La vida de Corte
Por Osvaldo Alvarez Guerrero
Las monarquías tienen un inefable estilo común, propio de los aires cortesanos en los que se desenvuelven. Como su soberanía no depende de la voluntad popular, y el origen que invocan es divino, el poder y la autoridad que ejercen es indiferente a la decisión y los gustos de la plebe. La corte (un espacio físico y psicológico, en el que se tramita la gestión de gobierno, con sus jerarquías de mando, respeto, temor e hipocresía) tiene sus secretos símbolos de poder, ocultos hábitos y escenarios, que se trasladan, frecuentemente, a los gobiernos republicanos.
Ocurre que la vida política no tiene perfecciones geométricas y que aun sus tipos teóricos clásicos (democracia, aristocracia, monarquía) carecen de aquella abstracta pureza. En realidad, las formas y métodos del ejercicio del poder, aun en las repúblicas más democráticas y populares, asumen a menudo algunos caracteres de la vida de la corte del «antiguo régimen».
La cotidianidad palaciega, con sus despachos alfombrados, los ambientes lujosos, la solemnidad de los escritorios y los sillones, el silencio de las salas de espera, induce a la vida encerrada y secreta. Se rige por sutiles códigos de comunicación interna, sobreentendidos, metáforas, minigestos sólo comprensibles para quienes en ella conviven. En eso se parece a la vida monacal o cuartelera. Con una notable diferencia: en la Corte Real o en los entornos gubernamentales contemporáneos esos signos tienen consecuencias en el conjunto de un pueblo autocráticamente conducido. Su causalidad y su transmisión a la sociedad no puede ser apreciada por los gobernados, que ya no son ciudadanos sino súbditos.
«La vida de la corte es un juego serio y melancólico: es necesario arreglar sus piezas y sus baterías, conocer su mapa, aparearse al adversario, asumir lo azaroso de su condición, y jugar al capricho… Quien descubre que la mirada del príncipe hace toda la felicidad del cortesano, quien se ha ocupado durante toda su vida de mirar y ser mirado por él, comprenderá un poco cómo Dios puede hacer toda la gloria y toda la felicidad de los santos», decía La Bruyere a fines del siglo XVII, el escritor aristócrata que conocía al dedillo la guía de los salones del poder absolutista.
En las cortes de las monarquías absolutistas, por ejemplo en la Francia del siglo XVII, si el conde de C… no convidaba con rapé al duque de Z…, o si el rey no guiñaba más de una vez a su favorita, o cambiaba de confesor; o si la amante de su majestad no invitaba al marqués de X… a su tertulia, era previsible la inminencia de un cambio en la relación interna de poderes. Quizá una intriga mayor, que impulsaba la eventualidad de una crisis, con implicancias sobre el conjunto de la Nación.
En general, podría afirmarse que esa deformación es propia de la vida de encierro y aislamiento, como la monacal, la académica, o la cuartelera, pero esa sospecha es falsa. En el monasterio y en el cuartel, los efectos del juego perverso de los signos de la sugerencia y los velos de la ocultación sólo ejercen sus efectos sobre los mismos encerrados y son menos trascendentes para el resto de la sociedad.
Una república democrática, debe suponerse, ha de ser transparente. La política de puertas abiertas, la casa de cristal de los funcionarios, es un requisito de la severidad republicana. En ella el secreto, la falta de publicidad respecto de los orígenes, razones y efectos de la gestión de gobierno, debieran constituir una conducta criticable y condenable. Ese mundo de ambigüedades, medias palabras, humores arbitrarios, no debería suplirse con la retórica de la comunicación propagandística dirigida a la población. Se trata, sin embargo, de una suposición meramente doctrinaria. Los «microclimas» y los «entornos», metáforas con que el mundillo político y el periodismo describen a las cortes modernas, reproducen en parte los hábitos de las monarquías de antaño.
Admitamos que ello no se produce sólo en los ámbitos estatales, en estos tiempos en los que el Estado ha reducido drásticamente su intervención en la vida pública, con excepción de la agotadora propaganda sobre sus improbables éxitos. La psicología de la vida de corte parece ser inherente a los lugares donde discurren los hilos del poder, donde sea que éste se encuentre. ¿Quién puede conocer las intrigas de gerentes y secretarias ejecutivas, el idioma de las fiestas y los desayunos de trabajo; las sugerencias de una reunión de directorio; la virtualidad de los celulares telefónicos, desconectados o asombrosamente, a veces, respondidos, y el doble lenguaje de las agendas del jefe en una gran empresa privada que presta servicios públicos a la comunidad? Ni siquiera ha sido elegido, alguna vez, por los mecanismos del sufragio popular, sino por los avatares misteriosos del mercado y la salvaje competencia personal, que no omite zancadillas inescrupulosas. Ese lenguaje elusivo de la vida privadísima de la cúpula de los ejecutivos también registra la arbitrariedad y el exceso. Su compleja simbología no es inocua. ¡Vaya si incide en la vida cotidiana de usuarios obligados de servicios caros o mal prestados!
Un gobernante que se rodea de confidentes debería saber que está demasiado sometido a la traición. A su vez, la incertidumbre provocada por la desconfianza remite entonces a la duda y la indecisión, y genera aún más hermetismo. Las camarillas de groseros obsecuentes que eran tan deleznables en el gobierno anterior han desaparecido. Algunos de ellos están presos o encausados por actos de corrupción. Pero subsisten indicios y rasgos propios de la descripción de la vida palaciega, que tan finamente hacía La Bruyere… Si los privados y confidentes, consejeros, familiares e íntimos ejercen influencias que escapan de las facultades regladas por la ley para distribuir competencias o responsabilidades jurídicas en los organigramas de la administración, se puede pensar que el estilo de corte parece estar demasiado arraigado. Es un parámetro de esa cultura no republicana que tanto ha perturbado al Estado de derecho en la historia de nuestro país.
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