Irene Tula: silenciosos recuerdos de la primera intendenta de Allen

Fue la primera mujer que lideró el pueblo gracias al voto popular y su caso también fue pionero en el país. Lejos del reconocimiento, su tumba permanece deteriorada en un rincón del cementerio local.

El sendero gris, cubierto del sol, resguarda lo que queda de la piedra que cubría su nicho. Sin epitafio, sin dedicatoria, sólo su nombre y las fechas de su nacimiento y de su muerte la distinguen del resto. “Irene Tula de Diazzi, 23 de Agosto de 1905 – 21 de Octubre de 1972”, dice, junto a lo que fue una botella de gaseosa, cortada a la mitad, a modo de florero.

La ubicación del último descanso de quien fuera la primera presidente mujer del Concejo Municipal de Allen, corresponde al sector más antiguo de nichos, construido en el cementerio local a la izquierda del ingreso. Fue la primera en la ciudad y de las primeras del país elegidas por sus vecinos, en el cargo que hoy llamaríamos como “intendenta”. Junto a ella, descansan antiguos pobladores que pasaron a la eternidad hace mucho y algunos más recientes. La muerte nos iguala y en estos casos, eso queda a la vista. ¿Quién diría que tal o cual referente, reconocido en otro tiempo, hoy sería un número más en esa cuadrícula silenciosa?

Foto: Cementerio Allen.

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El Museo de Allen es el que guarda el archivo de esta docente, que se jubiló al frente de las aulas de “primero inferior”, como se le decía antes a 1° grado de nivel primario. Se retiró después de 30 años de enseñar a leer y a escribir a grupos completos. Y como institución, fue el Museo el que insistió para que una rotonda llevara su nombre, frente a la Escuela N°64, uno de los colegios que la vio ejercer (Ordenanza Nº 54/2016). Sin embargo, la que no quería ni monumentos ni homenajes era ella misma.

Irene había llegado desde su San Luis natal designada por Nación en 1929, con 24 años, para enseñar en la histórica Escuela N°80, primera en la zona norte de la localidad. Allen en ese entonces cumplía apenas 19 años de su fundación y Rafael Amaya estaba a cargo de lo que hoy conocemos como el Municipio. El emblemático edificio comunal y del teatro recién comenzaba a construirse, después de colocar la piedra fundamental un año antes, y los vecinos se las ingeniaban para buscar cómo mejorar su calidad de vida.

Irene junto a sus estudiantes de la Escuela N° 23, otro de los colegios donde trabajó.

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En ese contexto, la locomotora que viajó hasta el andén de Estación Allen trajo a una Irene soltera, que cruzó más de 1600 kilómetros para llegar, porque no había ramal directo: desde San Luis debían pasar primero por Buenos Aires. La vida quiso que esta hija de Víctor Tula y Lucinda Pérez, se convirtiera aquí en la esposa de Antonio Diazzi, el “ecónomo” del Hospital Regional, y que ese amor trascendiera en las cartas que encontraron sus descendientes. Vivieron en la casona demolida sobre la que se construyó el actual nosocomio, sobre calle Velasco casi acceso Güemes. Pero las circunstancias también la obligaron a hacerse fuerte, cuando ese compañero murió con apenas 37 años, en 1943, a causa de una enfermedad respiratoria para la que aún no había cura.

Así que con ese panorama, su oficio docente fue el bote que la salvó de hundirse, y al que se dedicó de lleno, a pesar de las crisis y los meses en que no cobraba. Desde el aula creció como “excelente colaboradora, cortés y correcta en el vestir y en el lenguaje, con inmejorable reputación”, dicen los informes de sus superiores, hasta convertirse en impulsora de proyectos y comisiones para conseguir de todo, desde un periódico escolar hasta mejoras edilicias.

Tres décadas de espíritu inquieto, sumadas a la participación política en el Partido Demócrata Progresista le valieron a Irene el triunfo en las elecciones del 17 de abril de 1960. Fue quien ocupó el 14° lugar en la historia de gobernantes allenses, según reconstruyó el sitio especializado Proyecto Allen, y fue pionera junto a otras experiencias de mujeres al mando en San Juan y Córdoba. Ya no sólo era la viuda de Diazzi que tuvo que criar sola a dos hijos naturales y uno adoptivo, sino que había tomado vuelo propio, algo que no abundaba en la sociedad de la época. En su tiempo libre, también actuó en obras de teatro en el desaparecido Hotel España y en el Teatro municipal, costumbre que ya tenían junto a su marido y otros socios del Club Unión Alem Progresista, dentro del “cuadro filodramático” local, explicó Ignacio Tort.

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Si bien su gestión duró hasta marzo de 1962, interrumpida por el golpe militar contra Frondizi, como recuerdo de sus obras quedaron la habilitación del servicio de agua corriente, cloacas y cuadras de pavimento en distintos puntos de la ciudad, respondiendo a su preocupación por la salud de la población y el aspecto general del ejido. Estuvo a cargo de los festejos por el 50° aniversario local y también mandó a construir la parada de colectivos, conocida por todos como “La Terminal”, en la intersección de las avenidas Eva Perón y Roca, entre las plazoletas. Esa estructura fue demolida en abril de 2013 y todavía espera reemplazo para larga distancia.

En diálogo con RÍO NEGRO, su nieto Claudio Diazzi recordó las anécdotas de su padre Jorge, hijo menor de Irene, que la vio en campaña para lograr la “intendencia”. Recordó la incomodidad que ella les generaba a otros militantes y a algunas autoridades ya designadas, quizás por ser una mujer que estaba aspirando demasiado en un terreno de hombres. Tampoco faltó el que expresamente le negara su apoyo. A pesar de todo, fue el voto popular el que la respaldó y con eso fue suficiente.

Suplemento Aniversario Allen 1965 – Archivo Diario Río Negro.

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Apretón de manos con el gobernador Castello. Acompañan ministros y el intendente de Fernández Oro, Remo Santarelli.

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Esa misma trayectoria le valió el apoyo cuando los síntomas de un cáncer la debilitaron y debió hacerse atender en Buenos Aires. Claudio había nacido tres años antes de su muerte, pero se recuerda jugando con Irene y un muñeco que encontraron de nuevo décadas después, en la casa familiar que también se demolió, sobre calle San Martín casi Quesnel. Lejos de haberla olvidado, atesora junto a su familia el recuerdo y lo vivido, pero cree que sería arrogante de parte de ellos enaltecer su figura. Por eso remarca que respetaron la voluntad de Irene: nada de homenajes ni de monumentos.

El caso de esta referente y su tumba se repite en el desenlace de otros tantos personajes, en Allen y las demás ciudades de la región, cuya identidad va pasando desapercibida para las nuevas generaciones, si alguien no se toma el trabajo de explicar quiénes fueron y cuál fue su legado. Estricta y tradicional, talentosa y capaz, hasta que eso pase se puede ver la foto de Irene, de guardapolvo blanco, en el circuito histórico instalado en la plazoleta frente al Municipio. Aparece junto a esos niños que le hicieron amar a Allen, como ella misma dijo en sus discursos, emociones escritas a mano, en hojas de cuaderno escolar.

Los originales de sus discursos, donados al Museo.

Algunos de sus recuerdos…


Junto a Osvaldina Carella, en el predio del Hospital Regional.

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Antonio Diazzi – Foto: Archivo familiar en el Museo de Allen.

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Saliendo de la casona en el Hospital Regional.

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De los tiempos en San Luis, en la década del ’20.

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