Lo que no se hizo en 10 años
Más preocupados por el impacto político del desastre ferroviario de Castelar, en el que murieron tres personas y más de trescientas resultaron heridas, algunas de gravedad, que por las deficiencias evidentes de su propia gestión, distintos voceros del gobierno nacional están tratando de atribuirlo a la fatalidad, al maquinista o a una oscura conspiración. No quieren reconocer que el estado penoso de los servicios públicos se debe en buena medida a la voluntad oficial de politizar virtualmente todo. La presidenta Cristina Fernández de Kirchner dijo sentir “un poquito de bronca e impotencia” ante lo ocurrido en Castelar, como si se tratara de algo totalmente desvinculado de su forma de gobernar, además de recordarnos que ella sí sabe que “el dolor es parte de la vida”, mientras que el ministro del Interior y Transporte, Florencio Randazzo, insistió en que sería muy injusto pedir “que en un año cambiemos lo que no se hizo en 50”. Parecería que Randazzo, que tiene buenos motivos para temer que el “accidente o siniestro” lo perjudique frente al electorado bonaerense, ha olvidado que el gobierno kirchnerista, del cual es un integrante destacado, ha estado en el poder desde hace más de diez años, una “década ganada” en la que el país, beneficiado por una coyuntura internacional insólitamente favorable, ha recibido recursos más que suficientes como para permitirle dotarse de un sistema ferroviario un tanto más moderno que el existente. Tiene razón el ministro cuando señala que sería poco razonable culparlo por “50 años” de desidia, pero sucede que de aquellos años, nueve transcurrieron con Néstor Kirchner o su viuda instalados en la Casa Rosada. La condición lamentable del transporte público es la consecuencia previsible del escaso interés de los kirchneristas en tratar de solucionar problemas concretos. Subordinan todo al “relato”. A su entender el éxito político depende de la propaganda, de suerte que les parece lógico gastar cantidades fenomenales de dinero público en la difusión de su propio ideario. Atribuyen todos los males del país al accionar perverso de oligarcas, neoliberales, fondos buitre, el Grupo Clarín y “el mundo”, pero no hacen ningún esfuerzo por remediarlos. Por el contrario, parecería que la presidenta prefiere la inoperancia administrativa a la eficiencia, razón por la cual obliga a los formalmente encargados de las distintas áreas a dejarse acompañar por un especie de comisario político cuya tarea consiste en hacerles la vida imposible. Aunque los kirchneristas se afirman resueltos a ampliar el papel del Estado en la vida nacional, raramente dejan pasar una oportunidad para impedir que los ministros a cargo de las diversas reparticiones cumplan de manera adecuada sus funciones básicas. Además de suponer que “el relato” debería ser más que capaz de encubrir todas las deficiencias concretas, el gobierno de Cristina que, de tomarse en serio su imagen, se imagina izquierdista y progresista, es un partidario fervoroso de la peor variante concebible del capitalismo, el “de los amigos”, que es típico de los países atrasados más corruptos. Según el esquema casi feudal así calificado, a cambio de subsidios cuantiosos, empresarios contratistas de mentalidad cortesana pueden convertir servicios públicos en máquinas de hacer dinero sin sentirse constreñidos a mejorarlos, ya que sus ingresos dependen de su presunta “lealtad” hacia políticos determinados. Hace 16 meses, medio centenar de pasajeros de un tren del ferrocarril Sarmiento que chocó contra el paragolpes en la estación de Once pagaron con sus vidas los costos del sistema aberrante elegido por el kirchnerismo, mientras que más de 700 quedaron heridos, muchos de suma gravedad. El jueves pasado, hubo otro accidente menos mortífero pero así y todo terrible de un tren de la línea Sarmiento. ¿Será el último? No hay razón alguna para creerlo. Mientras el gobierno se resista a tomar en serio el desafío planteado por la necesidad de renovar la infraestructura vetusta que, por cierto, no se limita al transporte público, que tenemos luego de “50 años” de negligencia gubernamental, de tal forma asumiendo plenamente sus responsabilidades, los accidentes ferroviarios continuarán produciéndose, lluvias intensas seguirán provocando inundaciones catastróficas y, en otros ámbitos, la falta de controles asegurará que haya más desastres que podrían haberse evitado.
