La pesadilla siria

Redacción

Por Redacción

El papa Benedicto XVI dista de ser la única persona influyente que se siente horrorizada por el baño de sangre que está produciéndose en Siria y que quisiera que el Occidente hiciera algo para poner fin a las matanzas, pero si bien se han intensificado últimamente las presiones sobre “la comunidad internacional” –es decir Estados Unidos, Francia y el Reino Unido– para que intervenga en el conflicto confuso en aquel país mayormente árabe, no le sería del todo fácil contribuir a restaurar un simulacro de paz en el futuro previsible. Para que una intervención extranjera resultara eficaz, sería necesario que Siria se viera puesta bajo la tutela de la ONU, o sea que se renovara el “mandato” que en 1918 la Sociedad de Naciones otorgó a Francia, alternativa ésta que, por razones evidentes, no atrae a nadie. A lo sumo, las tres potencias occidentales podrían reeditar lo que hicieron en Libia para eliminar a Muammar Gaddafi, ayudando a los rebeldes a derrocar al dictador Bashar al Assad pero negándose a asumir responsabilidad por el resultado que, con toda probabilidad, consistiría ya en la formación de un régimen sectario dominado por islamistas vengativos, ya en la desintegración de un país que está conformado por una multitud de grupos religiosos y étnicos distintos. Es comprensible que muchos occidentales bien intencionados se hayan convencido de que, si no fuera por la extrema brutalidad de Al Assad, los sirios podrían resolver pacíficamente sus problemas internos, optando por el pluralismo y la tolerancia mutua. No quieren pensar en la posibilidad de que haya alternativas todavía peores que la supuesta por un eventual, pero cada vez menos probable, triunfo del régimen. En Europa, América del Norte e incluso en América Latina, la mayoría abrumadora entiende que es mejor convivir de lo que sería subordinar todo a las ambiciones de los comprometidos con un culto religioso, ideología política o grupo étnico particular. Sin embargo, en casi todo el Oriente Medio, las actitudes suelen ser radicalmente distintas. Entre los rebeldes que están luchando contra el régimen alauita de Al Assad abundan fanáticos que están resueltos a reprimir, por los medios que fueren, a todos aquellos que son reacios a aceptar su supremacía absoluta, sea cuestión de musulmanes de otras sectas, cristianos o kurdos. Por lo tanto, no hay garantía alguna de que una intervención militar occidental sirva para mucho más que permitir a ciertos dirigentes occidentales felicitarse por su solidaridad con las víctimas de un tirano despiadado que no vacila en ordenar el bombardeo de zonas residenciales. Al fin y al cabo, si la experiencia de los años les ha enseñado algo a los norteamericanos y europeos, esto es que es sumamente peligroso procurar democratizar por medios militares países del Oriente Medio de creencias religiosas, tradiciones y costumbres que les son ajenas, en los que, para más señas, es muy fácil aprovechar el odio de buena parte de la población hacia todo lo vinculado con el imperialismo occidental. Así las cosas, la resistencia de los gobiernos de Estados Unidos y de sus aliados europeos a intervenir en Siria se debe más a su experiencia desafortunada en otras partes de la región que a su presunta pusilanimidad. Con todo, podrían cambiar de actitud si, como algunos temen, el régimen, que está cada vez más débil, optara por emplear armas químicas contra los rebeldes. Además de las armas que Al Assad recibió del vecino Irak poco antes de culminar la invasión de dicho país, Siria ha desarrollado un arsenal propio que, según se informa, está entre los más mortíferos existentes. Pero aun cuando el régimen desistiera de usar tales armas, se daría el riesgo de que cayeran en manos de los islamistas, algunos afiliados a Al Qaeda, lo que desde el punto de vista de los occidentales sería más peligroso aún. Puede entenderse, pues, el nerviosismo que sienten los responsables de la política exterior en Washington, París y Londres. Quieren alejarse cuanto antes de los convulsionados territorios musulmanes, pero temen verse obligados a actuar para impedir que el conflicto feroz que tanto sufrimiento está provocando en Siria tenga repercusiones gravísimas en el resto de la región más explosiva del planeta y también en sus propios países.


