Las culpas son ajenas
Una medida destinada a hacer de De la Rúa el chivo expiatorio del desastre sólo serviría para desacreditar más a la UCR.
Haciendo gala de un grado de mezquindad raramente visto incluso en el turbio escenario político nacional, algunos legisladores y punteros radicales se han propuesto expulsar al ex presidente Fernando de la Rúa de su partido por haber «traicionado» el programa original de la Alianza. Por fortuna, Raúl Alfonsín y su sucesor como jefe de la UCR, Angel Rozas, se han opuesto al planteo de políticos como Leopoldo Moreau, Federico Storani y Jesús Rodríguez que, de concretarse, no contribuiría en absoluto a la «autocrítica» que se han prometido los radicales. Lejos de convencer a la ciudadanía de que además de no haber tenido nada que ver con el fracaso del gobierno aliancista, la UCR hubiera logrado solucionar sus problemas ideológicos y operativos, una medida destinada a hacer de De la Rúa el chivo expiatorio del desastre sólo serviría para desacreditarla todavía más.
Entre las causas de la reputación pésima que se han granjeado «los políticos», sobre todo los radicales, está la resistencia sistemática a asumir responsabilidades sin por eso negarse a aprovechar al máximo todas las oportunidades para acumular dinero y poder o para repartir cargos entre quienes conforman la clientela. Tal actitud, común a virtualmente todos los políticos, se hizo caricaturesca durante la gestión trabajosa de De la Rúa. Mientras enjambres de radicales se insinuaron en todos los puestos públicos disponibles, apoderándose gozosamente de entidades monstruosas como aquella caja política que es el PAMI, los líderes partidarios entendieron que les resultaría más provechoso oponerse «por principio» a casi todas sus medidas concretas que criticaban con vehemencia retórica antes de avalarlas en el Congreso. La contradicción así supuesta era lógica: en vista de que la caída del gobierno por falta de apoyo les costaría parte del botín conquistado, radicales como Moreau y Storani calculaban que atacarlo verbalmente pero respaldarlo legislativamente les permitiría conservar los beneficios sin pagar ningún costo político.
Otra manifestación de irresponsabilidad radical consistía en la propensión de sus voceros más influyentes a perderse en el empíreo de las grandes abstracciones filosóficas, distanciándose de este modo de la tierra en que viven las personas de carne y hueso. Con vigor aparente «denunciaban» las muchas lacras del país, pero no se dieron el trabajo de organizar programas concretos que pudieran haberlas reducido. Tal ambigüedad no se debía sólo a la falta de capacidad administrativa. También era una consecuencia previsible de la conciencia de que un intento serio por producir mejoras requeriría una serie de reformas drásticas del Estado que los obligarían a reemplazar a las espesas redes clientelares por organismos más profesionales. Asimismo, por tratarse de un movimiento que depende de la clase media urbana, cualquier programa redistributivo concebible supondría un impuestazo que castigara a su propio electorado, realidad lamentable que está en la raíz de la incapacidad radical para conciliar sus ideales con lo que efectivamente hacía en aquellas ocasiones en las que gobernaba el país.
Para que la UCR y el PJ cumplan un papel positivo en la vida nacional, tendrán que someterse a un baño de realismo. Si realmente quieren que se produzcan cambios determinados, habrán de pensar largamente en cómo instrumentarlos, aceptando asumir todos los costos políticos que les supondrían. Como algunos por lo menos habrán entendido, el populismo propio de demagogos que prometen cualquier cosa, que en su opinión les ayudará a cosechar votos sin preguntarse nunca qué sería forzoso hacer a fin de alcanzar las metas deseadas, es la causa fundamental de la debacle actual. El que distintos representantes del viejo orden no sólo hayan rehusado reconocerlo sino que hayan tratado de salvar el pellejo afirmando que el colapso del
gobierno de De la Rúa se debió a su escaso interés por intentar llevar a cabo las propuestas fantasiosas incluidas en una plataforma partidaria que fue improvisada por motivos electorales por personas sin ningún sentido práctico hace sospechar que muchos radicales, sabedores de que su ciclo está llegando a su fin, sólo quieren poder asegurarse de que ellos mismos eran inocentes aunque la verdad es que eran los responsables principales del fracaso.