Más preocupados por el impacto político del desastre ferroviario de Castelar, en el que murieron tres personas y más de trescientas resultaron heridas, algunas de gravedad, que por las deficiencias evidentes de su propia gestión, distintos voceros del gobierno nacional están tratando de atribuirlo a la fatalidad, al maquinista o a una oscura conspiración. No quieren reconocer que el estado penoso de los servicios públicos se debe en buena medida a la voluntad oficial de politizar virtualmente todo. La presidenta Cristina Fernández de Kirchner dijo sentir “un poquito de bronca e impotencia” ante lo ocurrido en Castelar, como si se tratara de algo totalmente desvinculado de su forma de gobernar, además de recordarnos que ella sí sabe que “el dolor es parte de la vida”, mientras que el ministro del Interior y Transporte, Florencio Randazzo, insistió en que sería muy injusto pedir “que en un año cambiemos lo que no se hizo en 50”. Parecería que Randazzo, que tiene buenos motivos para temer que el “accidente o siniestro” lo perjudique frente al electorado bonaerense, ha olvidado que el gobierno kirchnerista, del cual es un integrante destacado, ha estado en el poder desde hace más de diez años, una “década ganada” en la que el país, beneficiado por una coyuntura internacional insólitamente favorable, ha recibido recursos más que suficientes como para permitirle dotarse de un sistema ferroviario un tanto más moderno que el existente. Tiene razón el ministro cuando señala que sería poco razonable culparlo por “50 años” de desidia, pero sucede que de aquellos años, nueve transcurrieron con Néstor Kirchner o su viuda instalados en la Casa Rosada. La condición lamentable del transporte público es la consecuencia previsible del escaso interés de los kirchneristas en tratar de solucionar problemas concretos. Subordinan todo al “relato”. A su entender el éxito político depende de la propaganda, de suerte que les parece lógico gastar cantidades fenomenales de dinero público en la difusión de su propio ideario. Atribuyen todos los males del país al accionar perverso de oligarcas, neoliberales, fondos buitre, el Grupo Clarín y “el mundo”, pero no hacen ningún esfuerzo por remediarlos. Por el contrario, parecería que la presidenta prefiere la inoperancia administrativa a la eficiencia, razón por la cual obliga a los formalmente encargados de las distintas áreas a dejarse acompañar por un especie de comisario político cuya tarea consiste en hacerles la vida imposible. Aunque los kirchneristas se afirman resueltos a ampliar el papel del Estado en la vida nacional, raramente dejan pasar una oportunidad para impedir que los ministros a cargo de las diversas reparticiones cumplan de manera adecuada sus funciones básicas. Además de suponer que “el relato” debería ser más que capaz de encubrir todas las deficiencias concretas, el gobierno de Cristina que, de tomarse en serio su imagen, se imagina izquierdista y progresista, es un partidario fervoroso de la peor variante concebible del capitalismo, el “de los amigos”, que es típico de los países atrasados más corruptos. Según el esquema casi feudal así calificado, a cambio de subsidios cuantiosos, empresarios contratistas de mentalidad cortesana pueden convertir servicios públicos en máquinas de hacer dinero sin sentirse constreñidos a mejorarlos, ya que sus ingresos dependen de su presunta “lealtad” hacia políticos determinados. Hace 16 meses, medio centenar de pasajeros de un tren del ferrocarril Sarmiento que chocó contra el paragolpes en la estación de Once pagaron con sus vidas los costos del sistema aberrante elegido por el kirchnerismo, mientras que más de 700 quedaron heridos, muchos de suma gravedad. El jueves pasado, hubo otro accidente menos mortífero pero así y todo terrible de un tren de la línea Sarmiento. ¿Será el último? No hay razón alguna para creerlo. Mientras el gobierno se resista a tomar en serio el desafío planteado por la necesidad de renovar la infraestructura vetusta que, por cierto, no se limita al transporte público, que tenemos luego de “50 años” de negligencia gubernamental, de tal forma asumiendo plenamente sus responsabilidades, los accidentes ferroviarios continuarán produciéndose, lluvias intensas seguirán provocando inundaciones catastróficas y, en otros ámbitos, la falta de controles asegurará que haya más desastres que podrían haberse evitado.
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