La tregua de Navidad
Federico Lorenz – @FedeLorenzyClio (Especial para Río Negro)
El 24 de diciembre de 1914, durante uno de los inviernos más crudos de los que se tenía memoria en Europa, en algunos sectores del Frente Occidental se dio un espectáculo inusitado. Se ha escrito mucho sobre él, y seguramente varias de las historias que se recuerdan en torno a la tregua de Navidad son el fruto de la exageración y los deseos. Pero lo cierto es que el día de Nochebuena, soldados alemanes, británicos y en menor cantidad franceses confraternizaron en la tierra de nadie, el espacio yermo entre las trincheras de ambos bandos. Lo hicieron a espaldas de sus superiores, pero con la autorización de sus comandantes directos, y en algunos casos se prolongó durante varias semanas. Hay registros epistolares de que soldados alemanes ganaron un partido de fútbol contra los ingleses 3 a 2 (la UEFA lo recreó en el 2014, centenario de la guerra, y aparece en el video “Pipas de la Paz”, de Paul McCartney, de 1983). Los combatientes colocaron árboles de Navidad sobre los parapetos, cantaron villancicos y se pusieron de acuerdo para enterrar a los muertos tirados entre las posiciones. En algunos casos, hubo funerales conjuntos, presididos por el capellán de alguna de las unidades. Leyeron textos que todos conocían, como el Salmo 23 (“Jehová es mi pastor, nada me faltará…”). Fue, si se quiere, uno de los últimos gestos de la ingenuidad que la guerra sepultó. Según Eric Hobsbawm, el origen de la barbarie que vivimos hoy se sitúa allí, en la guerra de 1914. Esto, claro, desde la perspectiva occidental. Porque la novedad del conflicto fue, además de la escala de la matanza y la esterilidad de los sacrificios, que los europeos se hacían entre ellos lo que antes habían aplicado sin piedad sobre pueblos que consideraban inferiores, como los herero en las colonias alemanas o las mujeres boers confinadas por los británicos. Pero los hombres que participaron de la tregua, más que probablemente, estaban lejos de esas cuestiones y más bien preocupados por el terreno helado, por el frío de ese día y por lo lejos que estaban de sus casas en un día tan especial. Acaso rogaban que a los fritzies, o a los tommies, según cuadrara, no se les ocurriera alguna incursión o bombardeo. Hay varias fotografías del episodio. Tengo dos ante mí, ahora mismo. En la primera, que fue portada del “Daily Mirror”, una fila de soldados de ambos bandos posa para la cámara sin armas a la vista. Están abrigados con ropa incómoda, sin la practicidad de las vestimentas que vemos en películas sobre guerras posteriores. Algunos tienen bufandas, un cigarrillo en la boca, la barba crecida. Miran hacia nosotros sonrientes y tranquilos. Pero hay algo ominoso en la fotografía, y tiene que ver con sus miradas: a pesar de las sonrisas, sus ojos dicen que han visto de cerca la muerte y que, si el tiempo se lo permite, aprenderán a convivir con ella. En la segunda, uno de los participantes parece indignado: “Por qué te metés en este momento de felicidad” –dice–, “por qué tengo que estar aquí”. Hoy le decimos Primera Guerra Mundial, pero en aquel entonces sólo era la Gran Guerra e iba a terminar en Navidad (nosotros también tuvimos una “guerra grande”, en la que el Paraguay fue devastado). Nadie sabía que iba a durar casi cuatro años más y que, cuando se firmara el armisticio, los ejércitos iban a estar clavados en las mismas posiciones. Ni los gases venenosos ni los tanques de guerra existían aún. Tampoco los cascos de acero, necesarios para protegerse de la metralla fabricada y arrojada a escala industrial. Ese diciembre los franceses todavía usaban sus llamativos uniformes rojos y azules: eran blancos ambulantes para la precisión de las modernas armas alemanas. La tregua de Navidad, a la escala que tuvo en 1914, solo fue posible en el primer año del conflicto: después las amarguras, los muertos y las privaciones fueron demasiados. Hubo más odio, seguramente, pero también se había consolidado el acostumbramiento a la matanza. El escritor Robert Graves, veterano herido en la Gran Guerra (lo dieron por muerto en 1916, durante la ofensiva del Somme), escribió un cuento sobre el episodio en el que expresó ese descenso humanitario. En “La tregua de Navidad”, el viejo Trampas, que perdió un pie en el bosque Delville (donde Graves fue malherido), discute con su nieto Stan, que le ha pedido que participe de una manifestación antinuclear. Cuando le dice que esas cosas no sirven para nada, el joven le contesta recordándole su participación en la tregua. Pero el anciano le responde que hubo dos: la primera, marcada por la concordia, y la segunda, en la que ya había rencores: soldados que habían perdido amigos o hermanos, el hastío y la frustración… Cuánto de eso se habrá acumulado culturalmente desde entonces, a lo largo del siglo violento y de derrota de las utopías. Y, sin embargo, qué valiosos que son episodios efímeros como el de la tregua de Navidad de 1914, para marcar la diferencia y la posibilidad. (*) Historiador y escritor
Opiniones
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora