La tecnología en la globalización
por HECTOR CIAPUSCIO,
Especial para «Río Negro»
Los que acostumbran revisar los diarios importantes por Internet reconocen en seguida en «The New York Times» un rostro con bigotazos proyectando la vera efigie de Thomas Friedman, columnista y escritor tan influyente en los círculos de poder político de su país como para que algunos lo consideren «el publicista de las ideas neoliberales más poderoso de nuestros días». Inquieto, viajero por todas partes donde es crítico algún asunto de la política internacional, Friedman también publica libros (es tres veces ganador del Pulitzer) que profundizan sus opiniones periodísticas y despiertan vivas adhesiones o rechazos acerbos, según la ideología del analista. A veces llevan títulos raros como el «El Lexus y el Arbol de Olivo» (significando las fuerzas de la globalización frente a las de identidad cultural) y como el reciente «El mundo es plano», una metáfora también curiosa sobre su idea de que el planeta ya no es redondo como reveló el viaje de Magallanes sino raso, nivelado económicamente por la globalización. El subtítulo es «Una breve historia del siglo XXI».
Se ha dicho que la idea de la globalización no vive en nadie más vigorosamente que en Thomas Friedman. El sostiene, además, que ella es compatible con un único sistema económico, el capitalismo, y que éste según su despliegue habilita al mundo para dejar atrás la guerra, la tiranía y la pobreza. Es un misionero apasionado de esta fe aunque con un matiz especial dentro del dogma: el lugar de causa eficiente que asigna a la tecnología frente a los que asignan ese lugar a la desregulación de los mercados. Friedman asegura paladinamente su convicción de que la tecnología es el factor que impulsa el desarrollo económico para que la economía a su vez configure a la sociedad. El avance de la tecnología y la consiguiente prosperidad de las sociedades hacen que la política y la cultura se conviertan en fenómenos secundarios. Cuando le formulan la escabrosa pregunta de si él es un determinista tecnológico, responde sin ambages: «Esta es una pregunta legítima, permítame contestarla directamente: Soy un determinista tecnológico. Si me acusan de eso me declaro culpable».
Y así, en su nuevo libro explica la globalización en tres etapas históricas. La primera, desde 1492 al 1800, se dio con la apertura del Nuevo Mundo al comercio conducida por la expansión técnica y militar de países europeos. La segunda, del 1800 al 2000, se produjo por la integración global dirigida por empresas multinacionales, la máquina de vapor y los ferrocarriles. Y estamos en la tercera, en la cual los individuos son la fuerza impulsora y la tecnología definitoria es una red mundial de fibra óptica que configura una plataforma para múltiples modos de compartir conocimiento y trabajo sin consideraciones de tiempo, espacio, geografía y, crecientemente, idioma. En cada una de esas fases, dice, la tecnología es la fuerza conductora: la globalización es un subproducto del desarrollo tecnológico.
A una posición como la de este escritor no le faltan críticos que lo acusan de inocente o fanático. Reconocen que la idea de determinismo tecnológico tiene una parte de verdad pero anotan que sugiere una visión equivocada de la historia. Ignora, por ejemplo, la gravitación persistente de factores como la religión y el nacionalismo, dramáticamente operantes en regiones críticas del mundo y en problemas vitales como el energético y el ambiental. Aceptando que la tecnología es desde hace un siglo y medio un factor más dinámico que los otros en el cambio social, es indiscutible que no lo ha sido siempre y que nadie puede asegurar, sin caer en fantasía, que siga siéndolo en lo futuro.
Una visión que ordena las cosas desde una fuerte solvencia intelectual es la que expresa Anthony Giddens, el sociólogo de la London School of Economics que surgió a la fama internacional a principios de los '90 como creador de la teoría política de la Tercera Vía y que, en una posición que denomina «cosmopolita» (quiere decir humanista e integrativa) respecto de la globalización, coincide en parte con la de Friedman en cuanto a la importancia del fenómeno tecnológico, aunque referido específicamente a las comunicaciones. Este autor ha analizado paso a paso el proceso de la globalización desde sus principios en los '80 identificando dos posiciones opuestas: la de los «escépticos» que sostienen entre otras cosas que es un mito, que no es nada nuevo porque hubo varias etapas similares en la historia, y la de los «hiperglobalizadores» que proclaman que está cambiando y cambiará todo -Estado, economía, instituciones-. Y, pronunciándose más cercano a estos últimos que a los «escépticos», Giddens insiste en que los «hiperglobalizadores» caen, sin embargo, en un error básico al asignar a la economía la exclusividad o la primacía en la impulsión de los cambios. El mercado económico es por cierto uno de los agentes activos, pero la globalización no es primordialmente económica, se refiere a un conjunto de cambios, no a una sola dimensión de ellos. Muchos son sociales, culturales y políticos antes que económicos y el impulsor fundamental, separable del mercado global, es la revolución en las comunicaciones. La URSS cayó porque no pudo competir en eso. La televisión jugó un papel esencial en las revoluciones de Europa Oriental. Giddens pone fecha a la aparición de la «nueva era» a finales de los '60, cuando se lanzó al espacio el primer satélite que hizo posible la comunicación instantánea en todo el mundo. «Una vez que existe una red de satélites instalada la comunicación instantánea global es posible y esto determina un cambio total en la sociedad y en nuestras vidas». La globalización trata del cambio en la influencia del tiempo y el espacio en nuestras vidas. Todo es nuevo. Somos, dice, los primeros ciudadanos de la «era global». La globalización ha venido para quedarse y tendremos que convivir con ella. Pero lo esencial de la globalización no lo constituyen las multinacionales, las corporaciones petroleras ni las políticas expansivas de la administración Bush, sino que su esencialidad viene definida por la «revolución de las comunicaciones» y por eso es algo irreversible.
La pregunta más importante para Giddens en este tema se refiere a las iniquidades. Así, cerró una de sus Conferencias Reid en Londres, luego de destacar los beneficios de la globalización, expresando: «El asunto clave para nosotros son las iniquidades globales, es tratar de hacer que los procesos estén bajo nuestro control y sean enfocados hacia las necesidades humanas. Esto es algo que podemos lograr».
por HECTOR CIAPUSCIO,
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