Lógica anticuada

Como se encargan de recordarnos los piqueteros y negociadores gubernamentales, buena parte del país se quedó atrapada en otra época.

Redacción

Por Redacción

Hasta hace aproximadamente diez años, virtualmente cualquier sector social o económico, municipalidad e incluso una provincia entera, podían conseguir beneficios tangibles a través de una mezcla adecuada de amenazas, súplicas de solidaridad y promesas de lealtad. Este método tradicional funcionaba muy bien porque el reparto de los recursos aún dependía en buena medida de la política. Desde entonces, empero, mucho se ha modificado. Gracias a las privatizaciones, la deuda pública y la necesidad evidente de frenar el crecimiento de los gastos estatales, el gobierno ya no está en condiciones de ceder ante reclamos como hacía en los viejos tiempos. Hoy en día, la fuente principal de recursos «frescos» consiste forzosamente en las inversiones privadas, sean éstas los aportes colosales que podría traer una gran empresa multinacional o, lo que a la larga brindarían resultados aún más positivos, la suma de una multitud de inversiones minúsculas de empresas chicas.

Si bien el cambio así supuesto difícilmente podría ser más patente, pocos están dispuestos a darse por enterados. Como se han encargado de recordarnos tanto los piqueteros como los afanosos negociadores gubernamentales, para no hablar de los comentaristas mediáticos y los infaltables sermoneadores clericales, buena parte del país se ha quedado atrapada en otra época. Aunque el gobierno carece de dinero y el Estado no puede suministrar más que parches de eficacia limitada, sus representantes siguen hablando como si realmente estuvieran en condiciones de proveer «soluciones», mientras que los piqueteros reaccionan como si creyeran que aumentando la presión política obtendrían lo que dicen querer. Se trata de una farsa nada edificante que, de más está decirlo, sólo sirve para perpetuar la miseria.

Los motivos por los que el gobierno insiste en aferrarse a la ficción de que política iguala a «solución» para problemas de este tipo son evidentes. A los políticos les cuesta señalar que el futuro de la mayoría abrumadora de los habitantes del país será determinado por la evolución del sector privado. El gobierno ya se ve en bastantes dificultades a raíz de la propensión a vacilar del presidente Fernando de la Rúa. Y, claro está, casi todos los «dirigentes», además de los intelectuales y los religiosos, se han negado a abandonar su fe en el poder omnímodo de «la política» de producir «soluciones» para todos los problemas habidos y por haber, sean éstos culturales, éticos, sociales, económicos y hasta espirituales.

Las víctimas de este desfase son los más pobres, que confían en que los políticos progresistas, piqueteros combativos u obispos solidarios locales les abrirán una vía de escape de su situación actual. Por fortuna, ya se dan algunas excepciones, pero la mayoría de estos «dirigentes» no parece tener el menor interés en atraer inversiones a los lugares deprimidos. Por el contrario, hacen cuando pueden para convencer a los empresarios de que les sería suicida acercarse a extensas zonas del interior y del conurbano bonaerense. Lejos de intentar seducir a los inversores en potencia, lo que quieren hacer estos «defensores» de los miembros más pobres de la comunidad es aterrorizar a los empresarios informándoles que si cometieran el error de abrir una fábrica, una tienda, un taller u otro pequeño negocio en el vecindario no tardarían en verse aislados debido a los cortes de ruta y, con toda probabilidad, serían denunciados por explotadores por una horda de militantes políticos. Conforme a la lógica de antes, tal estrategia podría tener sus méritos: los líderes políticos, debidamente asustados, se apurarían a enviarles la ayuda que están reclamando. Conforme a la lógica del año 2001, en cambio, sus esfuerzos no pueden sino resultar contraproducentes, lo cual no preocupará demasiado a ciertos políticos profesionales, entre ellos los piqueteros y otros que se han erigido en personalidades bien conocidas, pero que para millones de pobres y depauperados constituye una tragedia, porque los priva de la posibilidad de que, poco a poco, los distritos en los que viven comenzaran a disfrutar de por lo menos un mínimo de prosperidad.


Hasta hace aproximadamente diez años, virtualmente cualquier sector social o económico, municipalidad e incluso una provincia entera, podían conseguir beneficios tangibles a través de una mezcla adecuada de amenazas, súplicas de solidaridad y promesas de lealtad. Este método tradicional funcionaba muy bien porque el reparto de los recursos aún dependía en buena medida de la política. Desde entonces, empero, mucho se ha modificado. Gracias a las privatizaciones, la deuda pública y la necesidad evidente de frenar el crecimiento de los gastos estatales, el gobierno ya no está en condiciones de ceder ante reclamos como hacía en los viejos tiempos. Hoy en día, la fuente principal de recursos "frescos" consiste forzosamente en las inversiones privadas, sean éstas los aportes colosales que podría traer una gran empresa multinacional o, lo que a la larga brindarían resultados aún más positivos, la suma de una multitud de inversiones minúsculas de empresas chicas.

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