La seguridad imposible

Por Redacción

Por razones evidentes, la desintegración del transbordador «Columbia» al reingresar en la atmósfera terrestre ha constituido un revés para el programa espacial estadounidense, pero lo ha sido menos por los problemas técnicos revelados, que por la reacción casi histérica que fue fomentada por los medios de comunicación ante lo que en buena lógica debería haberse considerado un percance desafortunado pero no mucho más. Después de todo, si la muerte de siete astronautas plenamente conscientes de los riesgos que afrontaban fue «una tragedia», ¿cuál sería la palabra justa para calificar un accidente aéreo rutinario en el que perecen centenares de viajeros comunes? También exageran aquellos que insisten en tratar a los astronautas como «héroes»: los peligros de su oficio existen, claro está, pero no son más escalofriantes que los enfrentados a diario por decenas de miles de obreros, bomberos, policías y otros, para no hablar de los adictos a deportes como el automovilismo. Además, por estar en contacto continuo no sólo con los equipos de Tierra sino también con sus amigos y familiares, los astronautas modernos no pueden compararse con los exploradores de otros tiempos que a veces se ausentaron durante años de todo vestigio de su propia civilización en su afán de saber más de tierras que eran decididamente más amenazadoras que el espacio.

De haber imperado en el pasado los criterios actuales que son reivindicados con fervor empalagoso por comunicadores y políticos, entre éstos el presidente norteamericano George W. Bush que se dirigió a sus conciudadanos como si acabara de producirse una derrota militar calamitosa, los miembros de nuestra especie aún estarían en las cavernas por entender que cualquier intento de alejarse de su «base» podría costarles la vida y que por lo tanto les sería más sensato quedarse donde estaban hasta que todos los peligros se eliminaran. Es que gracias en buena parte a los medios de comunicación que buscan aprovechar al máximo con sensacionalismo sensiblero toda «catástrofe» que sea fácilmente comprensible, exaltando las cualidades de los muertos para después proceder enseguida a entrevistarse con sus deudos, presionándolos con la esperanza de conseguir una reacción fotogénica conmovedora o, mejor, polémica, se ha conformado un clima de opinión según el cual todo riesgo es intolerable y en consecuencia debería suspenderse el programa espacial hasta que apenas exista la posibilidad de una desgracia. Aunque la meticulosidad así supuesta es admirable, no condice en absoluto con el «espíritu de aventura» que a juicio de los comprometidos debería caracterizar la exploración del espacio, empresa ésta que se ha visto virtualmente frenada no tanto por los costos materiales, cuanto por la resistencia de los norteamericanos a permitirles a sus compatriotas arriesgarse demasiado, rasgo que ha incidido en sus doctrinas militares, en las campañas legales contra las empresas tabacaleras, en todo lo vinculado con la salud a causa del miedo de los médicos y hospitales a ser blancos de juicios multimillonarios y en muchos otros ámbitos.

Asimismo, no obstante los «costos humanos» ocasionados por este siniestro, la cantidad de muertos achacables a los programas espaciales de Estados Unidos, Rusia y otros países sigue siendo asombrosamente reducida: la voluntad de tantos de insistir en que los riesgos son excesivos nos dice mucho sobre la mentalidad de nuestros contemporáneos, que parecen llamativamente menos dispuestos que nuestros antepasados a sacrificarse por alcanzar objetivos ambiciosos.

Además de intentar hacer del accidente del Columbia una «tragedia» de proporciones épicas y, por el consumo popular, un gran «drama humano», algunos han procurado politizarlo, atribuyéndolo a la «arrogancia» norteamericana y hablando de la ola de «pesimismo» que a su entender se ha abatido sobre un país ya en crisis. Incluso se ha llegado al extremo de equiparar su impacto con aquel de los atentados terroristas del 11 de setiembre del 2001, lo que es absurdo. Por cierto, de ser Estados Unidos de la clase de país que se dejaría desanimar por mucho tiempo por la pérdida de un transbordador espacial con siete tripulantes, la superpotencia de nuestra época sería totalmente incapaz de hacer frente a los desafíos múltiples que sin duda alguna le esperan en los años próximos.


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