La solidaridad no basta
Lo mismo que tantos otros informes que han producido instituciones eclesiásticas en el transcurso de las últimas décadas acerca de la pobreza, el más reciente, obra del Observatorio de la Deuda Social Argentina de la Universidad Católica Argentina, atribuye la persistencia del fenómeno a “la exclusión”, como si una parte de la sociedad estuviera resuelta a mantener hundidos en la miseria a muchos millones de familias. Tratar a los pobres como víctimas pasivas de la malignidad ajena –del gobierno de turno, de sus adversarios o, desde luego, del capitalismo siempre “salvaje”– ya es tradicional, acaso porque a virtualmente todos les permite echar la culpa a otros, pero las reiteradas “denuncias” en tal sentido sólo sirven para confundir. Con la eventual excepción de algunos religiosos de ideas muy anticuadas, nadie reivindica la pobreza. Por cierto, no hay ningún partido político que la crea buena. Aunque abundan los dispuestos a aprovecharla, es de suponer que hasta los “luchadores sociales” y punteros políticos más cínicos serían reacios a lamentar su eventual desaparición. En cuanto a los ricos, por razones evidentes todos salvo los vinculados con el crimen organizado preferirían vivir en un país próspero sin grandes bolsones de pobreza extrema. Como recalcan los autores del informe de la UCA, en la actualidad hay menos pobres que en el 2003, cuando el índice correspondiente alcanzaba el 50,9% de la población, pero en comparación con la situación existente en los años noventa del siglo pasado, antes de la gran crisis, muy poco ha cambiado a pesar del crecimiento macroeconómico. Que éste sea el caso no debería motivar extrañeza. La economía argentina sigue caracterizada por un nivel de productividad que es bajísimo. El motor del crecimiento es el campo, que aporta mucho dinero al gobierno que lo usa para financiar subsidios pero, fuera del sector público, la política de redistribución del ingreso favorecida por los kirchneristas no ha fomentado la creación de muchos puestos de trabajo estables. He aquí una de las claves del problema: en todas las sociedades modernas, el sector privado, en especial el conformado por las pymes, constituye el generador principal de empleos, pero en la Argentina carece de prestigio. A veces, parecería que el gobierno nacional, los provinciales y las intendencias municipales están más interesados en asfixiar la iniciativa privada que en estimularla creando condiciones en que podría florecer. Se tratará de su forma de luchar contra el capitalismo liberal que acusan de fabricar pobres, aunque es la única modalidad económica que ha permitido que quienes de otra manera permanecerían en la pobreza ancestral hayan logrado integrarse a la cada vez mayor clase media internacional. Además de la hostilidad que tantos, comenzando con los políticos y sus mentores intelectuales, sienten por el capitalismo, contribuye a conservar un statu quo que todos dicen es intolerable la actitud de aquellos personajes que, en nombre de la solidaridad, tratan a los pobres como si fueran víctimas inocentes del egoísmo de los relativamente acomodados. Con su prédica, hacen un aporte enorme a la cultura fatalista de la pobreza que se ha difundido entre el millón, casi, de jóvenes que no estudian ni trabajan por suponer que no les valdría la pena hacerlo en un mundo que, suponen, ha decidido “excluirlos”. Puede que sea legítimo condenar a “la sociedad” por haberlos convencido de que no les serviría para nada el esfuerzo personal, pero encabezan la lista de los responsables de propagar el mensaje deprimente así supuesto quienes dan a entender que la Argentina seguirá siendo incapaz de brindarles motivos de esperanza a menos que experimente un muy poco probable cambio socioeconómico y político que la transforme en un país radicalmente distinto de todos los existentes. Tal postura difícilmente podría ser más perversa. Al fin y al cabo, en diversas partes del mundo, una proporción sustancial de los que nacieron en la pobreza extrema ha logrado salir de ella. Si los miembros de nuestra elite política e intelectual, incluyendo a los clérigos católicos, se dignaran a aprender algo de la experiencia de países como China, la India, Chile y muchos otros, lo mismo podría suceder aquí, pero parecería que, por sus propias razones, la mayoría se resiste a intentarlo.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Lunes 30 de diciembre de 2013
