Lluvia ácida
Por Jorge Gadano
El discurso político de la crisis es una lluvia ácida, densa, viscosa y constante, que derrama sobre la Argentina palabras que reclaman confianza, optimismo, esperanza. Pero son sólo palabras en las que ya nadie cree, portadoras de promesas que, reiteradas a intervalos cada vez más breves, sólo encuentran por respuesta gestos de agobio, cuando no una catarata de insultos.
Por lo general, así se les abren las puertas a los líderes providenciales, que barren con los residuos de democracia que aún sobreviven. Las palabras se devalúan, caen envueltas en la degradación general.
¿No fue uno de esos líderes providenciales el que llegó al poder montado en la consigna «mejor que decir es hacer y mejor que prometer es realizar»? Dicho de otra manera: obras, no palabras. Fue al finalizar una década, la llamada «Infame». Luego, durante la década siguiente, el líder habló sin parar durante otra década para exaltar sus obras.
A la salida de otra década tanto o más infame que aquélla, nada pueden hacer las palabras. La esperanza es lo último que se pierde, pero también se pierde. Se suceden sin solución de continuidad, adocenados, mensajes de De la Rúa, Cavallo, ministros, gobernadores, generalmente para ayudar a digerir el «paquete» que, dicen que esta vez sí, será el último. Tal vez lo sea, pero no porque resulte exitoso, sino porque en su caída se lleve al gobierno consigo.
Tienen mucho en común esos mensajes, dichos siempre en tono grave, indispensable para reflejar la preocupación de quien manda por «la gente». Hablan de los esfuerzos realizados, de enemigos de la Argentina, de la culpa de los otros, naturalmente de la esperanza, de no mirar hacia atrás.
El vocero de la Presidencia, Juan Pablo Baylac, aportó, aun sin proponérselo, al humor negro nacional, cuando dijo que «la gente va a descubrir un nuevo De la Rúa».
Viéndolo bien, ese nuevo De la Rúa pudo ser descubierto después de las elecciones del 14 de octubre. Se lo ve ahora con mayor nitidez, desapoderado, con el Congreso en manos de la oposición y la Alianza que lo llevó al poder virtualmente disuelta.
De la Rúa es, según la Constitución, el «jefe supremo de la Nación». Es como si la hubiera redactado Baylac. Tiene los símbolos del poder: la Casa Rosada, la residencia de Olivos, ministros, secretarios, Casa Militar, Granaderos. Pero cada vez «puede» menos. Como tantas veces en la Argentina, la ley fundamental no es más que «una hoja de papel». El artículo 14 dice que quienes habitamos este país tenemos el derecho a «usar y disponer» de nuestra propiedad (siempre que nos haya quedado algo). «¿Y no dice, acaso, en su artículo 17, que «la propiedad es inviolable», y que «ningún habitante de la Nación puede ser privado de ella, sino en virtud de sentencia fundada en ley»?
Es un poder que no puede el que intenta ejercer De la Rúa. Desde que, en 1999, asumió la Presidencia de la Nación, el primer mandatario se apartó del mandato recibido, perdió a su vicepresidente, perdió a la alianza política que lo llevó al poder, perdió las elecciones legislativas, perdió el rumbo. Y lo más grave en un sistema capitalista: perdió el respeto al derecho de propiedad. ¿Qué le queda por perder?
La Argentina es el país donde Ripley sería el autor más leído. Porque, aunque usted no lo crea, en esta patria que ofrece de todo y para todos los gustos, hay personas cuyo pensamiento (si se le puede llamar así) está a la derecha del que ha orientado los pasos presidenciales. Es el que, desde una emisora de gran potencia y nutrida audiencia, habla de «la república soviética de Argentina».
Como pasó en la Alemania de Weimar, todo parece planeado aquí para el regreso de un providencial. Si el poder se ha vaciado, alguien tiene que asumirlo. Los argentinos están dejando de creer que la peor democracia es preferible a una buena dictadura. Es lo que demuestra la enorme masa de votos blancos y nulos de las últimas elecciones.
Cuesta decirlo, pero en otros tiempos, cuando el poder se vaciaba estaban las Fuerzas Armadas para sacar las papas del fuego. Es éste, naturalmente, un modo de decir, porque lo que en realidad pasaba es que nuestra clase denominada «dirigente» las empujaba hacia la Casa Rosada haciéndoles creer que Dios les había asignado la misión histórica de salvar al país del comunismo o de alguna otra plaga parecida. Entonces allá iban, para llevarnos a un desastre cada vez mayor. Pero ahora, ya ni eso. Si bien las familias todavía asisten a los desfiles que se hacen para celebrar los fastos patrióticos, es difícil creer que puedan aplaudir, o siquiera consentir resignadamente, un nuevo golpe militar encabezado por sujetos tan desvaídos como Onganía o Videla (ni hablar de Galtieri).
Quizás no sea más que una fantasía nacida del deseo, pero tampoco se puede descartar que los militares, al cabo de tanta dictadura frustrada, hayan aprendido de la experiencia y, en un rapto de lucidez, digan que no cuando, una vez más, se les abran las puertas de la Rosada. Será entonces la hora del «providencial» o, en su defecto, quién sabe.
Se nos dirá que el justicialismo ya se está preparando para regresar al poder. Bastaría con haber visto en este diario a Sergio Gallia junto a Ramón Puerta, felices los dos frente a las cámaras, en la celebración de la llegada del misionero a la virtual vicepresidencia de la República. Muchas veces la desesperación necesita del olvido y, si todos dicen que nunca fueron menemistas, habrá muchos dispuestos a creerles. Pero, como quiera que sea, el relevo tendría que producirse antes del 2003. El desenlace no puede esperar tanto.
El discurso político de la crisis es una lluvia ácida, densa, viscosa y constante, que derrama sobre la Argentina palabras que reclaman confianza, optimismo, esperanza. Pero son sólo palabras en las que ya nadie cree, portadoras de promesas que, reiteradas a intervalos cada vez más breves, sólo encuentran por respuesta gestos de agobio, cuando no una catarata de insultos.
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