Alejandra Ulehla, la roquense que nació para conquistar las alturas
La primera mujer argentina en coronar las siete cumbres más altas del mundo. Secretos y fortalezas de una vida intensa y extrema.
El día que aprendió a andar en bicicleta pedaleó 12 horas seguidas. Cuando su mamá no la encontraba, andaba trepada por los techos o en los árboles, con las rodillas peladas por algún golpe. Alejandra Ulehla dice que esas escenas la describen bien, y que nunca perdió esa intensidad original. Es la misma energía que la hace entrenar cada día, con obsesión, en las bardas, al borde del desierto patagónico; la misma vehemencia que le hizo decir un día: “quiero subir el Everest” y la que la llevó no sólo a alcanzar esos 8.848 metros, allá arriba, en el techo del mundo, sino escalar otros 34.471 metros más, repartidos entre las zonas más altas y frías de todos los continentes. La misma que hizo que esta cordobesa de nacimiento y roquense por elección sea la primera mujer argentina en coronar las siete cumbres del mundo.
Laly, como le dicen a esta mujer larga y delgada como una vara, lleva en su ADN esa intensidad.
No hay que engañarse. Ahí sentada, con su pañuelo al cuello, un sweater gordo y calentito y el pelo largo y brillante, puede dar una apariencia frágil, pero esta mujer que ahora lidia con los demonios de estar en el llano de la cotidianeidad sabe que se lleva mejor con las alturas, que es una guerrera en situaciones extremas, que puede descansar en una bolsa de dormir, padeciendo el frío intenso que le congela los pies, comiendo poco, subida a niveles de adrenalina tan altos como la montaña misma.
Dicen los montañistas que para ir alto hay que “aclimatarse” primero. Que antes de soñar con el Everest hay que estar despierto en el Aconcagua, y que antes de eso hay que saber qué significa la altura. No es fácil. En su primera escalada, Laly sufrió. Tuvo eso que se llama “mal de altura”. “Es horrible. Te duele la cabeza de una manera espantosa. Había ido a Vallecitos para aclimatar antes de ir al Aconcagua y la pasé mal. Muy mal. Es tanto el dolor de cabeza que empezás a tener pensamientos intrusivos; te sentís perdido, tenés alucinaciones…”, recuerda ella de aquel primer paso, en el 2012.
Pero ese suplicio, para Laly, fue una epifanía. En ese estado de sufrimiento y delirio, el guía que la acompañaba evaluó que lo mejor era bajar. Además, se avecinaba una tormenta muy fuerte. Pero ella no quiso: “Yo no vine acá para bajar, vine para subir”, le dijo al guía. Pese a los riesgos, hicieron cumbre, claro. Y Laly descubrió su verdad: “Cuando bajé, y después de pasar ciertos umbrales de dolor y de sensaciones, sentí que yo sólo quería estar ahí, en la montaña. Que ése es mi hábitat”, dice, pura sonrisa blanca entre la piel tostada todavía por su última hazaña, la del 20 junio, en Denali, Alaska, 6.192 metros por encima del nivel humano del mar.
Laly vivió prácticamente en su hábitat los últimos cinco años de su vida. Desde que sintió el llamado de la montaña, en el 2012, hasta el mes pasado en Alaska, logró completar lo que se denomina las Seven summit, ese desafío que ideó el norteamericano Dick Bass, allá por los 80. Subió y bajó el Aconcagua, el Kilimanjaro, el Elbrús, el McKinley/Denali, el Vinson, la Pirámide de Carstensz y la montaña más temida de todas, el Everest.
No volvió a tener mal de altura. Tuvo desastres peores a su alrededor. Tres veces intentó el monstruo asiático y las dos primeras tuvo que regresar por culpa de una avalancha primero y de un terremoto después. Nada de eso la detuvo. Volvió una vez más, en el 2015, y lo logró.
Laly vio cosas peores a su alrededor. En Delani, la última montaña, el clima se volvió despiadado. “No había buenas ventanas para hacer cumbre. A las 14, el tiempo mejoró y un grupo salió. Pero una tormenta impresionante los hizo abortar la cima y decidieron bajar. Doscientos metros antes de llegar al campamento un chico murió. El grito de su compañero fue desgarrador. El cuerpo quedó ahí, así que cuando salíamos lo veíamos. Sueno fría, pero tenés que adecuar tu alma y tu ojo para no quedar detenido en eso. Y yo creo que todas las cosas pasan para algo: esa noche en la que falleció el chico mucha gente que estaba en el campamento desarmó su expedición para volver a tierra, ellos sintieron que su cumbre era volver a casa, a abrazar a sus familias; nosotros, en cambio, le hicimos el aguante a la montaña. Tuvimos 12 días de tormenta, muy poca comida; no estábamos bien. Pero hicimos cumbre”. Para ella, la séptima, la coronación del proyecto.
Por estos días se va a cumplir un mes de la hazaña. Laly todavía no se aclimató al bajo. La verdad es que no hay tanta literatura ni recomendaciones sobre volver a la realidad diaria, sobre la distancia emocional que existe entre el techo del mundo y la verdulería de la esquina. “Ojalá sintiera esa misma atracción por la montaña que por el llano”, dice ella.
Pero Laly sabe que no vino acá para bajar. Vino para subir.
Lo lleva en su ADN.
“Aprendí a aceptar lo que pase y a seguir; el desapego, la humildad y respeto; que formamos parte de algo muy grande y hermoso, y a vivir intenso”.
