Liberalismo y neoliberalismo
Opinión
El liberalismo no goza de buena prensa. Y por eso defenderlo es remontar una dura cuesta intelectual de prejuicios y desconocimiento. Para hacerlo, una primera distinción fundamental afirma que el liberalismo es una suma de principios superiores, filosóficos, políticos, morales y de derechos, del que luego se derivan principios de una sana economía política. Por su parte, el neoliberalismo, cualquiera sea su descripción, se mueve principalmente en el ámbito de la economía y no afecta a los principios liberales clásicos. De allí que dentro del terreno de la economía se debe diferenciar una sana economía política, basada en los pilares del liberalismo, del neoliberalismo. El Estado de bienestar es el gran logro de Occidente en la posguerra. Todas las fuerzas políticas en las naciones desarrolladas contribuyeron a crearlo y todas vivieron, hasta la crisis del petróleo en 1973, una era de prosperidad e igualdad social única en la historia de la humanidad, de la que la Argentina quedó al margen por las pésimas políticas aplicadas a partir de 1946. La crisis afectó a la economía mundial como no se conocía desde 1930 (tuvo una segunda fase aguda en 1979). El impacto del abrupto incremento de los precios del petróleo produjo una elevación sin precedentes de la tasa de inflación. En el mundo se comenzó a hablar de estanflación, es decir una funesta combinación de estancamiento e inflación elevada. Bajo la presidencia de Carter, el índice de precios alcanzó el 13,5% anual, un número exorbitante para los estadounidenses (la tasa de descuento de la Reserva Federal llegó a un sideral 21,5%). Este descalabro económico le dejó servida la presidencia a Ronald Reagan, quien asumió en 1981. Cuando se retiró en 1989, el índice de inflación había bajado al 4,8%. En Gran Bretaña las cosas no funcionaban mejor: en 1975, el índice de inflación había trepado hasta el 24,2% y mantenido en dos dígitos incluso con Margaret Thatcher en el poder desde 1979. Al final de su mandato, se había reducido al 7%. Mencionamos estos antecedentes porque se olvida el shock que significó la política de alza de precios de la OPEP. La revolución conservadora que llevaron adelante Thatcher y Reagan produjo indicadores positivos en crecimiento del PBI y reducción del desempleo. Pero al lado de estos datos positivos, corresponde mencionar los negativos, principalmente el fuerte aumento de la desigualdad entre los diferentes estratos de la población, que significó un debilitamiento de la filosofía del Estado de bienestar. Un dato que con justicia es el flanco débil expuesto de sus políticas y que dio origen al término neoliberalismo. Existe consenso en que el neoliberalismo persiguió los siguientes objetivos: 1) reducir la intervención del Estado en la economía, liberando y desregulando mercados; 2) reducir el gasto público y promover la privatización de empresas del sector público; 3) combatir la inflación, restringiendo la oferta monetaria e incrementando la tasa de interés; 4) reducir los impuestos para alentar la inversión y el crecimiento; 5) impulsar la apertura de la economía, tanto para flujos comerciales como financieros; 6) flexibilizar las relaciones laborales. El corolario de estos puntos desembocó en que el neoliberalismo se resumía en su intento de debilitar el Estado de bienestar. Pero el problema es que al imponerse una visión negativa del neoliberalismo se englobó en la misma zona oscura al tradicional liberalismo económico de Occidente. Y ni qué decir de que se afectó al liberalismo como corriente de pensamiento y doctrina política que ha traído los mayores beneficios a la humanidad. El liberalismo económico en el siglo XXI equivalente a una sana economía política, sigue basándose en muy pocos principios básicos que ninguna de las naciones que desarrollaron el Estado de bienestar dejaron de aplicar nunca. • Primer principio: la vigencia del Estado de derecho y la seguridad jurídica de la propiedad y los contratos. • Segundo principio: el funcionamiento del mercado como único procedimiento conocido para fijar precios, determinar incentivos y promover la competencia. Póngale el lector todas las regulaciones que desee y verá que, por debajo de ellas, el mercado es todavía hoy la clave de la economía occidental. • Tercer principio: el mantenimiento a largo plazo y sustentable de tasas reducidas de inflación. Esto es todo lo que el liberalismo económico defiende. Sin estos tres pilares no se puede afirmar que existe en un país una economía basada en principios liberales. Ni tampoco podría existir sin ellos el Estado de bienestar. Por supuesto, a partir de estos tres pilares se abren distintas combinaciones de economía política. Algunas más sanas que otras. Habrá opciones más proteccionistas y otras más aperturistas. Estarán quienes apliquen tasas impositivas más progresivas. Algunas opciones darán un rol más activo al Estado, como en Europa donde los gobiernos proveen, por ejemplo, sistemas nacionales de salud, administran empresas, etc. Y otros que delegan esas funciones o servicios o producción en mayor medida en la actividad privada. Pero cualquiera que sea la combinación, los tres pilares del liberalismo económico estarán siempre presentes. El liberalismo político y económico es una doctrina integral que excede que se adopten ciertas medidas de gobierno en particular. Privatizar no convierte de por sí en liberal a un político. El venerable liberalismo, incluso el liberalismo económico que resumimos con sus tres principios básicos, alumbró la democracia liberal y la sigue sosteniendo a pesar de quienes lo critican por emparentarlo con el reciente neoliberalismo. Quienes lo hacen, por intencionalidad ideológica o por desidia intelectual, no comprenden que el propio Estado de bienestar no existiría sin el liberalismo político, sin su visión filosófica y sin los pilares de su vertiente económica. El neoliberalismo ha surgido como una reacción económica frente a ciertos y determinados excesos del estatismo y debido a la crisis del petróleo que llevó a privilegiar el equilibrio de las variables macroeconómicas por sobre la microeconomía de las personas. Se trata de una variante puntual y localizada en un momento de crisis del Estado de bienestar. La sociedad liberal contuvo en sí las potencias para transformarse y evolucionar desde la cruda economía manchesteriana a la sociedad más integrada del siglo XX. Por eso, cabe esperar que la potencia de cambio que traen en su seno la libertad y la democracia como bases de organización social aporte soluciones para los problemas que la humanidad afronta en el siglo XXI. Quienes piensen que los principios liberales todavía tienen mucho para dar de sí deberán defenderlos de la ola de infundios que los deforman. La retórica de los críticos del liberalismo han encontrado en la crítica al neoliberalismo el caballo de Troya para arruinar la concepción liberal de la sociedad. Con ingenuidad, o cuando menos con pasividad, el pensamiento liberal se ha enredado en esta disputa mal planteada y en buena medida la ha perdido. Se ha bastardeado uno de los vocablos que más han hecho por el bienestar y la libertad de la gente. Se pretenden asociar al liberalismo, con algunos de los rasgos del neoliberalismo, sugiriendo que son lo mismo, para así poder atacarlo a traición. (*) Historiador
alejandro poli gonzalvo (*)
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