Lo que el deterioro frutícola les arrebató a dos productores

Ambos pertenecen a una segunda generación de chacareros que se asentaron en la zona de Puente Suspiro y cuentan aquí sus penurias. Resistir precariamente o vender la tierra parecen ser para ellos las únicas opciones a una actividad que fue floreciente hasta los 70 y luego sólo decayó.

Redacción

Por Redacción

Dos pequeños productores cipoleños relatan en primera persona cómo viven en tiempos de crisis. Salvador Micieli lleva 15 años sin producir y sus cinco hectáreas son una sombra de lo que fueron. Aldo Bessegato se hizo cargo de sus cuatro hectáreas que compró hace casi 40 años, este año fue el último que cosechó. “No da para más”, dice.

Salvador batalla la crisis con una sonrisa contagiosa y una jauría de perros flacos que miran con atención cada movimiento. Mezcla de sangre italiana y yugoslava, el hombre de 72 años siempre vivió en el mismo lugar; la chacra en Puente Suspiro, camino adentro sobre el kilómetro 7 de la Ruta 151. Un sendero de piedras separa chacras productivas de otras que muestran el ocaso de una actividad que sigue siendo el símbolo de la región: la fruticultura.

El padre de Salvador llegó de Italia escapando de la crisis europea y se instaló alrededor de 1930 en lo que en ese tiempo era una estancia que abarcaba hasta la zona de Ferri. “Esto era todo desierto”, dice el hombre mientras observa el campo que alguna vez pobló de manzanos con sus propias manos y hoy casi no tiene plantas: “Desde el 2002, más o menos, dejamos de producir. Ya no alcanzaba para mantener las plantas en pie”, recuerda.

Hubo épocas de florecimiento de la actividad, pero “desde los 70” la situación comenzó a decaer. Hace 15 años que es una chacra improductiva y sobrevive como puede. “La jubilación no alcanza para nada, vendo lo que puedo. Leña no, la regalo cuando alguien me pide, pero vendo los postes”, desliza con los ojos llorosos producto del humo que sale de un tacho con fuego que utiliza para ahuyentar la crudeza del invierno. A pesar de la crisis y el abandono del lugar no quiere irse: “Yo no voy a vender, acá pasé toda mi vida”, dice con arraigo.

Salvador tiene dos hermanastros por parte de su madre quien llegó a Cipolletti desde la ex Yugoslavia, escapando de la Segunda Guerra Mundial, en la década del cuarenta. “Solo los conozco por fotos. En los 90 se perdió la comunicación”, expresa y desconoce si alguno sigue con vida. No tiene familia directa en la región, algunos primos y muchos amigos que cada tanto lo llevan de paseo a la cordillera, “un lugar que me encanta”.

La mejor producción que recuerda data de los setenta y asegura que de su chacra salieron 200.000 kilos de manzana. “La última época era ir a sufrir con los contratos, los cheques no estaban en fecha, era una novela poder cobrar. Con esa crisis nos quedamos sin plata y nos quedamos sin plantas”.

A cientos de metros de su casa de material hay un barrio cerrado, otra postal de la época, los loteos en chacras que alguna vez fueron productivas: “El progreso nos está comiendo, acá a pocos metros ya hay un barrio loteado, pero yo me quedo acá”, dice Salvador.

Aldo tiró la toalla

Los gusanos y otros seres vivos todavía disfrutan del banquete de la cosecha perdida meses atrás. Cientos de manzanas y peras alfombran los senderos en la chacra de Aldo, un productor que tiene cuatro hectáreas. “Con mucho dolor” asegura que la cosecha de marzo pasado “fue la última”.

“Los últimos tres años fueron muy malos y ahora hace tres meses que no me pagan la fruta que dejé”, sostiene. De pocas palabras pero contundentes, el hombre de 69 no necesita decir más; la crisis se observa de pies a cabeza.

En el último tramo de su terreno quedaron todas las peras en la planta, no pudo cosechar por la falta de recursos. “Perdí unos 40.000 kilos” dice.

Aldo, nacido en Cipolletti, es el único integrante de su familia que siguió los pasos de su padre como chacarero, no se arrepiente pero reconoce que si no hay “un cambio” no trabajará más la tierra.

El hombre llegó a la zona de Puente Suspiro en 1978. Tras varias décadas de bonanza, la situación comenzó a decaer y ahora se hizo insostenible. “En los últimos tres años perdí alrededor del 70% de la cosecha. No me dieron la liquidación y no terminaron de pagarme. La cosecha fue buena pero no me pagaron”, asegura. Dice que en plenitud cosechaba 220.000 kilos.

“Ya me cansé de cosechar en estas circunstancias. Se vino todo abajo”, expresa.

A diferencia de Salvador, la alternativa de vender está en sus planes. “Sí, es posible vender, alquilar no porque no es rentable. Sale más caro cosechar que lo que sale la fruta, no se puede”, asegura.

En un galpón guarda un limonero que saca de la tierra en cada otoño y lo vuelve a plantar con la llegada de la primavera. También hay un tractor que ya no usa porque no puede cambiar las ruedas traseras: “cambiarlas sale como 10.000 pesos” dice.

Como Salvador, Aldo se calefacciona a leña, a pesar que el gas natural está a unos 700 metros de distancia. Tampoco hay agua potable y el único servicio que tiene es la electricidad.

Cifras del pasado

“En los últimos tres años perdí alrededor del 70% de la cosecha. No me dieron la liquidación y no terminaron de pagarme. La cosecha fue buena pero no me pagaron”.

Aldo Bessegato, productor.

“Desde el 2002, más o menos, dejamos de producir. Ya no alcanzaba para mantener las plantas en pie. El progreso nos está comiendo, los loteos están muy cerca”.

Salvador Micieli, productor.

Datos

200.000 kg
y 220.000 kilos de manzanas fueron las mejores cosechas de estos productores en los años setenta.
“En los últimos tres años perdí alrededor del 70% de la cosecha. No me dieron la liquidación y no terminaron de pagarme. La cosecha fue buena pero no me pagaron”.
“Desde el 2002, más o menos, dejamos de producir. Ya no alcanzaba para mantener las plantas en pie. El progreso nos está comiendo, los loteos están muy cerca”.

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