Las escalofriantes criaturas de Ron Mueck

Una muestra a la que ingresan dos mil cuatrocientas personas por día para admirar semejante despliegue vital, en la Fundación Proa, en La Boca.



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ARTE

Fuente: e360

El hombre de Melbourne se sienta frente a una masa de silicona y, cual Dios posmoderno, da vida a una pareja de abuelos en la playa, bajo una sombrilla. Te acercás a ellos y podés ver con nitidez las venas inflamándose bajo la piel, las uñas creciendo en las regiones distales de los pies y de las manos, los rugosos pliegues de los cuerpos: la vida como un gesto rápido, extasiado u horrorizado, ante el milagro y el pavor de la existencia.

El hombre de Melbourne captura el primer soplo y esculpe el último suspiro a escala mayor, dotando a sus criaturas de un hiperrealismo sencillamente escalofriante: allí están esas 40 figuras humanas que ha exhibido por todo el globo. Allí también están esas ocho increíbles esculturas que en este mismo instante remecen Caminito, barrio de La Boca: dos mil cuatrocientas personas por día ingresan a las instalaciones de la Fundación Proa para admirar semejante despliegue vital.

Claro, no es casual que su arte tenga sus orígenes en ese planeta fantástico de los efectos especiales para el cine: ha trabajado para Jim Henson en The Dark Crystal y Labyrinth (donde fue "Ludo", el compañero de David Bowie). Así que su paso hacia la plástica estaba cantado. Pero nadie, ni él mismo, se imaginó que un día --ya en Londres-- establecería su propia compañía creadora de utilería y animatronics para la industria de la publicidad.

Así, desde 1996 Mueck produce figuras calcadas de la realidad, jugando con diferentes escalas para crear imágenes que deslumbran y sacuden al mismo tiempo. Pieza clave de la célebre (por polémica y rupturista) colectiva Sensation, junto a figuras superestelares de la talla de Damien Hirst o Jake y Dinos Chapman, Ron Mueck trabaja el detalle extremo y el bloque en conjunto como referente para ser visto, tocado, saboreado y fotografiado desde cualquier ángulo.

Desde luego, la minuciosidad del artesano avant gardé hace saltar por los aires a las pantallas high fidelity que nos enamoran el ojo. Y nos comunica inmediatamente que la vida es un gesto atroz. Un mohín, un tic nervioso. Una mueca fascinante.

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