Los años de destierro

Por Redacción

Jorge Boccanera

Destacado contador de historias, indagador del alma popular, Héctor Tizón, uno de los principales narradores argentinos, autor de “Fuego en Casabindo”, “La casa y el viento” y “Luz de las crueles provincias”, falleció ayer en su provincia, Jujuy, donde había nacido en 1929 y de la que solo lo sacaron su trabajo como diplomático en México y un exilio de seis años en España en tiempos de la dictadura militar. A propósito de esos años de destierro, le hice la entrevista que sigue. –¿Qué trabajos realizó afuera? –Los que pude, escribiendo. Los de pala y pico, no, porque no soy habilidoso para eso, y porque ya no era tan joven. –¿Cómo fue su vida cotidiana en el exterior? –A menudo, en España, trataba de no dejarme atrapar por la nostalgia, la furia o el rencor. A menudo no lo logré, sobre todo en los primeros años. Luego, creo que sí. Llegó un momento en que sentí que mi estado de ánimo cambiaba; me otorgaron la ciudadanía española, pero en el fondo nunca me abandonó el ominoso sentimiento de que la vida estaba en otra parte, donde la había dejado, y que yo no podía convertirme en otro. –¿Qué libros escribió en ese tiempo? –Durante los años de España, entre 1976 y 1982, escribí un montón de basura alimentaria aunque también, creo yo, alguna cosa aceptable. –Hay textos suyos, como “La casa y el viento” que se inscriben en ese tiempo, además de aludir al tema de las mudanzas… –El exilio no sólo está presente en “La casa y el viento” y en “Luz de las crueles provincias”, sino que me parece –ahora, en perspectiva– como una constante, una melodía que se va y regresa una y otra vez; por ejemplo en “El cantar del profeta y el bandido”, en “El hombre que llegó a un pueblo” y en varios relatos el exilio está aludido de una manera u otra. –¿Se escribe con la memoria? –Sí, creo que los instrumentos esenciales de un escritor de ficciones son la memoria y el oído. Todo lo que un narrador necesita lo tiene en sí acumulado, sólo debe recordar, estar atento; en cuando al oído me refiero al registro del habla, para ser fiel –en su esencia, no en su mera reproducción– a la lengua: es decir, a la materia con que un escritor elabora sus historias, esto es lo principal. –¿Cómo juega la oralidad de la gente en la respiración de su narrativa? –Una persona se hace sujeto en la oralidad; desde ella construye su vida, elabora su estilo de ser y estar, creando un mundo complejo y desbordante, que se ahormará más tarde en el transcurso de la escritura. La experiencia que se transmite de boca en boca es la fuente de los narradores. –Usted dijo una vez que era un voyeur del oído… –Los más grandes narradores son aquellos que menos se apartan en sus textos de la forma de contar de los numerosos narradores anónimos. Todo lo que aprendimos aquí, al menos hasta mi generación, de lo esencial de la vida, nos lo transmitieron hablando. (Télam)