LA SEMANA EN SAN MARTÍN DE LOS ANDES: Cartelitos

Redacción

Por Redacción

No es el mejor momento para hacer elucubraciones sobre el destino del planeta, de modo que a los parroquianos les basta con hablar de San Martín de los Andes, en la sospecha de que les queda más a mano.

Uno de ellos se muestra inquieto por las proyecciones turísticas. Arriesga que, últimamente, la ocupación de verano no es satisfactoria. Otro le corrige: gente hay, muchísima. En enero, sobre todo, pero el gasto es poco y se nota…

Otro recuerda que a febrero lo vienen «salvando» los chilenos, a pesar de que en este próximo verano los vamos a recibir con gasoil a precio de ignominia.

Acto seguido, los habituales del café se enfrascan en especulaciones sobre el asunto. Que la accesibilidad, que la relación entre precios y servicios, que la competencia entre destinos que no saben diferenciar productos, que la oferta estancada en dos y tres estrellas…

Desde otra mesa, un señor alza la vista del diario y dice: «yo le empezaría a prestar más atención a los cartelitos». Y vuelve a su diario, sin esperar por respuestas. La frase es recibida con sonrisas, que disimulan la confusión tanto como aventuran que el otro está chalado…

Más tarde dejé el boliche con la frase entre las sienes. Y busqué «cartelitos», aunque no sabía si aquella era un sugerencia literal o una enigmática alegoría. Me incliné, a medias, por la segunda opción.

Y entonces encontré carteles de madera sobre avenida San Martín, ausentes desde hace años, allí donde debería decir el nombre de las calles. En algunos casos está el poste y la tabla partida al medio; carteles que señalan las rampas para personas de movilidad reducida, también ausentes desde hace mucho. Averigüé que durante la Convertibilidad, el municipio los mandaba a hacer a un artesano que cobraba 10 pesos por cada uno. Cestos de basura en plástico verde, tentadores para que los perros los den vuelta con todo y contenido. Y es lo que hacen cada mañana. Supe que los donó Roemers hace más de una década. Edificios públicos y comercios que añoran pintura o barniz; el reloj del Centro Cívico, que desde la desmemoria no funciona; la fuente de la plaza Sarmiento, que nunca fue linda, pobrecita, pero que al menos supo tener unos chorritos que le nacían a los lados y se alineaban en graciosa coincidencia con el principal, único que subsiste. El césped sin cortar en céntricas veredas (¿no hay una bordeadora para las aceras de la parroquia?); las esculturas callejeras en madera tiradas por años, que por fortuna ahora están siendo restauradas.

Se ha hecho mucha obra y se han arreglado muchas cosas, para ser justos. Pero con el tiempo se han desarreglado muchas otras, que coexisten en contraste con la explosión de modernas construcciones. La mayoría de «pequeños» desquicios se suceden desde hace varios gobiernos municipales. Por cierto, no deben ser achacados sólo al estado, pues para dar una buena mano de pintura o cortar el pasto no se necesita llenar una tediosa forma burocrática…

Según encuestas, la ciudad es un bien en sí mismo para el turista, que atesora su belleza y cuidado. Sería estúpido languidecer perdiendo esa ventaja, tan elemental y a la vez tan diferenciadora.

Los problemas del negocio turístico son complejos. Mientras se ensayan sesudos planes para enfrentarlos, convendría no descuidar aquellas acciones simples y fáciles, que apenas exigen voluntad y organización.

Es cuestión de mirar los cartelitos…


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