Las idas y vueltas de la historia
Todo lo que el autor de esta nota sabe del italiano Juan Bautista Vico, filósofo en el siglo XVIII, es que escribió acerca de los «corsi e ricorsi» de la historia. Dicho en nuestra lengua, son las «idas y vueltas» en nuestra biografía, la de los humanos, construida según algunos desde que un Adán de barro fue tocado por la varita mágica del Creador (ver Génesis) y, según otros (Darwin, El Origen de las Especies), cuando un antepasado nuestro que ya había aprendido a pararse en dos patas comenzó a inteligir que por su trabajo podía actuar sobre la naturaleza y transformarla en su beneficio.
En el último cuarto de siglo los Estados Unidos nos han enseñado un par de cosas respecto de esos «corsi e ricorsi». Lo primero es la decisiva influencia que un pequeño grupo de hombres pequeños, a cargo del gobierno de ese gran país, puede tener en tales idas y vueltas dentro de un período histórico igualmente pequeño; lo segundo es que la capacidad de actuar sobre la naturaleza puede servir tanto para la creación como para la destrucción.
Los Estados Unidos participaron durante el siglo XX en dos guerras mundiales que causaron muerte y destrucción en Europa. Perdieron vidas de soldados pero, en los diez años de duración de esas guerras, no murió uno solo de sus civiles ni cayó en su territorio una sola bomba. Ellos devastaron Hiroshima y Nagasaki en el estreno de su poderío atómico del mismo modo que hicieron los aliados cuando bombardearon Dresde hasta reducirla a polvo, pero esos ataques, que precipitaron la rendición de Alemania y Japón, no mellaron la aureola moral ganada por la victoria sobre el nazifascismo.
Tuvo que pasar poco más de medio siglo para que un ataque externo vulnerara las defensas de seguridad e inteligencia del país y redujera a cenizas un símbolo del poderío norteamericano: las Torres Gemelas. Por la decisión del presidente George W. Bush y su círculo neoconservador, después del empate en Corea y la derrota en Vietnam, Estados Unidos emprendió su primera guerra del siglo XXI con la invasión a Irak. El discurso, democrático y libertario, fue el mismo que inspiró a las tropas que desembarcaron en Normandía a mediados de 1944. Pero el motivo determinante, el mismo que fundamentó el «Acta Patriótica» que restringió garantías constitucionales al interior del país, fue la seguridad, en riesgo porque Saddam Hussein tenía eso se dijo armas de destrucción masiva.
Cuando todavía no se han cumplido cuatro años de la invasión, se ha completado ya el ida y vuelta. Nada es hoy como era en marzo de 2003. No había armas de destrucción masiva, la ocupación se transformó en guerra, los exiliados son millones, los muertos civiles son cientos de miles, los efectivos norteamericanos caídos, más de 3.000, han superado en número a los que perdieron la vida a raíz del atentado a las Torres Gemelas, los aliados de la coalición desertan. Bush ha sido la mejor y más patética demostración del fracaso cuando declaró que la guerra no está ganada, pero tampoco está perdida. Mientras la mayoría de sus 140.000 soldados quiere volver a su patria, él quiere enviar más. En Vietnam llegaron a ser 500.000. Los efectivos muertos fueron 50.000 y los que sobrevivieron volvieron con pena y sin gloria. Igual que los que regresan ahora de Irak.
Saddam fue condenado a muerte y ahorcado el sábado pasado por la matanza, en 1982, de 148 iraquíes chiítas de la ciudad de Tahuil. Fue una sangrienta represalia contra una presunta conspiración para asesinarlo. Entonces, el dictador iraquí, en guerra contra la República Islámica de Irán que lideraba Khomeini, era un aliado de los Estados Unidos. Alguien pudo objetar al habitante de la Casa Blanca en aquellos años, Ronald Reagan, que Saddam era un hijo de puta. Y él pudo contestar, como lo hizo Franklin Roosevelt cuando le dijeron lo mismo de Anastasio Somoza, el dictador de Nicaragua sostenido por los Estados Unidos: «Sí, pero es nuestro hijo de puta».
JORGE GADANO
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