Los beneficios del miedo

Redacción

Por Redacción

La estrategia que ha adoptado la presidenta Cristina Fernández de Kirchner a fin de limitar, en cuanto sea posible, los “costos políticos” del fracaso de su gestión hubiera impresionado mucho a Nicolás Maquiavelo. Mientras que la presidenta se esfuerza, con la ayuda entusiasta de Axel Kicillof y otros funcionarios, por dejar al próximo gobierno una economía en ruinas, voceros oficiales –entre ellos el gobernador bonaerense Daniel Scioli, que quiere contar con su bendición– advierten que, de reemplazarla en la Casa Rosada un dirigente opositor, no vacilaría en abolir la asignación universal por hijo y otros beneficios, depauperando aún más a los ya muy pobres. Sería difícil pensar en una maniobra más cínica pero, claro está, todo vale cuando el poder está en juego. Puesto que para mantener a flote la economía el gobierno tendría que abandonar el “modelo” kirchnerista, pero por una cuestión de orgullo Cristina no quiere hacerlo, el oficialismo no sólo está procurando sacar provecho de las desgracias que está provocando sino que está dándose motivos para continuar por el mismo camino, ya que parecería que ha hecho suya la vieja consigna leninista: cuanto peor, mejor. En efecto, al llegar los kirchneristas más fervorosos a la conclusión de que sería de su interés que el ganador de las elecciones presidenciales del año que viene se encuentre con un Banco Central vaciado de reservas, una tasa de inflación estratosférica y una recesión aún más profunda que la prevista, se sienten con derecho a despilfarrar el dinero que todavía queda sin preocuparse en absoluto por las consecuencias sociales. Al fin y al cabo, creen que les convendría que millones de familias cayeran en la indigencia. Los ingresos de los habitantes del país dependen menos de la voluntad, buena o mala, de los gobernantes de turno que del estado de la economía nacional. Todos los candidatos presidenciales opositores juran que no se les ocurriría privar a la gente de los beneficios magros a los que se ha acostumbrado, pero aun cuando estén resueltos a honrar tales promesas, no hay garantía alguna de que tengan los recursos necesarios, ya que, a juzgar por su conducta, el gobierno kirchnerista se ha propuesto asegurar que no les sea posible mantener el gasto público al nivel actual. Si Cristina quisiera entregar a su sucesor una economía viable, estaría tratando de frenar la inflación desbocada y desistiendo de tomar medidas que sólo sirven para impedir que los empresarios se arriesguen invirtiendo más dinero o creando más fuentes de trabajo, además de hacer un esfuerzo por reconciliarse con los mercados de capitales del resto del mundo. En algunos países, un gobierno que hiciera de la irresponsabilidad su principio rector pagaría un precio muy elevado, pero los kirchneristas confían en que una proporción sustancial de la ciudadanía atribuirá las penurias que le esperan a la crueldad de sus sucesores previsiblemente “neoliberales”. Es por lo menos factible, si bien poco probable, que se salgan con la suya. Como los oficialistas saben muy bien, desde hace mucho más de medio siglo el peronismo ha contado con la lealtad de quienes han sido las víctimas más notables de sus errores, los grandes sectores sociales que, de no haber sido por la hegemonía prolongada del caudillismo populista, disfrutarían hoy en día de un nivel de vida comparable con el de sus equivalentes en Estados Unidos, Australia o Canadá. Con astucia, los peronistas siempre han conseguido que el milagro económico al revés que el país ha protagonizado, gracias a su propio aporte y aquel de otros de ideas y actitudes afines, sea una fuente al parecer inagotable de apoyo popular. Inspirándose en el ejemplo proporcionado a través de los años por el peronismo en su conjunto, los militantes de la fracción kirchnerista están aprestándose a culpar a quienes hereden el desaguisado que les han preparado por las calamidades socioeconómicas que ya han comenzado a producirse. Sin embargo, puesto que al gobierno actual aún le queda más de un año en el poder y los líderes de todas las agrupaciones opositoras están decididos a dejarlo cocerse en su propia salsa, por entender que sería preferible que el país sufriera otro desastre económico a lo que sería reclamar elecciones anticipadas, en esta oportunidad no les será tan fácil reeditar el truco tradicional.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Sábado 18 de octubre de 2014


