¿Lobby… estás?
El 23 de marzo la London Review of Books publicó un artículo que ha levantado indignadas reacciones que no se aplacan desde entonces. «The Israel Lobby and U.S. Foreign Policy», un papel de trabajo en 40 páginas de texto, fue presentado por John Mearsheimer y Stephen Walt como una denuncia de la gravitación que ha cobrado un sistema interno de influencias en beneficio del Estado de Israel en las decisiones sobre política exterior del gobierno de Estados Unidos. La resonancia que ha alcanzado el documento se debe, como es obvio, a la importancia de lo que plantea y el actual especialísimo «momentum» geopolítico, pero tiene también que ver con la jerarquía académica de los autores (profesores en Chicago y Harvard respectivamente), su pertenencia a la escuela «realista» en política internacional de centroderecha, que privilegia el interés nacional como base de la política exterior y con el hecho de que el trabajo fue difundido por la Kennedy School of Government de la Universidad de Harvard.
Algunos de los datos que fundamentan esta denuncia de una «extraordinaria generosidad» del gobierno con otro Estado y han llevado a «una situación que no tiene igual en la historia política de América» son, entre muchos, los tres mil millones de dólares un parcial de 140 mil millones desde la guerra de Seis Días en 1967 como asistencia financiera anual que le asigna (a pesar de que es una economía próspera al nivel de España o Corea del Sur), el suministro irrestricto de tecnologías y armamento sofisticado como helicópteros Blackhawk y Jets F-16, el hecho de que ampara la existencia de armamento nuclear en el país y bloquea las iniciativas de poner la actividad israelí en la agenda de la AIEA, así como ha vetado desde 1982 treinta y dos resoluciones críticas para Israel en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Pero hay en este cañamazo complejísimo muchas cosas tan pesadas como esas y los autores no dudan en señalarlas una a una antes de afirmar que no existen, en cuanto a las relaciones de su país con el otro, argumentos morales o estratégicos que justifiquen el apoyo constante que se le brinda y la habilitación para operar sin restricciones en su región. La explicación está, según ellos, en el «unmatched power of the Israel Lobby», en el poder sin par del Lobby Israel.
¿Cómo está constituido ese poderoso grupo de interés? Su centro es el AIPAC (American Israel Public Affairs Committee), la organización más poderosa del país después de la Nacional del Rifle, y con la que se asocian cristiano-evangélicos como Jerry Falwell y Pat Robertson, neoconservadores como Paul Wolfowitz y William Kristol y varios «think-tanks» de derecha como el American Enterprise y el Hudson Institute. Su objetivo común es, según los autores, convencer a los americanos de que los intereses de su país y los de Israel son idénticos. Así también sostienen que el lobby ha creado un clima en el que cualquiera que llame la atención sobre su poder es considerado antisemita, un recurso para acallar por intimidación todo intento de análisis. «Esta es su arma más poderosa; cualquiera que critique las acciones de Israel o manifieste sospechas sobre influencia del AIPAC tiene chances de ser marcado como antisemita». Finalmente estos profesores hacen un llamado a un debate público sobre la influencia del lobby y las consecuencias que ha tenido para el lugar que Estados Unidos ocupa en el mundo.
Comentarios como éstos se han manifestado antes, se refirió, pero nunca en este tono y por representantes tan encumbrados del mundo académico. Y así de indignadas han sido algunas reacciones que llegan a calificar de «neonazis» a sus autores. En el «New York Sun», en «The Washington Post», en «The Wall Street Journal», prominentes intelectuales han manifestado rechazo o indignación. En el segundo, Eliot Cohen, de la Universidad de Estudios Internacionales Avanzados John Hopkins, acusó a Mearsheimer & Walt de intolerancia. Alan Dershowitz dijo en el tercero que tenía prueba de que ellos habían sacado información de sitios nazis de la web. Y hasta un hombre de izquierda como Noam Chomsky opinó que, aun admitiendo que los autores merecen crédito, sus tesis no resultan muy convincentes sobre todo al considerar otras influencias en la política exterior americana, como la de los países petroleros, o antecedentes de gobiernos republicanos sobre agresiones a países de Centroamérica. Más equilibradas parecen expresiones como las del diario liberal israelí «Haaretz» que juzga al trabajo como «un mensaje serio y perturbador», así como las de Tony Judt en «The New York Times» que se lamenta de tantas «respuestas histéricas». En «The Nation», Philip Weiss resalta que los autores apoyan la causa moral de la existencia de Israel pero advierten que no está en el interés de EE. UU. acompañarlo en su política territorial, señalando que muchos americanos pensaron que la guerra en Irak fue por petróleo pero en realidad fue motivada, en buena parte, por el deseo de hacer más seguro a Israel.
La conclusión de Michael Massing en «The New York Review» es que en su punto central el poder del lobby de Israel y el efecto negativo que ha tenido en la política de Estados Unidos Mearsheimer y Walt son enteramente correctos. Su análisis cierra con un párrafo que dice, luego de criticar las tácticas de intimidación utilizadas por el lobby contra los autores del trabajo: «A pesar de sus muchos defectos, el ensayo ha cumplido un servicio muy útil sacando al aire libre un asunto que por demasiado tiempo ha perdurado como tabú».
HECTOR CIAPUSCIO. Doctor en Filosofía.
Especial para «Río Negro»