El papa Benedicto XVI dista de ser la única persona influyente que se siente horrorizada por el baño de sangre que está produciéndose en Siria y que quisiera que el Occidente hiciera algo para poner fin a las matanzas, pero si bien se han intensificado últimamente las presiones sobre “la comunidad internacional” –es decir Estados Unidos, Francia y el Reino Unido– para que intervenga en el conflicto confuso en aquel país mayormente árabe, no le sería del todo fácil contribuir a restaurar un simulacro de paz en el futuro previsible. Para que una intervención extranjera resultara eficaz, sería necesario que Siria se viera puesta bajo la tutela de la ONU, o sea que se renovara el “mandato” que en 1918 la Sociedad de Naciones otorgó a Francia, alternativa ésta que, por razones evidentes, no atrae a nadie. A lo sumo, las tres potencias occidentales podrían reeditar lo que hicieron en Libia para eliminar a Muammar Gaddafi, ayudando a los rebeldes a derrocar al dictador Bashar al Assad pero negándose a asumir responsabilidad por el resultado que, con toda probabilidad, consistiría ya en la formación de un régimen sectario dominado por islamistas vengativos, ya en la desintegración de un país que está conformado por una multitud de grupos religiosos y étnicos distintos. Es comprensible que muchos occidentales bien intencionados se hayan convencido de que, si no fuera por la extrema brutalidad de Al Assad, los sirios podrían resolver pacíficamente sus problemas internos, optando por el pluralismo y la tolerancia mutua. No quieren pensar en la posibilidad de que haya alternativas todavía peores que la supuesta por un eventual, pero cada vez menos probable, triunfo del régimen. En Europa, América del Norte e incluso en América Latina, la mayoría abrumadora entiende que es mejor convivir de lo que sería subordinar todo a las ambiciones de los comprometidos con un culto religioso, ideología política o grupo étnico particular. Sin embargo, en casi todo el Oriente Medio, las actitudes suelen ser radicalmente distintas. Entre los rebeldes que están luchando contra el régimen alauita de Al Assad abundan fanáticos que están resueltos a reprimir, por los medios que fueren, a todos aquellos que son reacios a aceptar su supremacía absoluta, sea cuestión de musulmanes de otras sectas, cristianos o kurdos. Por lo tanto, no hay garantía alguna de que una intervención militar occidental sirva para mucho más que permitir a ciertos dirigentes occidentales felicitarse por su solidaridad con las víctimas de un tirano despiadado que no vacila en ordenar el bombardeo de zonas residenciales. Al fin y al cabo, si la experiencia de los años les ha enseñado algo a los norteamericanos y europeos, esto es que es sumamente peligroso procurar democratizar por medios militares países del Oriente Medio de creencias religiosas, tradiciones y costumbres que les son ajenas, en los que, para más señas, es muy fácil aprovechar el odio de buena parte de la población hacia todo lo vinculado con el imperialismo occidental. Así las cosas, la resistencia de los gobiernos de Estados Unidos y de sus aliados europeos a intervenir en Siria se debe más a su experiencia desafortunada en otras partes de la región que a su presunta pusilanimidad. Con todo, podrían cambiar de actitud si, como algunos temen, el régimen, que está cada vez más débil, optara por emplear armas químicas contra los rebeldes. Además de las armas que Al Assad recibió del vecino Irak poco antes de culminar la invasión de dicho país, Siria ha desarrollado un arsenal propio que, según se informa, está entre los más mortíferos existentes. Pero aun cuando el régimen desistiera de usar tales armas, se daría el riesgo de que cayeran en manos de los islamistas, algunos afiliados a Al Qaeda, lo que desde el punto de vista de los occidentales sería más peligroso aún. Puede entenderse, pues, el nerviosismo que sienten los responsables de la política exterior en Washington, París y Londres. Quieren alejarse cuanto antes de los convulsionados territorios musulmanes, pero temen verse obligados a actuar para impedir que el conflicto feroz que tanto sufrimiento está provocando en Siria tenga repercusiones gravísimas en el resto de la región más explosiva del planeta y también en sus propios países.

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