La estrategia que ha adoptado la presidenta Cristina Fernández de Kirchner a fin de limitar, en cuanto sea posible, los “costos políticos” del fracaso de su gestión hubiera impresionado mucho a Nicolás Maquiavelo. Mientras que la presidenta se esfuerza, con la ayuda entusiasta de Axel Kicillof y otros funcionarios, por dejar al próximo gobierno una economía en ruinas, voceros oficiales –entre ellos el gobernador bonaerense Daniel Scioli, que quiere contar con su bendición– advierten que, de reemplazarla en la Casa Rosada un dirigente opositor, no vacilaría en abolir la asignación universal por hijo y otros beneficios, depauperando aún más a los ya muy pobres. Sería difícil pensar en una maniobra más cínica pero, claro está, todo vale cuando el poder está en juego. Puesto que para mantener a flote la economía el gobierno tendría que abandonar el “modelo” kirchnerista, pero por una cuestión de orgullo Cristina no quiere hacerlo, el oficialismo no sólo está procurando sacar provecho de las desgracias que está provocando sino que está dándose motivos para continuar por el mismo camino, ya que parecería que ha hecho suya la vieja consigna leninista: cuanto peor, mejor. En efecto, al llegar los kirchneristas más fervorosos a la conclusión de que sería de su interés que el ganador de las elecciones presidenciales del año que viene se encuentre con un Banco Central vaciado de reservas, una tasa de inflación estratosférica y una recesión aún más profunda que la prevista, se sienten con derecho a despilfarrar el dinero que todavía queda sin preocuparse en absoluto por las consecuencias sociales. Al fin y al cabo, creen que les convendría que millones de familias cayeran en la indigencia. Los ingresos de los habitantes del país dependen menos de la voluntad, buena o mala, de los gobernantes de turno que del estado de la economía nacional. Todos los candidatos presidenciales opositores juran que no se les ocurriría privar a la gente de los beneficios magros a los que se ha acostumbrado, pero aun cuando estén resueltos a honrar tales promesas, no hay garantía alguna de que tengan los recursos necesarios, ya que, a juzgar por su conducta, el gobierno kirchnerista se ha propuesto asegurar que no les sea posible mantener el gasto público al nivel actual. Si Cristina quisiera entregar a su sucesor una economía viable, estaría tratando de frenar la inflación desbocada y desistiendo de tomar medidas que sólo sirven para impedir que los empresarios se arriesguen invirtiendo más dinero o creando más fuentes de trabajo, además de hacer un esfuerzo por reconciliarse con los mercados de capitales del resto del mundo. En algunos países, un gobierno que hiciera de la irresponsabilidad su principio rector pagaría un precio muy elevado, pero los kirchneristas confían en que una proporción sustancial de la ciudadanía atribuirá las penurias que le esperan a la crueldad de sus sucesores previsiblemente “neoliberales”. Es por lo menos factible, si bien poco probable, que se salgan con la suya. Como los oficialistas saben muy bien, desde hace mucho más de medio siglo el peronismo ha contado con la lealtad de quienes han sido las víctimas más notables de sus errores, los grandes sectores sociales que, de no haber sido por la hegemonía prolongada del caudillismo populista, disfrutarían hoy en día de un nivel de vida comparable con el de sus equivalentes en Estados Unidos, Australia o Canadá. Con astucia, los peronistas siempre han conseguido que el milagro económico al revés que el país ha protagonizado, gracias a su propio aporte y aquel de otros de ideas y actitudes afines, sea una fuente al parecer inagotable de apoyo popular. Inspirándose en el ejemplo proporcionado a través de los años por el peronismo en su conjunto, los militantes de la fracción kirchnerista están aprestándose a culpar a quienes hereden el desaguisado que les han preparado por las calamidades socioeconómicas que ya han comenzado a producirse. Sin embargo, puesto que al gobierno actual aún le queda más de un año en el poder y los líderes de todas las agrupaciones opositoras están decididos a dejarlo cocerse en su propia salsa, por entender que sería preferible que el país sufriera otro desastre económico a lo que sería reclamar elecciones anticipadas, en esta oportunidad no les será tan fácil reeditar el truco tradicional.

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