Lastimoso olvido
Por Susana Mazza Ramos
El Senado de Italia ha sancionado días pasados una nueva ley inmigratoria, caracterizada por el mismísimo presidente de dicho cuerpo parlamentario como un «emprendimiento cínico intolerable, racista, indigno de un país civilizado como el nuestro» («Río Negro», 12/7/02, pág. 29).
La mencionada legislación no solamente ha endurecido la política inmigratoria, al modificar severamente los requisitos para el ingreso a la península, sino que agiliza la expulsión de personas indocumentadas y de aquellas que, a pesar de poseer permiso de permanencia en regla, deben -si llegan a perder su trabajo- abandonar el país en forma inmediata.
Es obvio que desconocemos las motivaciones reales que llevaron al ministro de Reformas y al vicepremier -autores del proyecto- a su creación e impulso en el Parlamento, pero sí se puede asegurar que tanto ellos como quienes apoyaron con su voto esa legislación xenófoba carecen de memoria histórica.
Puede aseverarse tal conclusión porque es casi imposible que un descendiente del imperio romano descalifique a los extranjeros, cuando ha tenido entre sus emperadores nacidos en Hispania, cuando algunos de sus más brillantes filósofos, escritores y políticos fueron naturales de la península ibérica, cuando han sido personas de todo el orbe conocido y conquistado por Roma quienes contribuyeron con trabajos, arte, riquezas, impuestos y producciones para que la ciudad eterna creciera, se alimentara y gozara de progreso y bienestar.
Roma llegó a extenderse desde la nebulosa Inglaterra hasta los desiertos de Siria, desde el Rin y el Danubio hasta la altiplanicie del Atlas y las cataratas del Nilo, albergando habitantes de las más diversas culturas, religiones, economías y costumbres.
A pesar de la existencia de disturbios, Roma siempre enarboló una fórmula cuasi mágica: «Ubique pax» (Paz en todas partes), como puede leerse en las monedas del emperador Galieno (años 253 al 268).
La «paz en todas partes» se tradujo especialmente en el período del español Adriano, emperador que tuvo el valor civil de renunciar a más conquistas para buscar el camino de la paz, bajo el principio supremo de su reinado: gobernar el Estado y administrarlo con la conciencia de hacerlo para el bien del pueblo y no para el provecho propio.
El campo de acción del hispánico Adriano -tal vez el más humano de los Césares- fue el mundo entero, representando por su cosmopolitismo, el ideal del imperio con un carácter verdaderamente universal.
En lo filosófico, tanto Lucio Anneo Séneca como su padre Marco Anneo Séneca -nacidos en Córdoba, España- legaron a Roma su profundo respeto por el valor de la persona como individuo, defendiendo su espiritualidad y el valor de la voluntad como principio de lucha, además del intrínseco valor literario de sus obras, como las «Epístolas morales a Lucilio» o «Cuestiones naturales» de Lucio y las «Controversias» y «Suasorias» de Marco.
Que la Roma del siglo XXI sancione una ley con la Fini-Bossi que discrimina, ahuyenta, separa y castiga a los que ingresan a Italia en busca de trabajo, por motivos económicos, para vivir en libertad, huyendo por problemas políticos o por cualquiera de los miles de motivos por los que una persona emigra, es síntoma de decadencia. Tal vez no la que puede esperarse de una nación desarrollada y del Primer Mundo, pero sí la que ineludiblemente sufre todo país que olvida sus raíces y por ello mismo su historia.
Probablemente por tener ancestros latinos y celtas, por haber «bajado de los barcos» nuestros abuelos, podemos comprender cuánto desprecio por la vida humana demuestra la mayoría del actual Senado romano, cuánta arrogancia ensoberbece a quienes hoy disfrutan de una sociedad saciada, y cuánta amnesia anida en aquellos que vieron partir hacia América a los inmigrantes que esta tierra generosa recibió sin exigencias, ni discriminación.
Definir la reciente ley Fini-Bossi es simple: un olvido verdaderamente lastimoso.
El Senado de Italia ha sancionado días pasados una nueva ley inmigratoria, caracterizada por el mismísimo presidente de dicho cuerpo parlamentario como un "emprendimiento cínico intolerable, racista, indigno de un país civilizado como el nuestro" ("Río Negro", 12/7/02, pág. 29).
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