Las Cuarenta, la esquina de las mil historias en la zona rural de Roca

El viejo almacén del barrio La Ribera resiste el paso del tiempo y conserva su impronta desde 1968. Fue lugar de reuniones y, como dice el tango que lo inspiró, naipes y copetín al paso.

Cada fin de semana suele verse ahí a los roquenses que frecuentan las canchas de fútbol y los clubes cercanos al Apicar.

Esa esquina concentraba mucha vida. Imagínate que a veces entraban de siete a quince clientes y, apoyados sobre el mostrador, disfrutaban de su vaso de vino o una cerveza”, contó Edith, hija de Manuel Fernández y Delia Fuentes, quienes con sus ahorros edificaron el salón de 8 x 5 metros, pasillo, baño, cocina pequeña y un espacio para las mercaderías allá por 1968.

Así nació Las Cuarenta, que lleva medio siglo en pie con atención al público.

Conserva su fachada. Paredes altas y gruesas y, en su interior, un antiguo mostrador de seis puertas que sería codiciado por cualquier coleccionista de antigüedades y que sigue sirviendo al cliente, aunque la venta a granel ya quedó en el pasado y es recuerdo.

Relató Edith Fernández que “mamá no daba abasto, era mucha la gente que entraba. Recuerdo que La Balsa hacía una parada obligada en la esquina para que suban y bajen pasajeros”.

Las Cuarenta ganaba popularidad cuando llegaban los peones de Chile y otras ciudades de la región, esos que tomaban las diez piezas ubicadas en el fondo del viejo galpón de la firma Zetone & Sabbag SA, para levantar las cosechas. También aquellos trabajadores del que fue el primer horno de ladrillos de la ciudad, instalado a unos 200 metros.

Con el tiempo las mesas y sillas de su interior invitaron a tomar una copa. “Y obvio, nunca faltaban las mamúas y discusiones. Alguna que otra trifulca tuvieron que saber sobrellevar mamá y papá”, recordó Edith. Las Cuarenta fue tango, naipes y copetín al paso.

Los recuerdos de los vecinos

“Yo venía a este almacén cuando tenía ocho o nueve años, a la salida del colegio o cuando andábamos jugando por la Laguna de Parra (nombre que en los años 70 los lugareños empezaron a dar al canal de riego que pasa a escasos 30 metros)”, relató emocionado Hugo Guajardo.

Y por supuesto, el lugar le ha ganado batallas a los duros inviernos patagónicos. “Con mi hermana esperábamos en esa esquina el colectivo escolar que nos llevaba a la escuela Romagnoli”, contó Nancy García. “Como olvidar a Delia que en las frías mañanas de invierno nos abría el almacén para que esperáramos adentro y no pasáramos frío. Cuando entrábamos ella ya tenía la estufa encendida y el lugar calentito, seguramente se levantaba muy temprano para esperarnos...”.

Con nuevos dueños, el viejo mercado resiste al paso del tiempo y se mantiene, siempre bajo una sombra de chacras y rodeado de álamos y frutales

Cada mediodía y cada tardecita el almacén despliega de forma espontánea su servicio, haciéndole honor a su primera función. Claro que los vecinos y quienes lo visitan hoy prefieren una cerveza al paso.

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