Ley bumerán
El gobierno kirchnerista confeccionó la ley de Medios con un solo propósito: vengarse del Grupo Clarín por haberlo “traicionado”, privándolo de ingresos y obligándolo a desmembrarse. Si bien, como es su costumbre, los propagandistas oficiales y sus aliados académicos procuraron hacer pensar que la ley serviría para “democratizar” el periodismo nacional, los operadores gubernamentales no prestaron demasiada atención a detalles que a su entender serían meramente decorativos, puesto que lo único que les interesaba era asestar un golpe demoledor al multimedios. Parecería que cometieron un error grave. Aunque no cabe duda de que los kirchneristas han conseguido herir al enemigo, también han entregado a la oposición un arma que ya ha comenzado a usar en su contra. Sobre la base del fallo reciente de la Corte Suprema, radicales, peronistas disidentes, izquierdistas y miembros de PRO insisten en que el gobierno tendrá que tratar a los medios oficiales y paraoficiales de la misma forma que al Grupo Clarín o, como diría el juez neoyorquino Thomas Griesa, que se aplique la ley pari passu. Mientras el kirchnerismo conserve la mayoría en ambas cámaras del Congreso, el gobierno podría continuar mofándose de quienes le exijan cumplir con la ley, lo que supondría cambios mucho más drásticos que los previstos por los “militantes” que festejaron el fallo de la Corte, pero de abandonar las filas oficiales un puñado de diputados y senadores en los meses próximos, no tardaría en encontrarse en problemas. En las elecciones del 27 de octubre, una mayoría impresionante se alejó del oficialismo debido no sólo a su incapacidad manifiesta para manejar la economía con un mínimo de eficacia sino también a la arbitrariedad rencorosa que es una de sus características más llamativas. Muchos miembros de la clase política permanente han entendido lo que el electorado quiso decir. Para adaptarse a la situación nueva, están acercándose a movimientos embrionarios, como el encabezado por Sergio Massa, que se afirman pluralistas y respetuosos de las opiniones ajenas. Por razones que tienen más que ver con el realismo político que con sus eventuales preferencias ideológicas, los deseosos de romper con el kirchnerismo aprovecharán la negativa oficial a respetar la ley de Medios prohijada por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Se trataría de una forma de justificar tanto su propia adhesión al kirchnerismo cuando aún disfrutaba del apoyo popular como su voluntad tardía de vincularse con una alternativa. Para desconcierto de los militantes kirchneristas, Clarín logró quitar dramatismo al conflicto al dejar saber que intentaría adecuarse a la ley dividiéndose en seis partes. Por lo tanto, los beneficios políticos derivados de lo que el gobierno creyó un triunfo épico serán escasos; la guerra entre los kirchneristas y el multimedios, que de todos modos sólo llegó a apasionar a una pequeña minoría, perderá visibilidad, ya que en adelante no será tan fácil acusarlo de resistirse a acatar una ley avalada por el Congreso, privilegio éste que acaba de heredar el gobierno de Cristina al que, como subrayó la Corte, le corresponde repartir la pauta publicitaria de manera equitativa, desistiendo de discriminar entre amigos y enemigos, además de resignarse al despedazamiento de grupos que han prosperado merced a los costosísimos favores oficiales que los ayudaron a alcanzar sus dimensiones actuales. Huelga decir que los kirchneristas nunca tuvieron intención alguna de permitir que se aplicara la ley de Medios pari passu. Sin confesarlo en público, estaban tan convencidos como el que más de que se trataba de una “ley Clarín” y que, una vez derribado el gigante, podrían archivarla. Tal actitud era realista hasta hace algunos meses, ya que el grueso de la ciudadanía aprobaba el autoritarismo caprichoso del gobierno, pero no lo es en absoluto desde que las primarias de agosto confirmaron que el cambio de clima político es mucho más que una ilusión opositora, como habían imaginado los militantes más resueltos. Lo entiendan o no los oficialistas, la batalla por la ley de Medios no concluyó con la derrota de Clarín. Antes bien, entró en una nueva fase en que el gobierno mismo se encuentra en el lugar incómodo que durante años se ubicó el multimedios odiado.
