Las leyes no bastan

La pasión por el mecenazgo de los millonarios estadounidenses antecedió con mucho la aprobación de leyes destinadas a estimularlo.

Por Redacción

Puesto que es tradicional en nuestro país creer que la mejor forma de solucionar un problema o llenar un vacío consiste en redactar una ley que, luego de años, quizás décadas de debate será aprobada y entonces olvidada, es natural que los preocupados por el estado de la cultura se hayan movilizado para impulsar una ley del libro y otra de mecenazgo. También lo es que, a pesar de tratarse de propuestas que ya han alcanzado una antigüedad respetable, ninguna ha podido concretarse hasta ahora. Aunque es de suponer que en una fecha futura ambas finalmente vean la luz, sorprendería gratamente que sirvieran para mejorar mucho la industria editorial por un lado o el fomento de las artes por el otro. En teoría, ayudarían, pero de por sí no serían suficientes como para modificar drásticamente un panorama que hoy en día es decididamente gris.

El proyecto de «ley de mecenazgo» se inspira en el ejemplo brindado por los Estados Unidos, país en el que al aporte a la cultura de individuos privados y grandes corporaciones que han creado fundaciones de renombre internacional -algunas de las cuales dan becas a argentinos promisorios-, grandes universidades, bibliotecas, museos y salas de concierto y así largamente por el estilo, ha sido inestimable. En vista de que los mecenas estadounidenses disfrutan de una gama de incentivos impositivos, algunos deseosos de que los argentinos los emulen, propenden a atribuir la generosidad de los norteamericanos a su presunta voluntad de impedir que su dinero sea apropiado por el fisco. Se equivocan. La pasión por el mecenazgo de los millonarios estadounidenses antecedió con mucho la aprobación de leyes destinadas a estimularla y el hecho de que sea considerado lógico permitirles deducir una parte de los fondos donados, no es sino un reflejo de una práctica ampliamente difundida. En efecto, sería probable que, aun cuando por motivos incomprensibles el Congreso norteamericano decidiera adoptar las leyes argentinas actuales, los ciudadanos y empresas privadas de su país continuaran aportando mucho más a la cultura de lo que harían sus pares argentinos si todos los peronistas, radicales, frepasistas y cavallistas optaran por importar la legislación estadounidense sin modificar una sola coma.

Como era de prever, la lenta maduración de la ley de mecenazgo local que ya ha sido aprobada por la Cámara de Diputados, se ha visto estorbada por las discusiones prolongadas en torno de los procedimientos de control, la participación de entidades burocráticas, el poder que correspondería al Fondo Nacional de las Artes y diversas fundaciones, la mejor forma de impedir que se produzcan demasiados abusos, además de las polémicas infaltables pero inconducentes sobre lo que podría calificarse de «arte» y lo que no merecería privilegio alguno. Según el coautor del proyecto original, el peronista y escritor Mario «Pacho» O»Donnell, algo es mejor que nada, de suerte que los esfuerzos de los legisladores podrían suponer algunos beneficios culturales, pero incluso esto es dudoso a menos que se reproduzcan en la Argentina ciertas condiciones propias del mecenazgo en los Estados Unidos y algunos otros países desarrollados. De éstas, las más significantes son el orgullo cívico, la conciencia por parte de los ricos de que la cultura, en el sentido no antropológico de la palabra, no es un negocio ni un lujo superfluo, sino un elemento fundamental para la salud de cualquier país, y el entender que el bien público depende en buena medida de la actitud de los integrantes más ricos de la comunidad. ¿Se dan estas precondiciones en la Argentina actual? En cierto modo, claro que sí, pero, por desgracia, en comparación con lo que es habitual en otros países el compromiso de los grandes empresarios con su propia sociedad parece relativamente tenue, razón por la cual la redacción de una ley de mecenazgo ha tenido que esperar hasta comienzos del tercer milenio y porque, a pesar de que nuestros parlamentarios y sus asesores filantrópicos y culturales hayan contado con muchas décadas para estudiarla, los resultados han sido tan pobres que incluso su promotor principal se ha sentido constreñido a limitarse a afirmar que en su opinión podría ser, a lo sumo, mejor que nada.