Tras la muerte de Joaquín Gatto, Marcelo Angriman analiza las fallas en la prevención y la enseñanza: el viernes presenta su libro en Neuquén
Mientras avanza el proyecto de Ley Joaquín impulsado por la familia del niño muerto en Junín de los Andes por la caída de un arco de fútbol, el abogado, profesor de educación física y escritor cipoleño presenta Responsabilidad del Docente y plantea que la seguridad empieza en la educación y no solo en la regulación. Será el viernes 10, a las 19, presenta en la librería Lecton.
¿Es posible, aquí y ahora, pensar que los lugares deberían ser seguros para el juego o la práctica deportiva? Y sobre todo: ¿es posible aquí, donde normalizamos eso de “lo atamos con alambre”, que existan unas pautas concretas para evitar accidentes y tragedias?
Marcelo Angriman, cipoleño, abogado, profesor Nacional de Educación Física, y especialista en el cruce de esos dos universos cree que sí. Y escribió mucho sobre el tema, sobre lo que hay que hacer, lo que falta, y el lugar preciso en el que hay que poner el acento: la educación. De hecho, el próximo viernes 10, a las 19, en la librería Lecton del diario Río Negro (en la esquina de Ministro González y Córdoba, de Neuquén), presentará su nuevo libro, “Responsabilidad del Docente: del Profesor de Educación Física y en el Deporte”, donde refuerza esa idea. La publicación llega en un momento en que el país y la región vuelven a interrogarse sobre la cultura del cuidado, a partir de una tragedia que expone fallas estructurales.

En este caso, la muerte de Joaquín Gatto, de 12 años, ocurrida en los primeros días de enero durante un campamento del grupo Exploradores Argentinos de Don Bosco, en Junín de los Andes. “Que hoy se hable de la Ley Joaquín, es mejor a nada, pero sigo pensando que en la educación está la llave que abre la puerta del problema”, dice en una entrevista con Lecton, antes de la presentación.
El caso es así: Joaquín había viajado el 3 de enero desde Ramos Mejía, La Matanza, junto con un grupo de chicos. El 4 de enero, apenas llegaron, fue uno de los primeros en armar su carpa en el predio. Después, mientras jugaba en una de las canchas, se colgó de un arco de fútbol que no estaba anclado correctamente al suelo. La estructura -160 kilos, inestable, sin fijación- se desplomó sobre él. El impacto lo dejó inconsciente, aplastó sus pulmones y su corazón, y dejó heridas internas gravísimas. Las secuelas fueron irreversibles: muerte cerebral.
Su madre, Serena Campos, supo del accidente a las dos de la tarde. Ella y su marido consiguieron vuelos separados Llegaron cerca de las dos y media de la mañana. “Era el segundo año que Joaquín iba de campamento. Estaba feliz. Era un campamento muy preparado, estuvieron tres años organizándolo, pero no pensaron en los arcos… nadie pensó en eso.”
Joaquín falleció el 5 de enero. “No puede haber otro Joaquín, esto no puede seguir pasando”, dice Serena. Su marido, Adrián, agrega: “Todos fuimos chicos, yo también me colgué de un arco. Es algo completamente evitable”.
Esa frase -”algo completamente evitable”- es el centro del nudo. Ambos impulsan la Ley Joaquín, que ya tomó estado parlamentario. El proyecto propone la obligatoriedad de anclar todos los arcos de fútbol en predios públicos y privados; controles y certificaciones de seguridad semestrales; y sanciones específicas para quienes incumplan.
El caso volvió a poner en primer plano la responsabilidad institucional, la formación docente y la prevención como práctica cotidiana. Y es allí donde la obra de Angriman adquiere una urgencia particular.
Autor de muchos libros, Angriman trabaja desde hace décadas en la intersección entre derecho, educación y actividad física. Su voz es una referencia en un campo donde la normativa existe, pero la enseñanza de la prevención todavía no encuentra un lugar estable en la formación docente. En uno de sus textos recientes, escribe: “No basta con incorporar contenidos de prevención. Hay que dotarlos de didáctica, hacerlos operativos con talleres de simulaciones, juego de roles, análisis de casos, debates con contrapuntos argumentales”.