El gobierno kirchnerista confeccionó la ley de Medios con un solo propósito: vengarse del Grupo Clarín por haberlo “traicionado”, privándolo de ingresos y obligándolo a desmembrarse. Si bien, como es su costumbre, los propagandistas oficiales y sus aliados académicos procuraron hacer pensar que la ley serviría para “democratizar” el periodismo nacional, los operadores gubernamentales no prestaron demasiada atención a detalles que a su entender serían meramente decorativos, puesto que lo único que les interesaba era asestar un golpe demoledor al multimedios. Parecería que cometieron un error grave. Aunque no cabe duda de que los kirchneristas han conseguido herir al enemigo, también han entregado a la oposición un arma que ya ha comenzado a usar en su contra. Sobre la base del fallo reciente de la Corte Suprema, radicales, peronistas disidentes, izquierdistas y miembros de PRO insisten en que el gobierno tendrá que tratar a los medios oficiales y paraoficiales de la misma forma que al Grupo Clarín o, como diría el juez neoyorquino Thomas Griesa, que se aplique la ley pari passu. Mientras el kirchnerismo conserve la mayoría en ambas cámaras del Congreso, el gobierno podría continuar mofándose de quienes le exijan cumplir con la ley, lo que supondría cambios mucho más drásticos que los previstos por los “militantes” que festejaron el fallo de la Corte, pero de abandonar las filas oficiales un puñado de diputados y senadores en los meses próximos, no tardaría en encontrarse en problemas. En las elecciones del 27 de octubre, una mayoría impresionante se alejó del oficialismo debido no sólo a su incapacidad manifiesta para manejar la economía con un mínimo de eficacia sino también a la arbitrariedad rencorosa que es una de sus características más llamativas. Muchos miembros de la clase política permanente han entendido lo que el electorado quiso decir. Para adaptarse a la situación nueva, están acercándose a movimientos embrionarios, como el encabezado por Sergio Massa, que se afirman pluralistas y respetuosos de las opiniones ajenas. Por razones que tienen más que ver con el realismo político que con sus eventuales preferencias ideológicas, los deseosos de romper con el kirchnerismo aprovecharán la negativa oficial a respetar la ley de Medios prohijada por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Se trataría de una forma de justificar tanto su propia adhesión al kirchnerismo cuando aún disfrutaba del apoyo popular como su voluntad tardía de vincularse con una alternativa. Para desconcierto de los militantes kirchneristas, Clarín logró quitar dramatismo al conflicto al dejar saber que intentaría adecuarse a la ley dividiéndose en seis partes. Por lo tanto, los beneficios políticos derivados de lo que el gobierno creyó un triunfo épico serán escasos; la guerra entre los kirchneristas y el multimedios, que de todos modos sólo llegó a apasionar a una pequeña minoría, perderá visibilidad, ya que en adelante no será tan fácil acusarlo de resistirse a acatar una ley avalada por el Congreso, privilegio éste que acaba de heredar el gobierno de Cristina al que, como subrayó la Corte, le corresponde repartir la pauta publicitaria de manera equitativa, desistiendo de discriminar entre amigos y enemigos, además de resignarse al despedazamiento de grupos que han prosperado merced a los costosísimos favores oficiales que los ayudaron a alcanzar sus dimensiones actuales. Huelga decir que los kirchneristas nunca tuvieron intención alguna de permitir que se aplicara la ley de Medios pari passu. Sin confesarlo en público, estaban tan convencidos como el que más de que se trataba de una “ley Clarín” y que, una vez derribado el gigante, podrían archivarla. Tal actitud era realista hasta hace algunos meses, ya que el grueso de la ciudadanía aprobaba el autoritarismo caprichoso del gobierno, pero no lo es en absoluto desde que las primarias de agosto confirmaron que el cambio de clima político es mucho más que una ilusión opositora, como habían imaginado los militantes más resueltos. Lo entiendan o no los oficialistas, la batalla por la ley de Medios no concluyó con la derrota de Clarín. Antes bien, entró en una nueva fase en que el gobierno mismo se encuentra en el lugar incómodo que durante años se ubicó el multimedios odiado.
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