Hermosos caminos, inevitables tropiezos: la nueva colección de cuentos de Olivia Gallo

En "Hermosos caminos planos", publicada por Blatt & Ríos, la escritora argentina Olivia Gallo vuelve al cuento breve para explorar la fragilidad del deseo, la incomodidad de la vida cotidiana y las formas sutiles del desencanto contemporáneo.

Por Verónica Bonacchi

El título del nuevo libro de cuentos de Olivia Gallo, «Hermosos caminos planos», que acaba de publicar la editorial Blatt & Ríos, encierra una ironía delicada pero feroz. La frase viene de un fragmento del Popol Vuh, el texto sagrado de los mayas, también conocido como el libro de los consejos, que dice, por ejemplo: “Que no caigan en la bajada ni en la subida del camino. Que no encuentren obstáculos ni detrás ni delante de ellos. Ni cosa que los golpee. Concédeles buenos caminos, hermosos caminos planos”. Ese deseo, el de la superficie lisa y sin baches, es aquí la antesala perfecta para el derrumbe: la distancia exacta entre el anhelo que encierra ese consejo ancestral y la realidad, siempre imperfecta y defectuosa.


Tras consolidar su voz generacional con los cuentos de Las chicas no lloran (Tenemos las máquinas, 2019) y sumergir al lector en las atmósferas enrarecidas de su novela No son vacaciones, la escritora, nacida en Buenos Aires en 1995, regresa al territorio del relato breve. En todos los casos, Gallo demuestra que lo suyo no son los grandes estallidos dramáticos, sino el registro de esas corrientes subterráneas, más sutiles pero igual de transformadoras.


“Me levanto con un torrente de felicidad que, a medida que el día avanza, se va disipando (…) Es una sensación de desánimo, de falta de confianza en todo lo que me rodea. Mi propia vida, mi trabajo, mis hijos, mi cuerpo, mi ciudad, mi país, este planeta, sus giros lacónicos, imperceptibles. (…) Todo esto me hace pensar en que quizás a lo que realmente deberíamos escaparle es a la felicidad, en vez de a la tristeza. Mejor si me levantara ya triste, pienso”,
escribe por ejemplo en el arranque del primer cuento, “Transparente es un color”. Allí, una Marina Líndez, odontóloga, le escribe a otra Marina Líndez que encontró en la única red social que le queda tras haber cerrado todas las demás por un caso de mala praxis y sus consecuencias. El efecto de esos mensajes, casi siempre unidireccionales, es abrumador: un espiral que solo se hunde cada vez más con un efecto inquietante.

Los personajes que habitan este y todos los relatos del libro conviven con una insatisfacción flotante, un desamparo casi siempre mediado por la precarización afectiva y unas pantallas que distorsionan el deseo y la memoria. Sin embargo, reducir el libro a un mero retrato generacional sería encorsetarlo; la potencia de estos relatos trasciende cualquier frontera etaria. Gallo no se queda en la superficie de lo que les pasa a los jóvenes urbanos que retrata; más bien usa la aparente monotonía del día a día como un laboratorio de tensiones psicológicas donde lo cotidiano se vuelve, por momentos, profundamente hostil.


Justamente, esa hostilidad se manifiesta con fuerza en relatos como “Roma”, donde una joven se hace amiga de una mujer casada y con una hija, y termina enganchada con su marido. La autora maneja los hilos del suspenso doméstico -y en este caso, quizás también el rencor- con una precisión quirúrgica, transformando las escenas comunes en un escenario de asfixia latente. Hay algo siniestro que se filtra en este y otros cuentos, una extrañeza que recuerda que los peores monstruos no están abajo de la cama, sino enfrente.


A excepción del último, la mayoría de los ocho cuentos del libro giran alrededor de las relaciones de pareja, de los conflictos, silencios y mentiras que se incuban y crecen, agazapados. “(…) la infelicidad -a diferencia de la felicidad, que aparece de repente- necesita antelación. La infelicidad es como un deportista olímpico, o como un postre gourmet: algo que se entrena, que se prepara. Es paciente, obstinada, sigue una serie de reglas que cumple a la perfección”, se lee en “El mes bueno de un mal año”.
Gallo maneja el humor y la melancolía con destreza. Es capaz de crear estados de ánimo a partir de la luz que entra a un departamento y distorsiona las cosas, como en “Ciencias de la atmósfera”, donde el clima funciona como un riguroso termómetro emocional.


El cierre llega con “Dios Imán”, un cuento sobre un padre y una hija, ambos separados, en el momento en que emprenden un viaje a México. Es un texto dulce y triste a la vez; gracioso y triste; el recordatorio de que nadie camina por hermosos caminos planos ni puede asegurarle a otro que no se caiga, que no haya obstáculos, que no se golpee.


El título del nuevo libro de cuentos de Olivia Gallo, "Hermosos caminos planos", que acaba de publicar la editorial Blatt & Ríos, encierra una ironía delicada pero feroz. La frase viene de un fragmento del Popol Vuh, el texto sagrado de los mayas, también conocido como el libro de los consejos, que dice, por ejemplo: “Que no caigan en la bajada ni en la subida del camino. Que no encuentren obstáculos ni detrás ni delante de ellos. Ni cosa que los golpee. Concédeles buenos caminos, hermosos caminos planos”. Ese deseo, el de la superficie lisa y sin baches, es aquí la antesala perfecta para el derrumbe: la distancia exacta entre el anhelo que encierra ese consejo ancestral y la realidad, siempre imperfecta y defectuosa.

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