La rebelión tibetana pone a China contra las cuerdas

Se extiende espiral de violencia y represión: habría 90 muertos. El Dalai Lama denunció un "genocidio cultural".

Redacción

Por Redacción

Es una pesadilla para el gobierno de China: Cinco meses antes de que comiencen los Juegos Olímpicos, en los que el país pretende presentar al mundo una «sociedad armoniosa», las protestas antichinas en Tíbet amenazan con desembocar en una espiral de violencia.

Las manifestaciones de tibetanos se propagan sin pausa. Ayer se reportaron de siete manifestantes muertos en Sichuan (sudoeste), tras una represión que ya dejó decenas de muertos en Lhasa y llevó al Dalai Lama a denunciar el «régimen de terror» y un «genocidio cultural» impuesto por Pekín. Lhasa, la capital de la Región Autónoma de Tíbet, seguía ayer cerrada a los turistas y cercada por las fuerzas de seguridad, tras las manifestaciones del viernes que según el gobierno tibetano en el exilio dejaron 90 muertos, muchos más que las diez víctimas señaladas por Pekín.

En la vecina provincia de Sichuan, la policía mató a tiros ayer a por lo menos siete personas que participaban en una marcha que había salido de un monasterio budista del distrito tibetano de Ngawa, de acuerdo con la organización Campaña Internacional por Tíbet. Según otras noticias, el sábado también hubo protestas en el monasterio de Labrang, en la provincia de Gansu (noroeste).

Desde su exilio en Dharamshala (India), el Dalai lama, líder espiritual de los budistas tibetanos, calificó la situación de «genocidio cultural» y pidió una investigación internacional. Las autoridades chinas «se apoyan únicamente en la fuerza para lograr un simulacro de paz, una paz conseguida por la fuerza usando para ello un régimen de terror», declaró el Nobel de la Paz.

Por su parte, las autoridades chinas acusaron al Dalai Lama de organizar las protestas y juraron que reaccionarán con «firmeza» para mantener el orden en Lhasa. «Los hechos muestran que las fuerzas separatistas y reaccionarias del interior y exterior (de Tíbet) se orquestaron minuciosamente» con «el objetivo de la independencia», indicó el oficialista Diario del Tíbet.

Al principio de esta revuelta, los monjes se manifestaron durante días pacíficamente, pero tras la dura reacción policial y las detenciones estalló la ira y la frustración contenida por los tibetanos, dando paso al vandalismo y la venganza de la que están siendo víctimas muchos chinos residentes en Lhasa. La cúpula comunista envió soldados y tanques a Tíbet, pero se enfrenta a un difícil dilema: si se modera, las protestas podrían expandirse, pero si interviene con dureza, la situación podría desembocar en un derramamiento de sangre similar a la masacre de Tiananmen de 1989, lo que provocaría automáticamente llamamientos al boicot de los Juegos Olímpicos.

Tras más de 50 años de dominio chino sobre Tíbet, los errores chinos se cobran venganza en el mayor altiplano de la Tierra.

Las cuentas no cuadran: los religiosos tibetanos, que se sienten reprimidos y como ciudadanos de segunda clase, no parecen estar agradecidos por la ayuda económica de China. Y la nueva línea de ferrocarril a Lhasa, aunque trae numerosos avances a esta tierra de difícil acceso, despierta al mismo tiempo el temor a que se produzca una «segunda invasión» de chinos.

En Lhasa se han construido alojamientos expresamente para ellos. Y es que los chinos no sólo controlan el gobierno y todas las instituciones, sino también la economía, beneficiándose del crecimiento mientras que los tibetanos siguen sumidos en la pobreza. Así, la antipatía mutua entre ambos pueblos se agudiza.

Los chinos describen a los tibetanos como «incultos y sucios», y no soportan su devota religiosidad. Mientras, los tibetanos consideran a los chinos como extranjeros que ejercen de amos pero en realidad no buscan nada en Tíbet.

Precisamente en las últimas semanas se ha intensificado la «campaña de educación patriótica» de los monjes y el control político sobre los monasterios, algo que los expertos extranjeros explican con la inminencia de los Juegos Olímpicos.

Al mismo tiempo, la propaganda china intensificó sus ataques contra el Dalai Lama, tocando la fibra sensible de los fieles tibetanos.

Los ánimos se caldearon en el aniversario del levantamiento de los tibetanos en 1959, que fue sofocado por los chinos. Sin embargo, las imágenes de televisión en las que aparecen alborotadores tibetanos, algunos incluso empuñando una espada, o monjes que atacan comercios, no contribuyen a la causa tibetana, y a los chinos les vienen como caídas del cielo. Los brutales e indiscriminados ataques contra chinos inocentes en Lhasa refuerzan además los prejuicios chinos sobre los «salvajes» tibetanos.

Eso facilita a Pekín describir la violencia en Lhasa como una «conspiración» planeada por el Dalai Lama, al que acusan de pretender engañar al mundo con su discurso de la no violencia.

Para expertos en Tíbet, la confrontación podría incluso apuntar a un peligroso giro desde la moderada postura del Dalai Lama, a quien las fuerzas más radicales e impacientes entre los jóvenes tibetanos exiliados ya no quieren seguir. Algunos hablan ahora incluso de «un auténtico levantamiento» contra los chinos, contra las cuerdas debido a los Juegos. (DPA/AFP)


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