La travesía del temido mar de Drake, ruta inevitable hacia la Antártida

Por Vitoria Vélez, de agencia AFP



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MEDIOAMBIENTE

Furiosas olas de 10 metros, vientos helados y huracanados: estamos en pleno mar de Drake, entre Tierra del Fuego y la Antártida, una de las rutas de navegación más temidas y peligrosas del mundo, camino obligado para llegar al continente helado.

Luego de 43 interminables horas en un mar indómito, que marea hasta a los marineros más experimentados, los tripulantes y periodistas a bordo del “Ary Rongel”, el barco de apoyo oceanográfico de la Marina brasileña, reciben su recompensa.

Está cayendo la noche y, bajo un cielo aún claro, imponentes montañas cubiertas de nieve y macizos glaciares azules despuntan en el horizonte, revelando los primeros contornos de la isla Rey Jorge, en el archipiélago de las Shetlands del Sur, donde está ubicada la base brasileña.

“Es una emoción muy grande. El paisaje es fantástico, se respira un aire muy puro, vemos animales diferentes, como pingüinos y focas. Y es fantástico, gratificante. Eso compensa la nostalgia de la familia, y la travesía”, dice a la AFP el primer sargento Adilson Pinheiro, que lleva 25 años en la Marina.

El barco transporta personal, carga y provisiones para la Estación Comandante Ferraz, que concentra los esfuerzos científicos del Programa Antártico Brasileño.

La base, inaugurada en 1984, está instalada actualmente en módulos de emergencia hasta que el gobierno construya un nuevo edificio tras un incendio que destruyó totalmente la estación y dejó dos muertos, en febrero de 2012.

El mar de Drake, con unos 1.000 km2 de extensión, corresponde a tres cuartos del viaje desde la ciudad chilena de Punta Arenas hasta la Antártida.

“La travesía del Drake es temida porque es uno de los peores mares del mundo, si no es el peor. De oeste a este, recibe muchos vientos, muchos frentes fríos, sin barreras físicas para interrumpir las olas que en el verano (como actualmente) pueden llegar a ocho o 10 metros. Pero buenos mares nunca forjaron buenos marineros”, explica el capitán teniente Ricardo Magalhães, de 31 años, especialista en navegación y con 14 años de servicio en la Marina.

Fue justamente su homónimo, el portugués Fernando de Magalhaes, el primero en realizar esta hazaña en 1520, completando la travesía entre el Atlántico y el Pacífico, financiado por la corona española que buscaba una nueva ruta comercial.

Después de muchas noches de mal sueño, comprimidos contra las náuseas y varios objetos quebrados en el vaivén constante del navío, una bandada de petreles del Cabo dan la bienvenida a los boquiabiertos pasajeros del “Ary Rongel”.

El trayecto marítimo desde la Patagonia chilena hasta la Antártida, que lleva cuatro días, revela una naturaleza bella y hostil.

Al inicio, las aguas son tranquilas. El navío pasa por el Estrecho de Magallanes y avanza más al sur por los canales chilenos, un trayecto de unos 600 km que demora 30 horas en ser recorrido.

Este corredor es conocido también como Avenida de los Glaciares (o “ventisqueros”, como prefieren los chilenos), debido a las enormes masas de hielo que, a pesar del derretimiento, aún se acumulan en las montañas en el final de este verano austral.

De allí, el “Ary Rongel” sigue por el pasaje Richmond hasta llegar al mar de Drake, que marca el encuentro entre los océanos Atlántico y Pacífico.

El día a día a bordo del “Ary Rongel”, cariñosamente apodado “Gigante Rojo” por sus tripulantes, es marcado por la rutina militar. El día comienza al alba, a las 07H00, seguido de la primera de las cuatro comidas diarias, siempre en horarios fijos.

Los comunicados, actividades e informaciones como la temperatura y cuánto tiempo puede soportar con vida un ser humano en el mar en caso de caerse del navío, son transmitidos por el sistema de audio.

Hay 82 tripulantes, todos militares, con funciones diversas, de cocinero a buzo, de piloto a mecánico, de capellán a comandante. El equipo a bordo se completa con 23 civiles -científicos, periodistas- en este barco con capacidad para 105 personas.

En cada misión logística de apoyo al programa en la Antártida, los militares permanecen a bordo del navío de octubre a abril, y suelen hacer cinco viajes a la Antártida en este periodo.

Además del “Ary Rongel”, el navío “Almirante Maximiano”, también de la Marina brasileña, ofrece apoyo logístico a las investigaciones realizadas en la base brasileña u otros puntos de la Antártida, llevando provisiones y equipos y trayendo de vuelta la basura producida.

Aviones Hércules C130, de la Fuerza Aérea Brasileña, también prestan apoyo logístico con vuelos programados saliendo y llegando a la base de Frei, de Chile, dotada de una pista de aterrizaje de la que carece la estación brasileña.

AFP


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