachos, en las chacras vecinas que hiciera falta, y las chicas, limpiando en casas de familia y cuidando niños. Entre las muchas anécdotas, recordaron los pastelitos de membrillo que aprendió a hacer María, la segunda hija mujer, porque había que estar atentos: siempre alguno estaba relleno con porotos, papel u otra cosa, provocando la risa de todos.

Ya insertos en la comunidad, los Todero fueron dejando huella en instituciones como la Cooperativa de Servicios Eléctricos de Plottier o el Club Unión de Colonia Valentina, por Ángel; la Escuela N°103, próxima a la casa original; por Massimino; los desfiles a caballo por Constantino, y las carreras en sulky en las que participaba Ernesto.

Las vueltas de la historia quisieron que en uno de los cuatro viajes que Héctor hizo a Italia para avanzar con esta reconstrucción, se le diera la oportunidad de casarse en la misma iglesia donde se unieron los bisabuelos Catalina y Massimino, y sus abuelos, Ángel y Teresa. Junto a su esposa Alida Buffolo ya habían tenido la ceremonia civil en los ‘90, pero volvieron a dar el “si” en el mismo lugar que los ancestros, la parroquia de Santo Tomás, tantos años después. Como una sorpresa, le propuso a su compañera que lleve un vestido por si acaso y con ese atuendo los recibió el sacerdote, con marcha nupcial, coro, un organista y hasta la presencia de la síndico local (alcalde). “Fue una fiesta de campanas y gente del pueblo, ¡increíble!”, cerró Héctor.


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