Lo mismo que tantos otros informes que han producido instituciones eclesiásticas en el transcurso de las últimas décadas acerca de la pobreza, el más reciente, obra del Observatorio de la Deuda Social Argentina de la Universidad Católica Argentina, atribuye la persistencia del fenómeno a “la exclusión”, como si una parte de la sociedad estuviera resuelta a mantener hundidos en la miseria a muchos millones de familias. Tratar a los pobres como víctimas pasivas de la malignidad ajena –del gobierno de turno, de sus adversarios o, desde luego, del capitalismo siempre “salvaje”– ya es tradicional, acaso porque a virtualmente todos les permite echar la culpa a otros, pero las reiteradas “denuncias” en tal sentido sólo sirven para confundir. Con la eventual excepción de algunos religiosos de ideas muy anticuadas, nadie reivindica la pobreza. Por cierto, no hay ningún partido político que la crea buena. Aunque abundan los dispuestos a aprovecharla, es de suponer que hasta los “luchadores sociales” y punteros políticos más cínicos serían reacios a lamentar su eventual desaparición. En cuanto a los ricos, por razones evidentes todos salvo los vinculados con el crimen organizado preferirían vivir en un país próspero sin grandes bolsones de pobreza extrema. Como recalcan los autores del informe de la UCA, en la actualidad hay menos pobres que en el 2003, cuando el índice correspondiente alcanzaba el 50,9% de la población, pero en comparación con la situación existente en los años noventa del siglo pasado, antes de la gran crisis, muy poco ha cambiado a pesar del crecimiento macroeconómico. Que éste sea el caso no debería motivar extrañeza. La economía argentina sigue caracterizada por un nivel de productividad que es bajísimo. El motor del crecimiento es el campo, que aporta mucho dinero al gobierno que lo usa para financiar subsidios pero, fuera del sector público, la política de redistribución del ingreso favorecida por los kirchneristas no ha fomentado la creación de muchos puestos de trabajo estables. He aquí una de las claves del problema: en todas las sociedades modernas, el sector privado, en especial el conformado por las pymes, constituye el generador principal de empleos, pero en la Argentina carece de prestigio. A veces, parecería que el gobierno nacional, los provinciales y las intendencias municipales están más interesados en asfixiar la iniciativa privada que en estimularla creando condiciones en que podría florecer. Se tratará de su forma de luchar contra el capitalismo liberal que acusan de fabricar pobres, aunque es la única modalidad económica que ha permitido que quienes de otra manera permanecerían en la pobreza ancestral hayan logrado integrarse a la cada vez mayor clase media internacional. Además de la hostilidad que tantos, comenzando con los políticos y sus mentores intelectuales, sienten por el capitalismo, contribuye a conservar un statu quo que todos dicen es intolerable la actitud de aquellos personajes que, en nombre de la solidaridad, tratan a los pobres como si fueran víctimas inocentes del egoísmo de los relativamente acomodados. Con su prédica, hacen un aporte enorme a la cultura fatalista de la pobreza que se ha difundido entre el millón, casi, de jóvenes que no estudian ni trabajan por suponer que no les valdría la pena hacerlo en un mundo que, suponen, ha decidido “excluirlos”. Puede que sea legítimo condenar a “la sociedad” por haberlos convencido de que no les serviría para nada el esfuerzo personal, pero encabezan la lista de los responsables de propagar el mensaje deprimente así supuesto quienes dan a entender que la Argentina seguirá siendo incapaz de brindarles motivos de esperanza a menos que experimente un muy poco probable cambio socioeconómico y político que la transforme en un país radicalmente distinto de todos los existentes. Tal postura difícilmente podría ser más perversa. Al fin y al cabo, en diversas partes del mundo, una proporción sustancial de los que nacieron en la pobreza extrema ha logrado salir de ella. Si los miembros de nuestra elite política e intelectual, incluyendo a los clérigos católicos, se dignaran a aprender algo de la experiencia de países como China, la India, Chile y muchos otros, lo mismo podría suceder aquí, pero parecería que, por sus propias razones, la mayoría se resiste a intentarlo.
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