Las Grutas, mi unicornio y yo



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Alguna vez, como Silvio Rodríguez, tuve yo también mi unicornio azul. Eran años de bohemia y de utopías, y esta hermosa criatura –nunca digo mitológica– estaba con nosotros. Compañero bueno y servicial nos acompañaba por las calles y nadie advertía su fabulosa presencia. Su hermoso cuerno señalaba los puntos cardinales (no quiero que nadie me diga que era de narval, no).

Su presencia estaba ya citada en la Biblia y en textos muy antiguos. Es que el unicornio tiene estirpe y prestigio. Y mucha magia. Tuvo su apogeo durante la Edad Media y fue muy glosado por poetas y escritores. Hasta los viejos marinos daban cuenta de su presencia.

Luce diferentes colores, pero el nuestro era azul, como el color del cielo, a pesar de las refutaciones de los hombres insensibles que hasta dicen que ni el cielo es azul. ¡Oh, Argensola y Homero Expósito!

Algunos osados sostienen que el unicornio (un cuerno) es el antecesor del rinoceronte, símbolo de pureza y fuerza, al que solo podía dar caza una virgen. Yo no les creo mucho. Lo de fuerza y pureza sí.

Los mercaderes, que nunca faltan, en los pueblos nórdicos se aprovecharon de su leyenda para vender a los incautos anillos de narval y ¡hasta con propiedades curativas! Y podían sanar con sus propiedades molestias estomacales, epilepsia y aun envenenamientos.

Se sabe que este legendario animal era de hábitos solitarios y muy esquivo y por esa razón los nobles –que siempre fueron impiadosos– llegaron a enviar a cazadores avezados aun hasta la India, para obtener su trofeo, pero siempre se vieron frustrados y regresaron con las manos vacías.

Estudiosos sin imaginación sostienen que pudo haber nacido de Ctesias y sus ayudantes al describir al rinoceronte de la India, un animal de hasta cuatro toneladas, y que posee un único cuerno grande sobre el hocico. Yo no creo. Nuestro Unicornio, así con mayúscula, era liviano como el aire y enamorado del cielo y de las flores.

Y como ya dijimos los cazadores se valían de una virgen para atraerlo y amansarlo, por eso los unicornios son símbolo de la pureza y la virginidad.

Para nosotros, muchachos en esos años, este amigo significaba mucho: los sueños, las utopías, lo bello de la vida, el sentido mágico de la existencia, las ilusiones en el hombre y su destino, la buena fortuna, el arte y sobre todo la certeza en un mundo de belleza y de paz.

Era nuestro unicornio, como ya he dicho, de color azul como el de Silvio Rodríguez, muy a pesar de los que lo describen blanco, con cuerpo de caballo, barba de chivo, patas de ciervo y cola de jabalí.

Lo cierto es que con el correr de los años, con las vivencias buenas y malas de la vida, con las vicisitudes del tiempo, las frustraciones y las urgencias cotidianas, un buen día nuestro querido unicornio también se nos perdió y quedamos solos y tristes. Desde entonces lo anduve buscando por plazas, parques y hasta por los últimos andurriales, pero siempre en vano a pesar que su recuerdo estaba siempre presente y me parecía verlo a mi lado mientras ejercía este hermoso oficio de escribir. Unicornio y poesía para mí son lo mismo.

Hasta que un buen día feliz (a los 67 años exactos de mi edad) caminando por la avenida Río Negro del balneario Las Grutas, ¡qué sorpresa!, encontré a mi unicornio que se había perdido. Igual al de mi sueños: azul, de mansa mirada y casi virginal. Y de alguna forma recuperé los símbolos que representa.

Hoy los turistas sacan fotos a su lado, lo tocan, lo quieren. ¡Si yo les contara!


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