Cumbres borrascosas: de la oscuridad de la novela a la versión descremada del cine
La única novela de Emily Brontë vuelve a generar polémica tras el estreno de su adaptación cinemtográfica, una versión con Margot Robbie y Jacob Elordi que borra toda la violencia y la radicalidad de este clásico que encandalizó en su momento y que sigue siendo imprescindible.
El estreno de la nueva adaptación cinematográfica de “Cumbres borrascosas”, dirigida por Emerald Fennell y protagonizada por Margot Robbie y Jacob Elordi, vuelve a poner en circulación el clásico victoriano, y esta vez, además, le suma una polémica que estalla en redes y que amplifica la distancia entre lo tenebroso de la novela y la versión hormonal y porno soft del cine.
Publicada en 1847 bajo el seudónimo masculino Ellis Bell, la única obra de Emily Brontë sigue siendo un artefacto literario inclasificable, una exploración feroz de los vínculos humanos que desborda cualquier molde romántico. Su potencia no se queda solo en la historia de amor -y en la posesión demoníaca y maldita- entre Heathcliff y Catherine, sino en la forma en que Brontë convierte la diferencia de clases y la estructura narrativa en un sistema cerrado, casi hermético, donde los personajes se consumen a sí mismos.
Emily Brontë publicó la novela a los 29 años, uno antes de morir por tuberculosis. Huérfana de madre e hija de un pastor anglicano, vivía con sus hermanos en Haworth, un pueblo aislado en los páramos de Yorkshire, y había pasado la mayor parte de su vida entre la casa familiar, la escuela donde trabajó brevemente y las caminatas solitarias por la llanura. Su mundo era bastante reducido; su imaginación, evidentemente no.
En un siglo dominado por la novela realista, Brontë escribió un libro que parecía venir de otro planeta: uno oscuro, con sadismo y necrofilia incluida. La crítica de la época lo recibió con desconcierto. Algunos lo consideraron brutal; otros, directamente inmoral, con todo ese regodeo de maldad extrema y perversión. Pero incluso quienes lo rechazaron reconocieron que en esas páginas había una voz singular, una intensidad que no se parecía a nada.
El libro es, además de una historia de amor, una disección salvaje del sistema de clases y una denuncia del racismo colonial, del machismo despiadado, del maltrato.
La historia es conocida: comienza una noche de 1771 en Cumbres Borrascosas, una granja aislada en los páramos de Yorkshire. El dueño, el señor Earnshaw, trae a su casa un niño que ha encontrado en la calle, un niño vagabundo y esquivo, “casi tan negro como si viniera del diablo”. Earnshaw lo llama Heathcliff, y lo cría con sus hijos, Hindley y Catherine.
Hindley odia a Heathcliff desde su llegada y a la muerte del padre lo convierte en un siervo al que humilla y maltrata, pero la hija menor, Cathy, más salvaje y rebelde, reconoce de inmediato a Heathcliff como su otro yo. De ahí, una de las frases más citadas de la literatura inglesa: “Yo soy Heathcliff”.
Catherine no puede separarse de él sin perderse a sí misma, pero tampoco puede elegirlo sin destruir su lugar en el mundo. Cuando ella finalmente se casa con Edgar Linton, alguien de «su clase», Heathcliff, ese hombre dañado y cruel, se convierte en una fuerza de resentimiento. Huye del lugar y lejos, amasa una fortuna tan misteriosa como él mismo, para regresar tres años después a Cumbres Borrascosas y hacer miserable la vida de todos los demás.
Es una historia oscura (muy oscura), impregnada de horror, celos, venganza, es una maldición que se extiende incluso después de la muerte de Catherine, con otras generaciones.
Hay otra escena famosa, tenebrosa y esencial: Heathcliff le pide a Catherine que lo persiga desde el más allá y ella, espectral, obedece. Hay todavía más: Heathcliff llega a desenterrar el cadáver de Catherine con pasión necrofílica y, antes de morir, manda a abrir el ataúd para que los sepulten juntos.
