La Policía y los estoicos

Por Jorge Castañeda

El estoicismo y el epicureísmo, dos poderosas corrientes filosóficas que imprimieron su huella indeleble en la vida moral de la antigüedad han superado el paso del tiempo y es posible advertir su influencia en la actualidad, aunque muchas veces tergiversada la esencia que les dio origen.

Consideradas ya en su tiempo como filosofías morales decadentes y derrotistas por sostener más la evitación de la infelicidad que la consecución de la misma, tuvieron a lo largo de la historia egregios exponentes y fieles seguidores.

El estoicismo fue fundado en Atenas en el siglo IV antes de Cristo por Zenón de Citio y su metafísica está inspirada ciertamente en Heráclito de Efeso.

Sostiene que el hombre sabio acepta con gozo el destino divino que rige el Universo, el cual es su única patria y dueño de sus pasiones puede alcanzar la felicidad. Se dice que «el estoico es extremadamente severo consigo mismo y busca la realización humana en el dominio de sus afectos, para subordinarlos al conocimiento de su puesto en el mundo; pero paradójicamente su actitud es deshumanizadora porque tiende a incluirlo en el engranaje cósmico, donde carece de sentido la libertad».

La escuela tomó su nombre del pórtico (stoa), que era el lugar donde se reunían a conversar sus temas trascendentes. Se pueden considerar discípulos de Zenón de Citio y su doctrina a Cleantes y Crisipo de Cilicia. En Roma esta corriente fue difundida por Panecio de Rodas y Posidonio de Apamea, ejerciendo marcada influencia en Cicerón, Plutarco, Séneca, Epícteto y Marco Aurelio.

En cambio el movimiento conocido como Epicureísmo se apoyó en una visión del mundo heredera del atomismo de Demócrito de Abdera.

Se advierte que «a pesar de que hoy la palabra «epicúreo» denota una cierta voluptuosidad y desenfreno en la búsqueda del placer como razón suprema de la vida, el epicureísmo se presentaba más bien como mensaje de salvación, puesto que liberaba al hombre de su servidumbre ante lo desconocido, siendo la aspiración máxima la ataraxia, es decir la imperturbabilidad del alma, como base indispensable de la verdadera felicidad».

Haciendo ya historia más reciente también podemos afirmar que el pensamiento moral de los antiguos estoicos tuvo marcada influencia en su momento en un determinado sector de la Policía de Río Negro.

Es así que en 1982 el entonces jefe de la fuerza, Tte. Cnel. Fernando M. Zárraga, encomendó al joven secretario general de la Jefatura, comisario Juan Manuel F. M. Castañeda, el diseño de un emblema hasta entonces inexistente para que identificara a la fuerza de seguridad provincial.

Analizando el mismo se ve definida la forma circular que en toda simbología significa la dinámica del movimiento, el círculo total, completo, idea tomada tal vez de Parménides que sostenía la perfección de la esfera sobre toda otra forma, habiéndose llegado a afirmar que Dios o el Universo «son una esfera cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna».

Volviendo al emblema, se aprecia el color azul, distintivo de cualquier institución policial.

El sol de dieciséis puntas, réplica de la condecoración sanmartiniana después de la batalla de Chacabuco, cuya alegoría, símbolo de la luz y del ejemplo del Gran Capitán, constituye el modelo político y ético a imitar por aquellos que tienen el honor de vestir el uniforme de la fuerza, componentes sustanciales de una conducta de servicio que todos los integrantes deberían conocer y sobre todo exhibir en el desempeño de sus funciones específicas. En el centro se ubican el contorno del mapa de la provincia de Río Negro y la figura del gallo, símbolo internacional que representa el alerta policial.

El diseño interior del sello responde al modelo clásico de la chapa de identificación policial, réplica a su vez de los primitivos sellos de las policías territorianas.

El lema Sustine et Abstine (soporta y abstente) es la abreviatura de una de las máximas de los antiguos estoicos que, completa, reza: «Soporta todos los males sin que se turbe tu alma y abstente de los placeres que puedan perjudicar tu libertad moral».

Según el criterio de quienes lo diseñaron, estas definiciones simbólicas «no intentan sino definir una forma, insuflar un espíritu y orientar un derrotero para que sea ése y no otro el destino que señale el accionar de los hombres y mujeres que integran la fuerza de la Policía de la provincia de Río Negro. Recientemente la jefatura ha rectificado mediante una resolución dicho emblema, ordenando corregir algunas desviaciones que deforman el original, atentando contra la unidad conceptual de la imagen.

¿Recuperará nuestra policía en esta época de crisis, donde las instituciones todas de la provincia y del país parecieran resquebrajarse, el sentido liminar de su emblema?

Tal vez Zenón de Citio y Epicúreo desde algún rincón del Olimpo estarán observando divertidos cómo sus doctrinas aún están en pugna y vigentes en una de las provincias más antípodas de su tiempo y de su lugar.


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