Los muertos no pueden leer: la extraordinaria imaginación de Silvana Vogt llega a las librerías

El fino arte de crear monstruos, la novela de la escritora y librera argentina radicada en Barcelona, llega este mes a las librerías de la mano de Eterna CadenciaEditora. Una historia ambientada en Morteros, donde las inundaciones arrastran ataúdes, los niños juegan a la batalla naval sobre los muertos y una niña descubre que el mundo puede ser mucho más grande que las palabras que conoce.

Redacción

Por Redacción

Además de los pueblos que aparecen en los mapas, hay otros que existen, sobre todo, en la imaginación de quienes los habitan. Morteros, en Córdoba, pertenece a esa segunda clase. En la novela El fino arte de crear monstruos, de Silvana Vogt, el pueblo se inunda con una facilidad desconcertante. Flotan las vacas, los perros, las bicicletas, los bancos de la plaza. Un día flotan también noventa ataúdes.

Los adultos intentan recuperar los restos de sus muertos. Los chicos, en cambio, convierten los féretros en barcos y organizan una batalla naval. Hay equipos, carreras, capitanes y jueces. La muerte, vista desde la infancia, todavía puede transformarse en juego.

La escena, tan disparatada como inquietante, contiene buena parte del espíritu de la novela: el humor y la tragedia conviven y la imaginación no funciona como una fuga de la realidad sino como una manera de entenderla.

El fino arte de crear monstruos, que Eterna Cadencia publica en Argentina este mes, es la segunda novela de Silvana Vogt y fue distinguida este año con el Premio Finestres de Narrativa en castellano, uno de los reconocimientos literarios que se entregan en Barcelona. El jurado destacó la singularidad del universo construido por la autora alrededor de ese pueblo de la Pampa argentina.


Un pueblo donde todo puede suceder


Morteros es el escenario, pero también es una forma de mirar. La narradora es Vidria, una niña que observa el mundo con la mezcla de ingenuidad, razonamiento y desmesura propia de quien todavía no acepta que las cosas tengan una única explicación. Por eso una montaña puede ser una “llanura vertical”, un río puede ser un agua que cae en lugar de avanzar horizontalmente y una motocicleta Harley-Davidson puede convertirse, en la lógica de los chicos, en una “moto sin terre”. Las palabras no son transparentes: hay que descubrirlas.

Uno de los momentos más reveladores del comienzo ocurre cuando Vidria escucha a otro chico contar un viaje. Él habla de montañas, nieve, rutas curvas, ríos que caen y palabras que los habitantes de Morteros desconocen. Para ella, descubrir que existen cosas que no conoce significa algo mucho más perturbador: si existen otras palabras, también pueden existir otras formas de entender el mundo.

Es una idea central de la novela. Lo que Vidria descubre no es solamente que hay un mundo más allá de Morteros. Descubre que la realidad depende, en buena medida, de las palabras con las que intentamos nombrarla. Y ahí aparece la literatura.


“La verdad” también puede ser una historia


Vogt construye una narradora cuya imaginación parece no tener límites, pero que al mismo tiempo está permanentemente interesada en saber cómo funcionan las cosas. La niña pregunta, deduce, inventa teorías y muchas veces se equivoca. Sin embargo, sus errores contienen una forma de conocimiento.

La muerte ocupa un lugar importante en ese aprendizaje. Los muertos son parte del paisaje de Morteros y también de la curiosidad de Vidria. Después de jugar sobre los ataúdes, la niña descubre algo que la desconcierta: los muertos no pueden leer.

La frase tiene una comicidad inmediata, pero detrás de ella aparece una pregunta más profunda: ¿qué queda cuando desaparecen quienes podían contar las historias? En la novela, vida, muerte y literatura están permanentemente enlazadas. La narradora entiende poco a poco que contar una historia no significa necesariamente reproducir aquello que ocurrió. Puede significar encontrar una forma de darle sentido.

Por eso una mentira puede terminar siendo, para Vidria, “otra forma de explicar el mundo”: una verdad hecha a medida.

Es también una de las razones por las que la novela puede leerse como una celebración de la imaginación. De una imaginación necesaria para sobrevivir a lo que el mundo tiene de incomprensible.


Una escritora entre dos lenguas


Silvana Vogt nació en Morteros en 1969. Estudió Filosofía, Psicología y Ciencias de la Educación, además de Producción y Creatividad Radiofónica. En 2002 se instaló en Barcelona, donde trabajó en distintos oficios antes de vincularse profesionalmente con el mundo de los libros: fue lectora editorial, columnista y periodista radiofónica, y finalmente librera. Actualmente dirige Cal Llibreter, en Sant Just Desvern, y también dicta talleres de escritura.

Su historia literaria tiene además una particularidad: su primera novela, La mecànica de l’aigua, fue escrita en catalán y publicada en 2016. En 2018 recibió una Beca de Escritura Montserrat Roig, vinculada al programa Barcelona Ciudad de la Literatura de la UNESCO, y retomó después la escritura en castellano, su lengua materna. El fino arte de crear monstruos es su segunda novela.

Esa experiencia entre lenguas y geografías parece especialmente significativa para una novela tan preocupada por las palabras y por aquello que ocurre cuando descubrimos que existen otras maneras de nombrar las cosas.


Además de los pueblos que aparecen en los mapas, hay otros que existen, sobre todo, en la imaginación de quienes los habitan. Morteros, en Córdoba, pertenece a esa segunda clase. En la novela El fino arte de crear monstruos, de Silvana Vogt, el pueblo se inunda con una facilidad desconcertante. Flotan las vacas, los perros, las bicicletas, los bancos de la plaza. Un día flotan también noventa ataúdes.

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