«Okinum. La represa»: Un castor, un cáncer y la memoria de un pueblo
En "Okinum. La represa", publicado por Flor azul, la artista canadiense de raíces anishinaabe Émilie Monnet convierte los sueños, la enfermedad y la memoria indígena en una experiencia literaria donde el cuerpo y la lengua se vuelven territorios de resistencia y sanación.
Émilie Monnet dice que acostumbra quedarse unos minutos entre el sueño y la vigilia. Es un territorio frágil: el momento en que las imágenes todavía no se han borrado y las palabras que aparecieron durante la noche aún pueden conservarse unos segundos antes de desaparecer. Allí, en ese espacio incierto, comienza «Okinum. La represa».
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En la obra de la artista canadiense Émilie Monnet la palabra adquiere un sentido más profundo: es también el nombre de los diques interiores, de la memoria que encuentra obstáculos para seguir su curso.

Publicada originalmente en 2020 y nacida primero como una experiencia escénica, «Okinum. La represa» es la primera obra de esta dramaturga, performer y artista multidisciplinaria de raíces anishinaabe y francesas. Se trata de un libro difícil de encasillar: es teatro, pero también relato autobiográfico; es un manifiesto sobre la identidad indígena, pero también una meditación sobre la enfermedad, el miedo y la posibilidad de la sanación.
La obra parte de una experiencia personal. Monnet atravesó un cáncer de garganta y ese episodio la llevó a interrogarse sobre su propia voz, sobre la herencia de las mujeres de su familia y sobre la relación con una lengua ancestral que, como tantas otras lenguas indígenas, sufrió siglos de silenciamiento y persecución.
Dividida en trece escenas y un epílogo, «Okinum. La represa» entrelaza varios relatos. Por un lado, la experiencia de la enfermedad y las largas esperas en el hospital; por otro, la historia de los anishinaabe y los ataques sufridos por su pueblo y su territorio desde la colonización. Entre ambos planos aparecen los sueños de la protagonista, visitada por Amik, un castor gigante que le entrega su «medicina» contra el cáncer. En el universo de Monnet, el sueño no es un espacio secundario ni un mero símbolo: es otra forma de conocimiento, un ámbito tan verdadero como la vigilia.
La obra también propone un viaje hacia la lengua ancestral. Aprender nuevamente el anishinaabemowin significa para la protagonista recuperar una manera de estar en el mundo. La autora sugiere que ese idioma «suena como el territorio», como el agua de los ríos o el rumor del bosque, y que en él sobrevive una relación no jerárquica entre seres humanos y naturaleza. Por eso, la represa del título termina adquiriendo un sentido múltiple: es la enfermedad que obstruye el cuerpo, la memoria interrumpida por la historia colonial y también aquello que impide que una voz individual y colectiva vuelva a fluir.
Monnet nació en Ottawa y creció entre Quebec y la Bretaña francesa. Hija de madre algonquina anishinaabe y padre francés, buena parte de su obra se mueve en ese territorio de cruces: entre lenguas, culturas y memorias. Antes de dedicarse de lleno a las artes estudió ciencias sociales y realizó una maestría en Estudios de la Paz y Resolución de Conflictos, una formación que asoma en sus creaciones, atravesadas por preguntas sobre el trauma, la reparación y las formas de convivencia.
En 2011 fundó Onishka Productions, una organización artística interdisciplinaria con sede en Montreal que busca tender puentes entre artistas y comunidades indígenas de distintas partes del mundo. Dramaturga, performer y creadora de experiencias inmersivas, Monnet trabaja con el teatro, el arte sonoro y las artes mediáticas, y concede a los sueños un lugar central en su proceso creativo. No es casual que Okinum haya nacido precisamente de una imagen onírica: para la autora, los sueños son también un modo de acceder a la memoria y de abrir nuevos caminos para la imaginación.
Fragmento:
Siempre me han fascinado los sueños
cuando me despierto
tengo la costumbre de permanecer en ese estado entre el sueño
y la vigilia
donde es más fácil retenerlos
justo antes de que se escapen
y se desvanezcan en lo profundo de mi psiquis.
Lo que alcanzo a conservar
son fragmentos,
similares a escenas cinematográficas
que me dejan imágenes vívidas
palabras
susurradas al oído
mientras duermo
y cuyo significado intento descifrar más tarde.
Tengo un cuaderno donde me gusta escribir los sueños
para recordarlos cuando sea necesario
los mantengo vivos
me los vuelvo a relatar
y les presto atención
porque abren nuevos portales
nuevos caminos en la imaginación
dentro de los rincones profundos de la memoria.
Émilie Monnet dice que acostumbra quedarse unos minutos entre el sueño y la vigilia. Es un territorio frágil: el momento en que las imágenes todavía no se han borrado y las palabras que aparecieron durante la noche aún pueden conservarse unos segundos antes de desaparecer. Allí, en ese espacio incierto, comienza "Okinum. La represa".
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