La política de la magia

Por Redacción

GASTÓN RAMBEAUD (*)

Hace unos días, al despertarme por la mañana mi teléfono celular no recibía ni enviaba llamados; hubo que apagarlo y encenderlo para que por fin se despertase conmigo. En otras ocasiones no ha funcionado el sistema de transmisión de datos (3G), otras veces han sido los mensajes de texto, la no captación de señal en plena ciudad y, muchas, el simple corte abrupto de la comunicación en curso. Se dice que, cuando se inició la telefonía celular, nuestro país estuvo varios años a la vanguardia de esta maravillosa técnica de comunicación que se ha impuesto como la principal en materia de telefonía. Pero como una película acelerada de la decadencia argentina –porque la decadencia general ha sido lenta y lleva décadas– nuestra telefonía celular hoy día se ubica como una de las más atrasadas del continente y está visto que funciona cada vez peor. La historia de siempre: innovación y trabajo; orgullo por los logros alcanzados, orgullo que se hace vanidad y que nos hace creer que el trabajo ya está hecho, que sólo queda distribuir sus beneficios; después viene la dejadez y la decadencia. Y justo en ese momento, para mantenernos conformes, es donde llega la política de la magia. ¡En tantos ámbitos la magia nos mantiene adormecidos! Pasó con los jubilados. Se nos prometió que con la apropiación de sus ahorros el sistema mejoraría y todos cobrarían lo que corresponde; como no había un solo argumento racional que respaldara esa promesa, era evidente que como sociedad aceptábamos un pase de magia. Lamentablemente la única magia fue que todos esos ahorros, millones de pesos aportados por el salario de trabajadores honestos, desaparecieran; hoy no existen. Y todos terminamos el día contentos creyendo que, cuando nos jubilemos, tendremos asegurado el 82% móvil. Pura magia. Pasó con YPF. Se nos prometió que, con la apropiación de la empresa por el gobierno, el precio de la nafta se adecuaría a las necesidades del automovilista (así lo dijo el actual ministro de Economía) y que se lograría el autoabastecimiento perdido. Otra vez aceptamos la magia, porque aquí tampoco había ningún argumento racional que sustentase semejantes afirmaciones. Al día de hoy, el único efecto alcanzado ha sido que en escasos tres meses la nafta aumentase como nunca antes –más de un 30%– y que el autoabastecimiento prometido se vaya corriendo en el tiempo, cada vez más adelante y más lejos. Pero todos nos vamos satisfechos a dormir convencidos de que el petróleo es nuestro, aunque cada día paguemos más por él. Sólo magia. Pasó con los medios de comunicación. Si existía alguna libertad que en nuestro país se había mantenido a salvo del poder político durante los últimos tiempos, ésa era la libertad de expresión; múltiples medios, múltiples voces, múltiples pensamientos. Opiniones populares y opiniones impopulares, es indiferente. Sin embargo, como si la libertad necesitase de leyes complicadas para que podamos gozar de ella, se nos convenció de que podía haber más libertad todavía y que era necesario dictar una extensa ley de Medios. Otra vez la política de la magia estaba presente. Sancionada la ley, resulta que alrededor el 80% de los medios de comunicación son afines a quien gobierna –sea del partido que fuere–, que la presión a través de la publicidad estatal se ha intensificado y que los fallos que la Justicia ha dictado para enderezar ese avasallamiento a la prensa libre sencillamente no se cumplen. El último truco de magia del que nos enteramos en este ámbito es que la autoridad creada por la ley para hacer más libre la expresión (Afsca) le ha dado el gusto a un gobernador –que parece necesitar más medios de comunicación de los que ya tiene– y de un día para el otro ha decidido transferir al gobierno de Río Negro la habilitación caduca de una radio de Cipolletti sin brindar ningún fundamento consistente. En Neuquén pasa también. En este gran espectáculo de palabras mágicas se nos ha convencido de que somos dueños de la empresa distribuidora de energía eléctrica, la cual no es sino un botín de disputas políticas y medio de vida de amigos del poder; la magia ha hecho que en nuestras casas paguemos una de las facturas de luz más caras del país. Pero siendo sus dueños, cada noche todos encendemos con orgullo la iluminación de nuestros hogares. La política de la magia nos mantiene entretenidos en la decadencia y sobrevivimos creyendo que los gobernantes componen nuestros males. Ahora ha llegado el turno de la telefonía celular, que después de la gloria ha pasado a la decadencia. El salvataje que nos propone la política –y la idea no provino del partido gobernante– no es nuevo, todo lo contrario, sencillamente echar mano a un viejo truco que todo buen prestidigitador siempre trae guardado en su baúl para salir del paso: el servicio público. Merced a la magia de ese talismán creeremos que el sistema funcionará a la perfección y, lo que es mejor, ¡sus precios serán inmunes a la inflación! Sólo magos consagrados pueden lograr convencernos de que las tarifas se mantendrán indiferentes a la inflación y que, al mismo tiempo, se realizarán las importantes inversiones pendientes (por caso, el paso del 3G al 4G). Magos de primer nivel. O un público inocente dispuesto al engaño. Que el oficialismo lo hubiese propuesto tiene alguna lógica, después de todo el único objetivo que parece quedar de su soñada revolución es el ocultamiento de la inflación. Pero que los opositores participen es sencillamente porque creen incautos en la magia o porque están deseosos de subirse ellos también al escenario. La mala noticia es que denominar por ley “servicio público” a una actividad económica no mejora absolutamente nada y sólo brinda más poder al poderoso; en su nombre se han instituido monopolios, se han consagrado privilegios, se han celebrado millonarios contratos gubernamentales y se han enriquecido quienes menos se esfuerzan. Como servicios públicos funcionan la luz que se corta, los ferrocarriles Sarmiento y Roca de Buenos Aires que descarrilan, la distribución de agua turbia e insuficiente de Neuquén y el conflictivo régimen de colectivos urbanos que presta Indalo. Ninguna magia proporcionan a sus usuarios. Pero no importa. Cuando la telefonía celular sea declarada solemnemente “servicio público”, podremos amanecer a la vida con la certeza de que nuestro teléfono funcionará perfectamente y su costo será asumido por otro, otro que es invisible y distinto a nosotros. El mayor acto de magia es haber hecho desaparecer al prójimo. Sigamos disfrutando del espectáculo entonces. (*) Abogado y docente. Presidente de la Fundación Progreso y Libertad