Esa idea atraviesa toda su obra y también esta conversación.
Cuando ocurren tragedias, es inevitable preguntarse qué vacíos permiten que sigan ocurriendo. Y en ese aspecto, Angriman no duda: “fundamentalmente la falta de inclusión de una materia específica que aborde la temática en la etapa de formación docente. Eso a esta altura es un anacronismo imperdonable”. Comprender el derecho, insiste, no es un tecnicismo: “ayuda a prevenir y a algo mucho más profundo, a vivir en sociedad”.
La doble formación de Angriman es clave. En su caso, el punto de inflexión llegó en 1998, cuando asumió la cátedra de Legislación de la Actividad Física y el Deporte en la Universidad de Flores. “Advertí que prácticamente había sido nulo el tratamiento de la cuestión en ambas carreras”, recuerda. Eso lo llevó a escribir su primer libro en 2003, publicado por Stadium, la editorial más importante de la época en materia de actividad física y deportes. A lo largo de dos décadas, su obra se expandió: trece títulos propios, direcciones de libros con equipos de abogados, publicaciones con la Secretaría de Deportes de la Nación, ediciones en Noveduc y en EDUCO, la editorial de la Universidad Nacional del Comahue.
En esta última etapa publica con CG de Rosario. Entre sus libros recientes se destacan “Hacer el bien. Crónicas y análisis sobre la actividad física, escolar y deportiva”, y el volumen que presentará en Neuquén.
La sanción de una ley que obligue a fijar los arcos al suelo es, para Angriman, un avance necesario pero insuficiente. “La necesidad de acudir a una ley implica el fracaso de todo intento educativo. Si fuéramos una sociedad más desarrollada en ese aspecto, la sanción de una regla jurídica no haría falta”. La ley puede imponer deberes, pero no puede sembrar hábitos. La verdadera transformación, sostiene, está en la escuela, en la formación docente y en la construcción de una mirada que integre libertad, responsabilidad y cuidado del otro.
–¿Qué patrones comunes hay en los accidentes que se repiten año tras año?
-Desidia, improvisación y falta de control en el cuidado de la infraestructura e instalaciones. Basta con hacer un recorrido visual por escuelas, playones, clubes y centros recreativos para observar arcos en mal estado. También el que nadie asuma tal responsabilidad como algo propio. A pesar de lo sucedido a Joaquín y a tantos otros niños por el mismo motivo y siendo que hay una edad donde el colgarse de un travesaño por parte de un menor de edad es algo previsible (Teoría de la molestia atrayente), hechos semejantes vuelven a ocurrir. Es allí donde el deber de prevención, principalmente de la institución dueña o guardadora del objeto y la predica constante del docente a cargo de los chicos, debe necesariamente aparecer.
-Trabajás desde hace décadas en la intersección entre derecho y educación física. ¿En qué momento entendiste que esa doble mirada era imprescindible?
-Cuando me ofrecieron la cátedra de Legislación de la Actividad Física y el Deporte en la Universidad de Flores en 1998, advertí esa confluencia entre mis dos formaciones de Abogado y Profesor de Educación Física. Allí advertí que prácticamente había sido nulo el tratamiento de la cuestión en ambas carreras y estamos hablando de universidades públicas de primer nivel como la UBA o en profesorados tradicionales como el ex INEF. En función de tal comprobación y de poder contar con un programa acorde con las necesidades reales, es que me propuse escribir el primer libro allá por el 2003. Allí fue donde el dueño de la Editorial más reconocida de aquel momento en materia de actividad física y deportes “Stadium”, identificó claramente ese vacío y acompañó la propuesta.
–Por cada tragedia, se impulsa una ley, como si no pudiéramos prever esas situaciones…
-La necesidad de acudir a una ley implica el fracaso de todo intento educativo. Otro momento fue frente a la tragedia del Cerro Ventana en 2002 donde en las primeras horas se habló de una fatalidad o de un caso fortuito y luego se comprobó que fue una cadena de improvisaciones y malas decisiones las que generaron tantas pérdidas de vidas jóvenes. Allí es donde uno se pregunta ¿qué puedo hacer desde mi lugar, para evitar que algo tan doloroso vuelva a suceder? El tener que imponer una norma para obligar al cuidado, demuestra la falta de cultura preventiva que posee la población en general. Si fuéramos una sociedad más desarrollada en ese aspecto, la sanción de una regla jurídica no haría falta. Mientras tanto, ese parece ser el único camino -por fórceps- para poder tomar decisiones e internalizar ciertos hábitos.
