La revolución neolítica
Por Tomás Buch
Cuando se festeja la revolución tecnológica en la que estamos inmersos desde hace unas décadas, con todas sus ventajas y desventajas, pocas veces nos acordamos de que esta revolución tecnológica no es la primera por la que atravesamos. Los alcances de la actual son aún difíciles de prever, ya que las manipulaciones genéticas, en el largo plazo, pueden conducirnos a una especie humana tan diferente de la actual como nosotros lo somos de los hombres de Neanderthal. Pero ése es todavía el campo de la literatura.
Pero sí nos es dado evaluar las consecuencias de la primera gran revolución tecnológica, que hasta ahora fue la más profunda de la historia. Es el tránsito de las culturas basadas en la caza y la recolección a aquellas que sabían producir sus alimentos mediante técnicas proactivas, en vez de sólo recoger los que la naturaleza les brindaba, aunque fuese con la ayuda de algunas armas, para facilitar el esfuerzo de cazarlos. En ciertos momentos y lugares se inició la domesticación de un número relativamente pequeño de especies vegetales y animales, lo que permitió la liberación de fuerzas materiales e intelectuales insospechadas, y con ésta toda la evolución histórica posterior: las ciudades y los imperios, las máquinas y la escritura, la conquista de la naturaleza y el camino hacia las estrellas. Y tal vez la desaparición de nuestra especie por el exceso de su éxito en dominarlo todo.
Hubo un período, que duró milenios, durante el cual los humanos aprendieron penosamente a trabajar la piedra para fabricarse herramientas elementales que facilitaran su tarea de obtener de la naturaleza su sustento y un poco de protección de las inclemencias del clima. Con ello ya se fue distanciando de los demás animales, algunos de los cuales saben realizar algunas tareas que no podemos menos de calificar de tecnológicas.
Después, algunos grupos desarrollaron la tecnología de domesticar ciertos animales y plantas. Para los animales, la condición era que se dejaran domesticar, lo que no era obvio en absoluto. Sólo hay un par de docenas, entre las miles de especies de animales grandes. Existe una distinción entre domesticar y amansar. Los leones, los elefantes y los osos, por ejemplo, aprenden a obedecer ciertas órdenes, pero no han sido domesticados en el sentido de los vacunos, los caprinos, los caballares, especies en que se han generado nuevas variedades por selección artificial. Y las cebras, aunque se parecen mucho a los caballos y los asnos, nunca se han dejado siquiera amansar.
Los vegetales también se han sometido al humano a través de cambios genéticos producidos por selección artificial, una clara intervención humana en la evolución de las especies. Por ejemplo, el trigo debe mantener su espiga entera para permitir su cosecha: ésa no es una propiedad que lo favorece en la vida silvestre, donde se desgrana espontáneamente. La domesticación de las especies alimenticias no se produjo en cualquier ambiente natural, sino, predominantemente, en la «Media Luna Fértil» del occidente asiático, en China, y en unas pocas regiones de América. El proceso duró miles de años, pero fue veloz comparado con los cientos de miles transcurridos desde los albores de la especie. Cabe preguntarse por los motivos para que este proceso ocurriera predominantemente en ciertas zonas geográficas y no en otras. Las teorías de Jared Diamond hacen intervenir factores biológicos en las especies disponibles para su domesticación, factores ecológicos y climáticos, y los puramente geográficos. En este sentido, destaca el predominio del eje este-oeste en el continente euroasiático, donde la domesticación avanzó antes y más rápido, contra el eje norte-sur en América y Africa, continentes en los que la onda civilizatoria tuvo que saltear grandes selvas en un caso y terribles desiertos en el otro, atravesando zonas climáticas muy diversas. Pero además, en cuanto a los animales, Eurasia poseía mayor variedad de especies de grandes mamíferos domesticables: seis (camello, caballo, vaca, oveja, cabra, cerdo) contra sólo una, la llama, disponible en América. En cuanto a los grandes mamíferos de las sabanas africanas, los antílopes y cebras no son domesticables, para no mencionar a los demás, como el elefante, que tampoco lo es aunque puede aprender a obedecer: en Asia se usa para tareas pesadas. Es también interesante destacar que a estas especies, conocidas desde la antigüedad, más tarde casi no hubo agregados, salvo el reno. Además de los grandes mamíferos, hay una cantidad de especies de animales menores, especialmente las aves de corral. Un papel especial desempeña el perro, por supuesto, especie enormemente multiforme, que más que animal domesticado parece integrar una simbiosis con los humanos desde épocas muy antiguas. Fueron creadas razas especialmente aptas para el pastoreo, la caza, la carrera y hasta la alimentación, aunque para nuestra cultura es evidente que no son «comida».
