La vejez y la felicidad
Por Héctor Ciapuscio
Una vez le preguntaron a Borges, pasados sus 80, qué pensaba de la vejez. Contestó que la vejez era para él una forma de soledad; sus contemporáneos estaban en la Recoleta o en la Chacarita. Tenía que poblar su soledad, y para eso trataba de no pensar en el pasado, se esforzaba en pensar en el porvenir, en nuevos proyectos literarios o, en todo caso, recordando versos, o prosas, o cuentos. Al presente estar, si bien no cerca de la felicidad, muchas veces cerca de la serenidad, lo cual es más importante. A su edad cada uno conoce sus límites. No sabe qué puede hacer, pero sabe qué no puede hacer. El, por caso, no intentaría esfuerzos ciertamente impropios como escribir una novela, o enamorarse.
Aunque el interrogado no lo dijera, algo peor le habría sugerido -digamos nosotros- la evocación de Schopenhauer, su filósofo favorito, afirmando que la vejez, que es extinción de pasiones y deseos, está dominada por el temor. Por eso los espíritus sensatos aspiran, más que a vivos goces, a una ausencia de penas. Refería: «En los años de mi juventud, un campanillazo en mi puerta me llenaba de júbilo, porque pensaba: «¡Bueno! Va a suceder alguna cosa». Más tarde, maduro por la vida, ese mismo ruido me despierta un sentimiento próximo al espanto, y digo para mis adentros: «¡Ay! ¿Qué sucederá?»…
Es bueno señalar que no hay sobre este problema nada que no hayan dicho los clásicos. Lo prueba el hecho de que Platón inspiró con el tema en «La República» la obra de Cicerón «De Senectute», y ésta prestó su título al libro de un contemporáneo nuestro, Norberto Bobbio. Corresponde a la propia naturaleza humana. Estas respuestas son muy parecidas a las que le dio a Sócrates, en ese libro de Platón, el rico comerciante Céfalo.
Este diálogo sobre la vejez y la felicidad se abre con la llegada del filósofo a la casa del comerciante. Sócrates le pregunta si ahora, en «el umbral de la vejez», considera o no a ésta un período desgraciado de la vida. Céfalo le cuenta que acostumbra reunirse con los de su edad (porque, según el proverbio, «a los pájaros del mismo plumaje les gusta estar juntos») y generalmente sus amigos se van en lamentos, recuerdan con tristeza los placeres del amor, de la bebida, de la mesa, y se quejan de los males que la edad les depara diariamente. Se conduelen de hallarse privados de tan preciosos bienes, como si la vida que antes llevaban hubiese sido totalmente feliz y en la actualidad ya no vivieran. Pero él opina que esos males no son culpa de la vejez. Recuerda que una vez le preguntaron a Sófocles, de casi noventa años, si todavía era capaz de disfrutar los placeres del amor, y el poeta les respondió que sentía la mayor satisfacción de haberse librado de él, «como quien sacude el yugo de un amo apasionado y brutal». Céfalo coincide. La vejez es un estado de reposo y de libertad de los sentidos. Cuando las pasiones se aflojan, uno queda libre de múltiples y furiosos tiranos. Fíjate Sócrates, le dice: la verdad es que respecto a estas quejas de los viejos, no es en la vejez que debemos buscar la causa, sino en el carácter. Con costumbres apacibles y tranquilas, uno encuentra llevadera la extrema edad.
Entonces se desarrolla la otra parte del argumento. Como era su método, Sócrates lo aprieta con más preguntas. Estoy seguro, le dice, de que la mayoría de los hombres objetará que no es tu carácter el que te da esa serenidad de que gozas, sino tu gran fortuna; para los ricos, dicen los otros, hay muchos consuelos. Cierto es -contesta el anciano- que ellos no aceptan mis razones. Pero, si bien hay algo de verdad en lo que dicen, viene a cuento lo que una vez le respondió Temístocles, el general ateniense, a alguien de Sérifo que lo insultaba diciéndole que no era famoso por sus propios méritos sino por su patria de origen. «Verdad es, repuso, que si yo fuese de Sérifo no sería renombrado; pero tú no lo serías más aunque hubieses nacido en Atenas». Estas palabras, piensa, pueden aplicarse a los ancianos que, sin fortuna, soportan trabajosamente la vejez: ni el hombre virtuoso puede sobrellevarla fácilmente, dentro de la pobreza, ni el no virtuoso puede estar contento con ella, aunque tenga riquezas. Y, finalmente, la pregunta del millón por parte del filósofo: ¿Cuál es la mayor ventaja que procura una gran fortuna? Algo, responde Céfalo, bien importante: que el hombre en los finales de su vida no sienta demasiado temor por el más allá. La posesión de riqueza ayuda a complacer a los dioses con los debidos ritos, ayuda al virtuoso a no tener que hacer mal a nadie, a no engañar involuntariamente y a no mentir. Y el que nada tiene para reprocharse abriga siempre, con respecto al más allá y su amenaza, esa dulce «nodriza de la vejez» que es la esperanza: salir de este mundo y entrar al otro con tranquilidad y sin demasiado temor.
Estas eran las opiniones de aquel anciano feliz del diálogo platónico. Como una antistrofa de desesperanza, aparecía el cuadro que expresaban en el Coro de «Los Acarnianos» de Aristófanes, contemporáneo de Sócrates y de Platón, un grupo de veteranos de la guerra que lamentaban amargamente sus años, sus olvidados servicios a la patria y «la manera como los viejos son tratados estos días».
Es algo, lo último, que tiene parangón en nuestro tiempo. En el capítulo «La vejez ofendida» de su reciente libro sobre la senectud, el filósofo italiano Norberto Bobbio se duele de la marginación y consecuente desdicha actual de los ancianos por fuerza del cambio cultural acelerado. Y, ¿qué agregar?… Que más tenemos para dolernos nosotros, los argentinos del nuevo milenio, que les estamos dejando a nuestros viejos -con un país saqueado hasta en sus reservas previsionales- un futuro oscuro para todos y, peor aún, para ellos materialmente incierto.
Comentarios