La promesa emancipatoria


El ciberactivismo se ha convertido en una verdadera válvula de escape del descontento existente. Al protestar en la red, los sujetos hostiles obtienen un calmante eficaz.


Cabe preguntarse si el optimismo expresado por el sociólogo Manuel Castells en 2003, al considerar a internet un espacio que provee herramientas para la movilización social y la participación ciudadana, posee a la fecha suficiente fundamento empírico.

Las plataformas digitales suelen brindarle a los ciudadanos, organizaciones y movimientos sociales, la posibilidad de actuar y movilizarse en la esfera pública a través de distintos enlaces de comunicación.

De hecho, ha visibilizado las demandas y expectativas de numerosos grupos minoritarios, sean ambientalistas, de orientación sexual y de género, o bien de defensa de los derechos de los animales y la tierra. Nada poco, en virtud de su carácter contramayoritario en una sociedad que se precie de democrática.

En este contexto tecnológico hasta se ha acuñado el término “ciberciudadanía”, para aludir a un nuevo sujeto que ejerce los derechos y deberes ciudadanos en el ciberespacio, rompiendo los límites tradicionales de territorios y Estados.

¿Se ha cumplido la promesa emancipatoria expresada por Castells? O por el contrario, la ausencia de un acceso igualitario a las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación aún obturan esa participación en términos horizontales.

A esta altura parece arriesgado afirmar que cualquier individuo independientemente de su condición social, edad o ámbito cultural se sirve de internet y las demás tecnologías para participar en la esfera política.

Una afirmación tal conduciría a obviar las profundas brechas digitales que se reflejan no solamente en la adquisición de dispositivos tecnológicos, sino también en los usos que se le otorgan en los distintos ámbitos del ciberespacio.

Lo que indudablemente traduce el actual activismo digital son verdaderas tormentas de indignación, auténticas campañas ensayadas mediante dispositivos que en horas logran sumar millones de esas expresiones.

El ciberactivismo se ha convertido así en una verdadera válvula de escape del descontento existente. Al protestar en la red, los sujetos hostiles obtienen un calmante eficaz.

Sucede frente a situaciones diversas, desde un crimen violento a mecanismos irregulares de acceso a la vacunación en contexto de pandemia.

Su rasgo central es que son manifestaciones efímeras e inestables, y que no siempre desarrollan una fuerza poderosa de acción. Es decir, que poseen relativa capacidad para transformar estructuralmente el estado de cosas reinante.

¿Esas tormentas de indignación son asimilables al ejercicio de derechos ciudadanos? ¿Puede el ciberactivismo dar voz a los que no la poseen? ¿Logran, pese a emitirla, que ella sea escuchada?

La fuerza libertaria que alguna vez se le asignara al empleo de las nuevas tecnologías está puesta hoy seriamente en duda. Máxime, en sociedades marcadas por la concentración del poder político y económico, así como por una desigual participación de sus distintos grupos en el trazado de las políticas públicas.

*Doctor en Derecho (UBA) - Profesor titular de la Universidad Nacional de Río Negro (UNRN)


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