En cuanto a las especies vegetales, son muy pocas las que tienen una importancia alimenticia en gran escala: trigo, maíz, arroz, papa, soja y algunas más representan la mayor parte de los cultivos básicos. Es interesante destacar el aporte americano al repertorio mundial de vegetales de cultivo, que es mucho mayor que el de animales, cuyo único ejemplo es el pavo. En cambio, entre los vegetales hay especies tan valiosas como el maíz, la papa, el tomate y el cacao.
Cuando se habla de domesticación de plantas y de animales, es interesante observar que ambos reinos implicaron estilos de vida muy diferentes para sus cultores de la antigüedad. Los pueblos de pastores y los de agricultores se llevaron muy mal en los tiempos remotos, como lo registra aún la Biblia: Abel era pastor y Caín, agricultor; la Biblia no explica por qué Jehová era más afecto a la carne que a las verduras, pero de allí nació el primer asesinato, cuya causa fueron los celos. Seguramente esta tradición proviene del hecho de que los hebreos eran pastores nómades antes de establecerse en Canaan. En América hubo las grandes culturas avanzadas de México y Perú, pero, en el momento de la conquista, la etapa económica de la mayoría de los grupos originarios del territorio argentino, alejado de aquellos centros, aún eran cazadores-recolectores. En la actualidad, subsisten algunos pueblos cazadores-recolectores en lugares remotos de la Tierra: los san, en el Kalahari, algunas tribus brasileñas, algunos papua en Nueva Guinea; tal vez, en alguna medida, los esquimales del Polo. No les va muy bien, por supuesto. No hay duda de que están condenados a desaparecer, porque la «civilización» invade y a veces destruye sus hábitats y corrompe su estilo de vida. Tampoco sus sucesores, los pueblos pastores y agricultores neolíticos que también subsisten malamente en zonas apartadas, están muy bien ubicados en la escala de la supervivencia cultural. No cabe duda de que en el mediano plazo todos ellos serán destruidos, físicamente o culturalmente.
Uno puede preguntarse si los estilos de vida modernos son mejores o peores que los previos a la revolución neolítica, pero intentar una respuesta exigiría mucho más que una simple nota en un diario. Habría que empezar por definir los criterios con que se evalúa la vida «buena» o la «mala». La caza y la recolección era fácil en ciertas regiones y escasa en otras; había, por cierto, épocas de hambruna y mortandad, pero seguramente otras de abundancia y vida fácil. La revolución neolítica trajo consigo la división en clases sociales, y en los antiguos imperios es probable que la gran masa de los esclavos viviese peor que sus antepasados cazadores-recolectores. Seguramente lo mismo es cierto hoy para los que malviven en los márgenes de las grandes ciudades del Tercer Mundo. Pero imaginemos nada más que un simple dolor neolítico de muelas, en un anciano de treinta años de edad.
No tiene mucho sentido imaginarnos si tal vez seríamos más felices como cazadores-recolectores de lo que somos como humanos insertados en el mundo moderno. En particular, porque no nos es posible meternos, físicamente ni mentalmente, en el mundo de aquéllos, con sus limitaciones intelectuales y sociales, tan diferentes de las nuestras. Un hombre moderno disfrazado de prehistórico en un ejercicio de supervivencia, no es un hombre prehistórico. Los anhelos nostálgicos por una Edad del Oro que ubicamos en el pasado no nos lleva al pasado que, de todos modos, no podemos conocer más que desde afuera.
En cambio, hay tanto que mejorar en nuestro estilo de vida, que es mejor mirar hacia delante y tratar de hacerlo, en vez de añorar y tratar de recuperar un pasado que ciertamente no ha de volver.
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