Laly, sobre las enseñanzas que le deja la vida en las montañas.
Prejuicios
Conozco mucha gente, muchos compañeros, pero ninguna mujer cuya vida haya quedado plasmada en la montaña. Pero eso es cultural. Un hombre puede decir que su vida es la montaña, pero a una mujer la miran raro. No reniego de las preguntas, de los que dicen:
“Uh, pero cuánto tiempo te vas…” o “Uh, pero dejás a tus hijos y a tu marido…”. Esos mismos prejuicios los tuve yo al comienzo. Pero los fuimos trabajando con mi familia, desde algo natural, porque no hay nada malo y así lo vivimos en casa”.
Subir y bajar
–¿Cómo es el último día antes de empezar la expedición?
–A niveles de familia no lo pienso demasiado. Trato de no conectar con la angustia de dejarlos porque sino no saldría. Y además yo ya estoy en “modo montaña”, que es mi modo. Eso significa tratar de tener un equilibrio en tus emociones, de encontrarlo. Para mí, el día que salgo de Roca ya empezó la expedición. Pero con respecto al último día trato de ser superconsciente de los últimos momentos de confort: de que el último plato de comida sea rico, calentito; disfruto del último baño caliente… Después sé que el próximo mes voy a tener que higienizarme con toallitas húmedas, si es que puedo quitarme algo de ropa, porque tampoco me pongo en riesgo de hipotermia por higienizarme.
Yo sé que mi objetivo es la cumbre.
–¿Y día del regreso?
–Lo que más atrae de volver es ver a los que amo, mi familia. Pero si yo pudiera tocar, abrazar a los que amo, preguntarles cómo están y volver a irme, lo haría.
Talismanes
Para ir a la montaña, hay que ir ligero de equipaje. Sólo hay que llevar lo esencial. En el caso de Laly son dos petates de 25 kilos cada uno, con todos los implementos y la ropa especializada. Pero ahí, entre el abrigo y las sogas y las piquetas, hay algunas cosas especiales: “Una crucecita, un santito de mi madre y dos collares de unos monjes de Nepal que están bendecidos y los llevo conmigo siempre. Los hilos, diría mi hija. Pero son mis hilos…”, dice Laly. Igual, si algo aprendió es el desapego: “En la última expedición me acordé de que no había llevado la crucecita y el santito de mi mamá y me di cuenta de que la energía y la fe también tienen un circuito. Y es un aprendizaje saber que, aunque no los tuviera materialmente, los tenía conmigo. Como la gente que se te cruza todo el tiempo en la cabeza, gente que te la llevás sin querer y te acompaña espiritualmente en la montaña”.
El otro lado
Laly sabe cómo vive ella cada expedición. Pero sabe también que aquí abajo queda gente que piensa en ella.
“Mi mamá seguramente vivió estas siete cumbres con mucho llanto, porque tocaron cosas feas, como avalanchas, terremotos. Pero yo siempre digo que cuando uno se sube a estos bichos el riesgo es muy fuerte. Mi vieja me pide que no le diga mucho, sólo quiere saber lo básico, no quiere detalles: quiere saber si estoy bien o mal.
–¿Y si fuera al revés? ¿Si los que salieran fueran tus hijos? ¿Cómo lo vivirías?
–A mí no me tocó que ni mis hijos ni Guillermo (su marido) hagan esto. Tal vez no me lo bancaría. Pero agradezco ese respeto que ellos sí tienen por mí. Emilia (23 años) y Pablo (15) son dos soles. Ellos tampoco sienten esa curiosidad de saber el detalle. A veces lo saben por algún relato o por una película, como “Everest”. Ahí toman verdadera conciencia. Y yo los resguardo un poco de eso, para qué contar los riesgos. Yo les digo la parte linda, que es mucho más fuerte y pesa más.
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días en la montaña, desde la base hasta la cima, es lo que llevó el ascenso al Everest. Pero, entre el viaje y la previa, son tres meses en total.
Datos
- “Aprendí a aceptar lo que pase y a seguir; el desapego, la humildad y respeto; que formamos parte de algo muy grande y hermoso, y a vivir intenso”.
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La vuelta a casa de la montañista roquense tras hacer cumbre en el Everest
“El descenso sigue todo muy bien. Todo el equipo argentino llegó al campo base, 5100 m, y estiman que entre el 29 y 30 de este mes llegarán al primer pueblo, desde donde en vehículos bajan a Lhasa, capital de Tíbet”.
Esta es la información que desde el círculo familiar de Alejandra “Laly” Ulehla proporcionaron este jueves (26 de mayo) a “Río Negro.
El sherpa de “Laly” contó también que “estoy feliz en bajar la montaña de manera segura con todos los miembros de mi equipo. De los 9 miembros llegaron todos a la cumbre. Gracias a todos, gracias por sus oraciones y estímulos, toda la energía y gracias a todos mis equipos de expedición por toda su cooperación maravillosa”, afirmó.
Y desde el descenso comentó: “Ahora comienza el viaje de casa …”.

El 23 de mayo último, el grupo argentino alcanzó la cumbre del Monte Everest, que con unos 8.840 metros sobre el nivel del mar es el más alto del mundo.
De inmediato la locura, la alegría y la emoción de los cientos de seguidores de “Laly” estallaron en las redes sociales. Su familia, justo a las 2:35 de ese lunes se comunicó con rionegro.com.ar para compartir la noticia. “Todos tenemos una alegría inmensa”, afirmaron.

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