Pero la novela, no se limita a narrar la tragedia de un amor imposible. Brontë construye un sistema de oposiciones -Cumbres Borrascosas y La Granja de los Tordos, lo salvaje y lo civilizado, la intemperie y el resguardo- que organiza la vida de los personajes. Y además, el paisaje no es un decorado: es fundamental. El viento, la lluvia, la soledad funcionan como extensiones del ánimo de Heathcliff y Catherine.
Hay otro factor que hace aún más clásico este clásico: la estructura narrativa, que refuerza la complejidad de la novela. Para contar la historia a sus lectores, Brontë elige un sistema de relatos enmarcados: Lockwood, inquilino de Heathcliff por unos pocos meses, y el que abre y cierra el libro, escucha la historia de boca de Nelly Dean, la ama de llaves. Ese doble filtro introduce distancia, ambigüedad y una dosis de ironía. Nada de lo que se cuenta es completamente confiable. La novela se vuelve así un ejercicio de interpretación: el lector debe reconstruir los hechos a partir de voces que no siempre comprenden lo que narran.
Un clásico embellecido
¿Por qué “Cumbres borrascosas” es un clásico? No por su trama -que podría resumirse en pocas líneas- sino por su capacidad para desafiar las expectativas de cada época.
Cada generación encuentra en este libro algo distinto: una historia de amor imposible, un estudio sobre la violencia patriarcal, una crítica a las jerarquías sociales, un experimento narrativo, una novela gótica, un tratado sobre el deseo y la destrucción, una maldición eterna, o incluso esta versión, con su sobreabundancia de vestidos rojos y góticos y sus escenas cargadas de sexualidad que en la novela no aparecen.
La elección de Margot Robbie y Jacob Elordi como Catherine y Heathcliff parece un plato servido para el romance (y los algoritmos) más que para hundir el dedo en la llaga del conflicto central de esta historia torturada y tortuosa. No es necesariamente un problema: cada versión de “Cumbres borrascosas” ha tenido que decidir qué hacer con el núcleo oscuro y viscoso.
La película de William Wyler de 1939, por ejemplo, redujo la historia a la primera generación y suavizó la violencia emocional. Otras adaptaciones -hay cinco películas sobre la novela de Brönte , más de 10 para televisión y otras tantas para el teatro- han intentado recuperar la aspereza original, todas con resultados desparejos.
La versión actual, con un soundtrack a cargo de Charli XCX, parece apostar a una estética contemporánea (a mucha estética, hay que decirlo), con un Heathcliff que se esfuerza por parecer sexy (siempre besando con la boca abierta) y una Catherine menos salvaje que en el texto. En la novela, los personajes no son “comprensibles” en términos psicológicos modernos, no buscan redención. La película, en cambio, parece querer llevar esos impulsos a motivaciones claras, digeridas y transformadas en escenas que permitan empatizar. No quedan ni rastros de las fuerzas tenebrosas de la novela.
Es verdad que la presencia de Robbie y Elordi -los protagonistas de “Barbie” y de “Frankenstein”- puede permitir una lectura generacional: “Cumbres borrascosas” como historia de obsesión, toxicidad y deseo desbordado. Pero es verdad también que así se aleja del espíritu más descarnado de Brontë y se acerca a esta suerte de “Cincuenta sombras de Grey” de otro siglo.
“Cumbres borrascosas”, el libro, el clásico, no se parece a nada porque lleva los vínculos al límite.
Heathcliff no es un héroe trágico: es la violencia que una sociedad ejerce sobre él y la que él mismo reproduce, implacable. Catherine queda atrapada entre su deseo y la necesidad de encajar en un orden que la asfixia.
Por eso el libro sigue ahí, embrujándonos a todos, y mucho más arriesgado que esta adaptación que le baja el voltaje y la convierte en una versión vistosa, hot y descremada.
Comentarios
Estimados/as lectores de Río Negro estamos trabajando en un módulo de comentarios propio. En breve estará habilitada la opción de comentar en notas nuevamente. Mientras tanto, te dejamos espacio para que puedas hacernos llegar tu comentario.
Gracias y disculpas por las molestias.
Comentar