-En el libro abordas la responsabilidad civil y legal de docentes, directivos y titulares de instituciones. ¿Qué aspectos suelen desconocerse?
-El principal escollo es el desconocimiento. El no saber cómo actuar ante determinadas circunstancias. Hay una inmensa cantidad de docentes no formados al respecto, a lo largo y a lo ancho de nuestro país. Los profesores de Educación Física suelen ser excelentes metodólogos y muchas veces encuentran vías creativas para enseñar. Suelen ser docentes queridos por sus alumnos, que tienen en el movimiento a un aliado distintivo. Entonces, solo hace falta dotarlos del conocimiento. Hay cierto etiquetamiento social de falta de profundidad en su quehacer. En mi experiencia de varias décadas, cuando se sube la vara, el docente responde. Cuando saben qué hacer (cómo minimizar riesgos, cómo actuar en caso de accidente, qué tener en cuenta prioritariamente a la hora de tomar decisiones), la situación cambia diametral y favorablemente. Se vuelven actores operativos de la prevención, porque comprenden que así cuidan a sus alumnos, a su profesión y así mismos.
“La necesidad de acudir a una ley implica el fracaso de todo intento educativo. Si fuéramos una sociedad más desarrollada en ese aspecto, la sanción de una regla jurídica no haría falta”.
Marcelo Angriman
-Muchos accidentes, como este mismo, ocurren en contextos recreativos. ¿Cómo se traslada la responsabilidad en esos escenarios donde conviven actores públicos, privados y organizaciones comunitarias?
-Es importante entender que tales actividades en general son emprendidas por instituciones y son responsables tanto por los hechos dañosos de sus dependientes como por las cosas riesgosas o viciosas de las que son dueños o guardianes. Si cada institución se hiciera cargo de capacitar a su personal en estas temáticas y estos actuaran en sinergia con quien les da trabajo, la probabilidad de ocurrencia de siniestros decaería significativamente. El mayor enemigo de la prevención es la falta de planificación.
-¿Cómo se enseña la prevención sin caer en el miedo o en la burocratización de la práctica deportiva?
-La prevención se debe enseñar, aprender y entrenar desde chicos. Ello exige de una didáctica más profunda que un concepto legal o el amarillismo que a nada conduce. Cuando un niño pica la pelota en un partido de básquet, está pendiente del control del balón, pero también del movimiento de sus adversarios y compañeros. Ve lo que pasa adelante, al costado y atrás en un contexto dinámico. Con toda esa información, luego debe decidir si cierra el bote, pasa o lanza. Para ello hay que dotarlo de ciertos criterios y fundamentos. En materia de prevención pasa lo mismo. Porque prevenir es, en definitiva, tener una visión periférica de la vida. Un advertir la presencia del otro y eso debe ser trabajado desde la infancia. Hoy asusta ver cómo hay niños, adolescentes o jóvenes circulando pendientes del celular, con autos que rozan su humanidad sin inmutarse o personas que por sacarse una selfie de su ombligo en lugares dopamínicos, pierden la vida como zonzos.
La enseñanza de la prevención no tiene por qué ser algo rígido y aburrido. Hay muchas actividades dinámicas, participativas y transversales, que permiten alcanzar tal fin. Cuando ello se logra mejora el clima de las instituciones educativas y ello luego se transporta a la vida en sociedad. En la cátedra a mi cargo junto a profesores ayudantes, hacemos dinámicas de roles, contrapuntos, defensas de argumentos, asociación con imágenes y situaciones, simulaciones, juicios de valor sobre noticias de actualidad, elaboramos campañas y hasta un repaso general en la última clase con formas jugadas en movimiento sin perder jamás, la calidad técnica de los temas tratados. Postulamos siempre que “no se debe dejar de hacer, sino hacer mejor”. De no improvisar y de tener en consideración al otro. De no utilizar estas cuestiones como excusa para el no hacer.
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